Seven de Alfalfa

Mi tío Jesús fue a vivir a San José de Gracia, Michoacán, no sé porqué razones. La cosa es que frecuentemente nos invitaba a que pasáramos allá los días de vacaciones o los fines de semana. Gustosos íbamos y comíamos ahí y nos adentrábamos en el bosque de Mazamitla.

En cierta ocasión me invitó a que me fuera a trabajar en su carpintería durante todas las vacaciones de verano. Más de un mes completo. Yo estaba encantado de andar en otro lugar que no fuera mi propio pueblo. Nos levantábamos temprano y nos dirigíamos caminando hacia la carpintería a unas cuantas cuadras, pueblo chico. Mi tío fabricaba roperos con materiales muy ligeros de una madera comprimida, no madera de verdad, por así decirlo.

En el camino pasábamos por una casucha que tenía un letrero que me hacía pensar y pensar sin llegar a una solución sobre lo que ahí se vendía: Seven de Alfalfa. Yo creía en lo que decía ya que en anteriores viajes había visto yo Fantas de fresa o Titanes de piña. ¿Pero, un refresco de alfalfa? La verdad hasta se me antojaba, pero nunca llegué a comprar dicho refresco.

MYa después de tanto pasar por ahí y leer una y otra vez el enigmático letrero, me di cuenta del error de escritura típico de nuestros candorosos publicistas. En realidad decía: se vende alfalfa. Con lo cual caí en el desencanto.

Los Ramos

Hay en el sur de Jalisco una tradición cuya fecha de inicio ha quedado olividada por todos. Son los días de la Semana Santa y con ellos los puestos de “tianguis” artesanales. Vendedores y artesanos llegan a los pueblos del sur a ofrecer productos que van de lo realmente hermoso a los plásticos impersonales, pasando por las vendimias de comilonas que no faltan nunca en estos eventos entre paganos y religiosos.

Hay, como lo he dicho, artesanías de barro y madera. Adornos caseros que pecan de candorosos y utensilios para la cocina que muchos regalan a sus madres o sus suegras. Es común pedir algún regalo de “los ramos” cuando alguien se entera que algún familiar irá a este tianguis. No es raro escuchar: “¿qué me trajiste de los ramos?” a amigos o familiares. Las niñas pediran sus juegos pequeñitos de jarritos o cazuelitas, los niños trompos, yoyos y juegos de madera. Los amigos sospecharán del eterno bromista que se surtió en los ramos en los puestos especializados de “bromas y vaciladas”. Chicles con chile, aparatos eléctricos que dan toques a aquel ingenuo que decide saludar de mano a su amigo.

Desde hace ya varios años que los plásticos han inundado la industria de lo artesanal y, sin embargo, no lo han desplazado del todo. El barro es el barro, la madera es la madera y muchos prefieren todavía el manual molinillo a los aparatos eléctricos. Y por más eléctrico y luminoso que sea un yoyo de pilas, no hay nada como el colorido yoyo de madera, con todo su arte manual a la vista.

Claro que también existen los que se arriesgan a la elaboración de figurines de barro, pero ya con molde auxiliar. Estos son los falsos artesanos que también participan en este tianguis. Sus obras carecen de la vitalidad de los verdaderos y viejos maestros. Aun una cosa que pareciera tan sencilla como pintar el barro tiene su maestría y notamos en los aficionados terribles errores que matan por completo la obra que una vez nacida ya está muerta.

Los ramos dan para todos, adultos y niños, herramientas para la vida diaria o juguetes para la diversión (los adultos no escapan a estas posibilidades y hay para ellos también juegos de adultos que se venden a la vista de todos). Los chicos, por su parte, optan entre juguetes tradicionales o máscaras de sus luchadores favoritos.

Para todos hay en este tianguis cuya tradición no sé si sólo se dé en el sur de Jalisco con muchos artesanos michoacanos. Cuando alguno de ustedes visite a algún pueblo del sur en Semana Santa o de Pascua, pida a los lugareños que lo lleven a los ramos, estoy seguro que no se arrepentirá de participar en esta bonita tradición regional.