Lecturas escrituras mentales

En casa tenemos una perrita cuyo nombre le fue puesto por mi hija: Ivi. No sé si mi hija así lo escriba, pero yo de esa manera lo imagino y cada vez que lo pronuncio me veo leyéndolo gráficamente dentro de mi cabeza. No atiendo sólo al sonido que sale de mi boca, también quiero verlo escrito de alguna manera. Esto tal vez (suposición mía) se deba a mi pasado de lector ávido, necesitado de la grafía en todo momento.

Luego reconozco un posible problema en esta manía sobre lo escrito. Cuando aprendía inglés en el bachillerato también necesitaba, antes de pronunciar las palabras verlas escritas en mi mente para luego decirlas. Problema resultante: querer pronunciar esas letras con todos mis fonemas castellanos (de ahí viene la horrible pronunciación del otro idioma por parte de una persona que recalca su origen extranjero, al menos en alguna de sus vertientes).

Ya en una rápida conclusión, había yo dicho que, ante la evidencia contada hasta aquí, las personas analfabetas (es decir, aquellas que no tienen grafías en su mente) pueden pronunciar de manera más acertada ese otro idioma a aprender, que aquellos quienes sí sabemos leer.

Recalco que esta suposición no se basa en otra evidencia que mi muy limitada experiencia, pero me gustaría que tú, el querido lector de estas líneas, me ayudes con tus repuestas.

Construyendo a voluntad

Comprender que el poema es una construcción debería hacernos entender lo siguiente:

  1. Que nosotros somos sus arquitectos, por lo tanto manejaremos a nuestro antojo y arbitrio (incluyendo nuestra inteligencia, deseos, capacidades, reacciones y hasta limitaciones, etc.) palabras o frases, sabiendo que el objetivo debe ser establecido de alguna u otra manera. Con esto último quiero decir tener en claro tanto una meta preestablecida o, cuando menos, las «sospechas» de hacia dónde queremos llevar nuestras imágenes. Pero, eso sí, tener plena consciencia del importantísimo acto de escribir.
  2. Que las partes elementales del poema, las palabras, son bloques que pueden ser elegidos/sustituidos para alguna u otra finalidad. Tal vez esto sea el centro y la generación de nuestro estilo. La elección denotará a nuestro ser mismo. Aquí no puede uno mentir, incluso cuando no acertamos o nos mostramos abiertamente impostores dejamos ver aquello que somos.
  3. Continuando con esta idea de los bloques-palabra, esto es tan central que, como ya dijimos, determina nuestro estilo y hasta la escuela a la que pertenecemos. A muy grosso modo los escritores puros (aquellos que no recurren a elementos poéticos, etc.) usan, toman las palabras y las van juntando/pegando como un albañil va construyendo sus bardas y al final termina una casa completa, la novela, el cuento. Son constructores a quienes más les importa la obra terminada que cualquier otra cosa. Arquitectos desde arriba.
  4. Por otro lado están los escritores-poetas (y los poetas en sí). Estos conocen el valor y la calidad del barro con el que están hechos aquellos ladrillos que emplearán para sus edificaciones rítmicas. Construyen más desde el sabor mismo que cada palabra tiene en su obra, por así decirlo. Arquitectos desde adentro.
  5. Todo este periplo que he dado ha sido simplemente para llegar, yo mismo, a la insistencia en que nosotros, los poetas, los escritores (sobre todo los jóvenes o quienes no han superado la fase de principiantes) debemos ser conscientes de nuestro trabajo; esas palabras deben salir de nuestra reflexión y no de un mero reflejo que se desencadena indetenible. Somos creadores y nuestra creación es resultado de nuestras elecciones. Quiero hacer esto y necesito tales palabras, estas formas e, incluso, inventar recursos que satisfagan lo que yo quiero hacer/decir. Con ello quiero también mencionar que no debo tener miedo de los recursos que tal vez san invención mía. La forma, como ya lo dije, también puede ser un producto de mis necesidades. ¿Experimientación? Obvio que sí, pero si deseamos quedarnos en lo conservador también está bien, mientras sea una decisión consciente. Basta ya de esperar a que las imágenes, situaciones, historias nos lleguen y se hagan presentes sólo porque ellas quieren. ¡Ahora es tiempo de la voluntad!

