César Anguiano

César Anguiano es un escritor (novelista y poeta) que domina bien su trabajo. Es por eso que ha ofrecido cursos de escritura (en novela) a muchos escritores jóvenes que, no dudamos, han aprendido mucho de él.

Claro que no sólo se dedica a la escritura, sabemos que es chef y melómano (ama la ópera), pero, sobre todo, es un gran lector y más: un gran amigo.

En su conversación nos habla del terreno que tuvimos que construir los nacidos antes de los 70. La herencia en conocimientos que les estamos dejando a las nuevas generaciones de escritores en Colima, además de reconocer a aquellos que estuvieron antes que nosotros.

Habla también de las conciencias personales y conciencias sociales que se nos da gracias a la lectura. Hay un enriquecimiento en experiencias gracias a ésta. De hecho la mitad de la charla la hacemos sobre este aspecto de la lectura. ¿Los jóvenes que leen la literatura juvenil de bestseller de hoy en día, leerán en algún momento a los clásicos?

Claro que también hablamos de su escritura. Nos cuenta que tiene varios libros en puerta y que está buscando editores. Nos cuenta que no cree o no le gusta la literatura fantástica y, sin embargo, recurre a ella sólo para mostrarnos de mejor manera esta realidad dura en la que vivimos.

Desdeña los libros (novelas, libros largos) digitales, ya que la pantalla no ofrece la cercanía ni la familiaridad del papel. Deja entrever que la publicación en papel seguirá tan viva como siempre e, incluso, hay hoy más publicaciones que los años pasados.

César, persona que sabe de lo que habla, nos da lecciones sobre la literatura en general.

Remanso 1

Ayer fue domingo, día familiar, salir al campo y realizar actividades para desestresarte y desaburrirse (¡cuánto DESastre). Pues bien, yo llevé mi cámara, miré algunas plantas y paisajes y disparé.

Misterios, puertas a senderos que no me atreveré jamás a recorrer

Confieso que, a la par de su atractivo, algunos árboles me peoducen verdadero terror. En esta foto una “alfombrilla” de plantas hizo una especie de “casita” con puerta y todo, dando un aspecto terrorífico. Yo no quiero entrar ahí.

Plantita

Luego, seguí caminado hacia otro lugar y me encontré muchas plantas, enormes piedras (estaba cerca del volcán) y esta fue la que más me gustó.

Fin de semana de recorridos por los caminos del volcán.

Querido José

José Barocio es un escritor y poeta colimense-michoacano que cree es rechazado por muchos, no se da cuenta de que habemos más quienes lo queremos.

Nos narra en esta charla sus experiencias en la vida, terribles cosas que le han sucedido a su familia, violencias hacia su propia persona. Pero que, afortunadamente, ha podido superar gracias a la literatura.

Cronista del infortunio homosexual, creador de bellos haikús de los que gusta escribir con puntualidad y respeto por la palabra. Él mismo se considera directo y sarcástico. Su literatura erótica en no pocas ocasiones ha causado incomodidad a muchos que la leen, pero él sigue escribiendo, sabiendo que se es como se es y no se puede mentir.

José tiene amigos, algunos ya han muerto y tiene la valentía de ser su voz de alguna manera, para continuar con la obra de aquellos que marcaron su destino.

Mariscal de las artes

Charla con Pedro Mariscal, normalista y promotor del arte en Zapotlán. Deliciosa plática en la que recordamos tiempos allá en el CREN. Paso por las funciones y los objetivos agrarios del normalista, las vivencias en el tren como un romántico objeto de transporte (no sólo físico).

Memoria también de personajes que ya se han ido y que nos marcaron como estudiantes y seres humanos. También jóvenes activos que apuestan por el arte en nuestra ciudad y región.

Están presentes en su palabra la preparación en las letras para los chicos de la primaria, las artes escénicas, la pintura y hasta la radio como medio de difusión de todos estos acontecimientos en la Ciudad.

Sin duda una de las mejores entrevistas que he tenido hasta el momento.

Mariscal de las artes

Dos changos

Charla en directo con Aarón Ochoa, primera conversación que no hice por teléfono. Una plática con mi hijo con lo cotidiano que siempre tengo con él. Por fortuna esta ocasión he podido grabarla, hay muchas otras con él que no pude realizar, pero sus conocimientos y lecturas siempre me resultan aleccionadoras. Bueno, como ven, estoy enmascarando el orgullo que siento por él. Así que ahora dejo de hablar de ello.

Esta plática la tuvimos ya en la noche, al pie del Volcán de Colima, encontrarán aluciones a esto en esta plática. Una reflexión sobre las consideraciones que muchos de nosotros tenemos hacia África, un periplo sobre los alcances que la preparación de Aarón busca lograr, una proyección de sus planes.

Como les dije, fue una grabación en directo y escucharán los golpeteos de sus dedos en la mesa donde estaba mi celular grabando. Todas estas reflexiones son realizadas a partir de una lectura que estaba haciendo sobre The fate of Africa, libro muy largo que da un repaso sobre la historia de África en el siglo XX. Aquí sólo nos habla del capítulo sobre el Congo.

Charla muy interesante sobre un continente más bien desconocido.

Dos changos charlando chido

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): “no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables”. Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): “no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables”. Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.