El Santo Ángel

Mi madre murió el 8 de septiembre (nacimiento de la Virgen María). Funeral típico. En el féretro yacía silenciosa para siempre. Ventana abierta, su rostro reflejaba tranquilidad. Según me cuentan al parecer murió feliz. No lo sé, pero me gustaría creer que así fue. De lo que sí estoy seguro es que jamás tuvo miedo. Así de fuerte era. Quienes la conocieron supieron de su bondad. Y, al parecer, fue eso lo que se multiplicó entre los asistentes. Narro aquí las palabras que escuché entre la gente sin que yo inventara nada.

Como dije fue un funeral típico. Lejanos parientes en linaje vinieron de pueblos cercanos. También de la gran ciudad, la capital, y hasta de los Estados Unidos. Yo saludaba a todos y aceptaba sus condolencias. Charlé con uno y otro en el espacio ese de la funeraria. Enseguida esto es lo que escuché en pláticas a mi costado.

Primos míos Carlos y Alfonsina tuvieron a un par de hijos, sobre Renata dijo alguien: “Mija, estamos muy contentos de verte de nuevo. Nosotros te queremos mucho”, escuchaba la niña ya alta con una linda cara de sorpresa.

Más adelante, alguien se acercó a mi tía Ramona, llamada por algunos “Ramoncilla”. Linda mujer de rancho con sus largas y lacias canas bien peinadas. Escuché a su lado: “Tía, yo la quiero mucho porque es usted para mí la imagen de mi abuelita que no conocí”. Y la tía agradecía contenta con esa sonrisa sincera que siempre la ha caracterizado.

“Prima –alguien gritó– ahora que ustedes llegan, yo ya me siento realmente en familia”, y la prima feliz se lanza en un abrazo para el orgulloso primo (supe después que ellos no son primos hermanos, son primos segundos).

Susurrando, pero todavía audible de mi parte, un par de amigos charlan sobre la muerte y aquellos que nos han dejado: “Lo que más lamenté de la muerte de tu papá, fue el haberte perdido como amigo”. Y es que el huérfano tuvo que salirse de sus estudios para sostener a la familia. Hermano mayor. La amistad rompió la cercanía necesaria para ser los mejores amigos.

Comienza lo más alto de la noche. Muchos de los dolientes y familiares se van a dormir a sus casas. Mis hermanas y yo pasamos la última noche entera con nuestra madre. Yo duermo en un horrible sillón negro cerca del féretro. Hace frío, yo no voy preparado para sufrirlo, pero de cualquier forma me gusta, siempre he preferido los climas fríos. Duermo, como decía, y de repente siento la presencia de alguien, me cubre con una ligera cobija. Gesto frecuente entre nuestra familia, muestra de cariño. Sigo durmiendo sabiéndome querido.

Mi madre ha muerto, pero un Santo Ángel ronda entre nosotros, multiplicando su espíritu bondadoso entre todos aquellos que la seguimos queriendo.

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