Garibay

Todos tenemos autores favoritos. Como escritores, a veces, esos favoritismos se traducen en aspiraciones. Nos hemos preguntado, nos han preguntado, hemos aceptado a ciertos autores como verdaderas influencias, al menos en tiempos de la adolescencia o, por lo menos, en nuestras primeros intentos en la escritura.

Hoy reconozco a otro tipo de autores que también resultaron muy influyentes en nuestras vidas como escritores, esos segundones a quienes quisimos haber conocido y de quienes tenemos como ejemplo de alguna u otra manera. En mi caso quisiera mencionar a Ricardo Garibay de quien me gusta aprender el oficio de escritor como un verdadero oficio de vida (gánese o no dinero con ello). Sabemos de otros escritores que tuvieron un éxito y reconocimiento mayor que el de don Ricardo (por eso lo considero, malamente, un segundón que para mí resulta un verdadero «aleccionador»). Escritores que ya no escribieron el resto de su vida luego de posicionarse en el gusto de los lectores o, el caso contrario, aquellos escritores que convirtieron de su oficio una institución y siempre estuvieron en el pedestal de los dioses (olvidándose del mundo habitual, duro y vulgar). Caso que no fue el de Garibay. Él siguió escribiendo verdaderamente para vivir, no para lograr una posición y mentenerla. Estuvo al tanto de los sucesos diarios de su ciudad y de su mundo. No hizo análisis, simplemente veía y reaccionaba con sus letras. De esa manera encajaba activamente en nuestro día a día.

Lección aprendida, escribir, simplemente escribir para dejar constancia de lo que vemos a diario, de lo que somos, de lo que queremos ser. No sé si eso lo aprendí de él, de don Ricardo, lo cierto es que, de alguna manera, él me inspira para seguir estas aspiraciones. Lo reconozco.

Felicidad

Ya he señalado en otro escrito mi gusto por la escritura a mano. Lo hago en diversas libretas que he coleccionado o perdido durante mi vida. Casi siempre iniciaba la escritura en una libreta y, hasta llenarla, la abandonaba, para continuar con una nueva. Hoy he escrito tal vez como nunca (me refiero a la cantidad), a tal grado que lo quiero seguir haciendo en la menor oportunidad posible en ¡cuatro libretas simultáneas que tengo actualmente! Ignoro la causa de tal prodigalidad en estos días, pero por lo menos todo parece apuntar a la felicidad que me da el saber que ustedes me están leyendo.

Morena la piel

Inalcanzable. La oleada de deseo parte de mi sangre, la veo y hay en mi mirada un anhelo que se extiende como los dedos separados de una mano abierta. Quiero rodearla con mis brazos, dejarla sentir el calor de mi pecho. Atraerla hacia mí como el agua que se cierra tras los cuerpos sumergidos. Quiero que me mire y que se pierda en esa mirada; que se concentre en las sensaciones que su piel siente. Los cuerpos entonces exigirían naturalmente la desnudez. Los besos se sentirían por todas partes, las caricias se multiplicarían como la lluvia cayendo. No importa el amor en este deseo, quiero atraparla y desaparecerme con ella al instante y así concretar la razón de mi venganza.

Intuición

Sombra entre sombra, ¿cómo identificar esa imagen del fondo del pozo? Guardar silencio para oler mejor y palpar lo invisible, necesitamos todos los sentidos para lograr atrapar lo que no huye.

Vemos y nombramos, pero aquella realidad se centra insignificante, convergente en el centro de nuestro oscuro pozo.

Visualizamos las primeras imágenes y siempre, siempre, es la palabra la que concreta nuestro rescate.

