Construyendo a voluntad

Comprender que el poema es una construcción debería hacernos entender lo siguiente:

  1. Que nosotros somos sus arquitectos, por lo tanto manejaremos a nuestro antojo y arbitrio (incluyendo nuestra inteligencia, deseos, capacidades, reacciones y hasta limitaciones, etc.) palabras o frases, sabiendo que el objetivo debe ser establecido de alguna u otra manera. Con esto último quiero decir tener en claro tanto una meta preestablecida o, cuando menos, las «sospechas» de hacia dónde queremos llevar nuestras imágenes. Pero, eso sí, tener plena consciencia del importantísimo acto de escribir.
  2. Que las partes elementales del poema, las palabras, son bloques que pueden ser elegidos/sustituidos para alguna u otra finalidad. Tal vez esto sea el centro y la generación de nuestro estilo. La elección denotará a nuestro ser mismo. Aquí no puede uno mentir, incluso cuando no acertamos o nos mostramos abiertamente impostores dejamos ver aquello que somos.
  3. Continuando con esta idea de los bloques-palabra, esto es tan central que, como ya dijimos, determina nuestro estilo y hasta la escuela a la que pertenecemos. A muy grosso modo los escritores puros (aquellos que no recurren a elementos poéticos, etc.) usan, toman las palabras y las van juntando/pegando como un albañil va construyendo sus bardas y al final termina una casa completa, la novela, el cuento. Son constructores a quienes más les importa la obra terminada que cualquier otra cosa. Arquitectos desde arriba.
  4. Por otro lado están los escritores-poetas (y los poetas en sí). Estos conocen el valor y la calidad del barro con el que están hechos aquellos ladrillos que emplearán para sus edificaciones rítmicas. Construyen más desde el sabor mismo que cada palabra tiene en su obra, por así decirlo. Arquitectos desde adentro.
  5. Todo este periplo que he dado ha sido simplemente para llegar, yo mismo, a la insistencia en que nosotros, los poetas, los escritores (sobre todo los jóvenes o quienes no han superado la fase de principiantes) debemos ser conscientes de nuestro trabajo; esas palabras deben salir de nuestra reflexión y no de un mero reflejo que se desencadena indetenible. Somos creadores y nuestra creación es resultado de nuestras elecciones. Quiero hacer esto y necesito tales palabras, estas formas e, incluso, inventar recursos que satisfagan lo que yo quiero hacer/decir. Con ello quiero también mencionar que no debo tener miedo de los recursos que tal vez san invención mía. La forma, como ya lo dije, también puede ser un producto de mis necesidades. ¿Experimientación? Obvio que sí, pero si deseamos quedarnos en lo conservador también está bien, mientras sea una decisión consciente. Basta ya de esperar a que las imágenes, situaciones, historias nos lleguen y se hagan presentes sólo porque ellas quieren. ¡Ahora es tiempo de la voluntad!

Destellos aprehendidos

Iba a titular a este texto «Las pequeñas enseñanzas», pero al recordarlas me di cuenta de que no son enseñanzas como tales, quienes las emitieron no tenían la intención de enseñarme nada. De modo que cambié el título pensado por «Los pequeños destellos», pero también reparé en que todo destello es pequeño por definición y, además, que se perdería el carácter del aprendizaje de mi parte. Así que opté simplemente por «Destellos aprehendidos», que eso fueron en realidad, pequeños momentos, actos o palabras que, para mí, aprendiz alerta, resultaron todo un aprendizaje luminoso de mi parte.

  1. En Zapotlán hubo una época en que los posters o carteles montados en bastidores poblaban los muros de salas o pasillos en muchas casas. Mi padre, aficionado carpintero, hizo varios lienzos y montó algunos de estos posters de moda. Uno de ellos era una foto de un bosque nublado que estaba en el comedor. Un día nos visitó mi tío Librado para degustar unas de tantas comidas que compartíamos con sus hijas. Volteando a mirar la fotografía del bosque, mi tío dijo: «esos tres árboles representan la escena de la crucifixión de Cristo; el árbol de este lado, el roto y seco, representa a Gestas, el ladrón malo». Ahí me di cuenta de que la imagen plástica puede ser interpretada.
  2. Mi amigo Juan José Zarco, de la secundaria, era hijo de albañiles. En una ocasión llevé a la escuela el radio de baterías Hitachi de mi padre. Quería sintonizar el Canal 58 de Guadalajara, muy lejano en kilómetros. Apenas sí escuchaba algo. Zarco tomó mi radio, saca la antena y la acercó a un castillo (armazón de fierro y varillas ocultas en las bardas de las construcciones en México) y, maravillosamente, escuché con mayor potencia la estación deseada. Ahí aprendí las conexiones que solucionan algo entre artilugios que aparentemente no tienen relación alguna.
  3. De nuevo mi tío Librado. Ahora estamos en su casa (¿motivo? otra vez el compartir la comida). Mi tío tiene una mesa de carpintero. Está serruchando un pedazo de madera. El corte se pasa de la línea límite. Dice mi tío, dándose cuenta de manera tardía: «me fasciné por el serrucho». Ahí me di cuenta, con la palabra fascinar, la absorción de la atención que algunas acciones producen en nosotros. Fue mi introducción a la psicología.
  4. Maestro Felipe Cerdeña en la secundaria. Ciencias naturales, era la materia. Nos dice: «el metal conduce el calor, mientras que la madera, no». Yo trato de corregirle y le digo que, por el contrario, el fuero se dispersa en la madera. Él me puntualiza que se refiere al calor, no al fuego. Yo guardo silencio y analizo la primera frase escuchada. Ahí aprendo a escuchar mejor lo que se me dice, palabra a palabra.
  5. Arturo es un fontanero amigo de la familia. Su papá tenía un rancho y plantío de maíz en las altas faldas del Volcán de Nieve. Fuimos varias veces con ellos de día de campo. Subíamos en la camioneta de trabajo de Arturo. En una ocasión las mangueras de la camioneta no soportaron cierta presión y explotaron. No podíamos avanzar más. Arturo abrió el cofre y revisó. Sacó sus herramientas y algunos tubos de PVC que tenía para su trabajo habitual. Midió, cortó y soldó las partes faltantes y así la camioneta volvió a funcionar. Ahí aprendí que el ingenio solucionador debe echar mano a los recursos con los que se cuenten aunque a veces no correspondan del todo con la calidad de lo que se necesita.
  6. Mi padre, como ya lo dije, fue un carpintero aficionado. Tenia en casa herramientas básicas. Serrucho, martillo, regla escuadra y un perro para atorar las fajillas y hacer más fácil su corte (ese artilugio me gustaba). Además, tenía colgados unos frascos cuyas tapas estaban clavadas en la parte baja de una tabla sostenida por ménsulas de madera. Los pomos con los clavos clasificaban sus tamaños.
    Mi padre y yo hicimos varias de las camas donde dormíamos. Las tablas de las camas que sostenían el colchón estaban numeradas y tenían notaciones precisas para colocarlas nuevamente en su lugar correspondiente cuando había necesidad de desbaratarlas y volver a armarlas. Izquierda, derecha, cabecera, pies, etc. Ahí, entre pomos y tablas, aprendí la importancia del orden espacial pare disponer mejor de las cosas.
  7. Mi madre fue una excelente cocinera. Cortaba las verduras y disponía de las ollas en cocimiento a su antojo. Repetidas veces la vi cortar jitomates en rodajas. Comenzaba, como es natural, en uno de los extremos del jitomate. Conforme avanzaba el corte el jitomate, obvio, reducía su tamaño. El corte final podría resultar un tanto difícil de hacer ya que tenía que coger la última parte roma de esta verdura para cortarla cuidadosamente. Pues bien, ella, al llegar a la mitad del jitomate, lo giraba para comenzar de nuevo el corte por el otro extremo redondito del jitomate. Ahí aprendí que la materia es nuestra y que podemos disponer de ella como mejor se le antoje a nuestro ingenio para su mejor manejo.