Felicidad de la música

Otra canción llega a tus oídos. Otra canción que evoca a tu mujer irremediablemente. Haz perdido la cuenta de cuántas canciones has dicho que son «la canción de nosotros». La gama es enorme, tienen rock en español, a Annie Lennox, música brasileña (que llegaron a bailar), los paisajes lacustres y matemáticos de Bach. Recuerdas también aquella noche que pasaron juntos (la primera) con el arrullo imposible de Janis Joplin. Está vivo su recuerdo (si no el de ella, sí el de su amor mutuo) hasta en algunos sones de Mono Blanco. Por todos lados hay música y por todos lados surge la felicidad del tiempo compartido. Eso te lleva a asegurar algo, algo… pero no te atreves a decir qué.

Espacio tiempo

¿Pudo haber existido este espacio sin mí? Claro, hubo un tiempo en que me impresionó, apretó contra mí sus longitudes: el peso de la atmósfera cobró forma en aquellas nubes de lluvia que pendían del cielo; los caminos huían de mi radial mirada hacia los puntos cardinales; la tierra permanecía aparentemente inmóvil, pero con sus profundidades oscuras llenas de significado.

Me ha oprimido tanto que ahora soy su reflejo, cuando escribo nube digo lentitud, miedo y esperanza. De mi palabra surge el rayo y sus recorridos e iluminaciones. Digo nube y es la lluvia con sus frutos temporales.

Hablo del espacio y su lejanía cuando digo calle. Es la comunicación de los recorridos, es el tiempo de los encuentros amorosos o amorales. Digo sendero y es el conocimiento de nuestros paisajes, hay ahí árboles estériles o frutales que se alzan como testigos del tiempo.

Digo tierra, pero en realidad estoy diciendo trabajo, frutos cultivados, vida que no ha sido desperdiciada. Digo tierra y es viajar en el tiempo, no hay sorpresa entonces en ver vivos a aquellos muertos, saludarlos y preguntarles por la orientación de mis destinos.

Digo espacio, digo cielo, digo tierra y con ello estoy reescribiendo el tiempo.

Creación

I. Retuerzo las realidades para embotellarlas en esta caja de palabras. Puedo decir «el sol lanza petardos que estallan cuando tocan nuestra vista» y con ello estaré reconstruyendo el cotidiano suceso del día. Esa es mi aventura de la poesía, hacerles ver en nueva forma aquello que en realidad sucede fuera de toda palabra.

II. Rueda la moneda sin saber el destino de su meta. ¿Cuál cara será la que nos mostrará? Nadie lo sabe y ahí está la razón del azar. Así procedo, ignorando finales de poemas. Que las palabras transcurran solas, rueden y caigan a quién sabe qué distancia ni con qué intención. Al final de cuentas algo habrá sucedido.

III. No mentiré jamás, pero tampoco quiero decir que hablaré sobre la realidad. «Mis sombras ascienden«, eso es indemostrable, pero no falto a la verdad de mi creación. Crear no es mentir, es ofrecer las verdaderas posibilidades de nuevas imágenes juntas.

Imitación y autenticidad

Al principio de mi carrera de escritor comencé imitando, como muchos, a grandes autores que me agradaban, de los que yo quería aprender. Ese agrado, admitámoslo, es en algún grado una suerte de querer ser ese otro a quien admiramos. Así, pues, quise escribir poemas heroicos como Yeats o de algunas canciones de Roger Waters. Claro que lo que me salía, lo que terminaba escribiendo, era un esperpento vergonzoso del que no quería que nadie se enterara. Por fortuna, esos trabajos quedaron en la tumba de la basura.

Hoy me doy cuenta de que eso que escribieron los grandes autores fueron momentos o motivos que les resultaron muy personales (pareciera esto una perogrullada, pero me resultó indispensable afirmar tales palabras para lograr avanzar en mi propio descubrimiento). Entonces me restaba buscar mis propios motivos o vivencias para escribir cosas que fueran auténticamente mías. Y con «auténtico» no me refiero a que sean mías de modo muy personal, también lo es por lo original que pueden ser esos escritos, que no tengan imitación alguna.

Así que dejemos la imitación a un lado, ya lo propio se está dando desde hace años, y ese es el camino a recorrer.