Cariño

El frío clima de mi ciudad natal nos dio, a mi familia, la oportunidad de mostrar una forma de cariño entre nosotros. Las siestas vespertinas eran frecuentes entre todos. Cuando alguno dormía así de repente, en cualquier rincón de la casa, lo hacía con la ropa que llevara puesta sobre sillones o en la cama. Entonces, se dejaba sentir el frío y alguien que se encontrara despierto y cercano, cubría con alguna cobija ligera a aquel que ya estaba soñando. «Yo te quiero, yo te cuido, yo te cubro», pareciera ser la consigna.

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): «no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables». Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.

Tabiques e irracionalidad

Hace tiempo, cuando estudiaba la licenciatura en informática, para costearme los gastos de la carrera laboré en varios trabajos, entre amigos o empresas. Uno de ellos fue allá en la Colonia San Cayetano, al norte de la ciudad. No sé cómo es que llegué a saber de ese trabajo que más bien una verdadera diversión tanto para mí como para mi amigo Jorge Ortiz, a quien invité a trabajar. Mis primos Carlos y Edgar también trabajaron, la hacían de chalanes, ayudantes en el acarreo de arena, graba y los tabiques que los mayores fabricábamos en las máquinas de… Ya no recuerdo el nombre del joven dueño. El proceso consistía en los siguientes pasos:

  1. Subir a la carretilla la suficiente grava, arena y cemento para luego vaciarlas en una revolvedora.
  2. Echar agua para revolver los «polvos» y obtener la mezcla que…
  3. Vaciábamos en la parte alta de la máquina para hacer los tabiques.
  4. Se enciende la máquina, ésta comienza a agitarse. Abrimos la compuerta y vaciamos la mezcla sobre los moldes de madera que se llenan y
  5. Los ayudantes se llevan el molde en unas tablas para portar el contenido y lo tienden al sol.

La cantidad de ingredientes, tanto de arena, grava, cemento y agua deben ser muy precisos para que los tabiques salgan con la suficiente fuerza para ser usados en la construcción de casas, bardas, con toda confianza. Los primeros intentos que había hecho (¿Ricardo, así se llamaba?) nuestro patrón le habían salido mal y guardaba esos tabiques arrejolados por allá para que nadie los vendiera, para que nadie los comprara, puesto que eran un verdadero error.

Pues bien, en cierta ocasión llegó un cliente que quería comprar unos cuantos cientos de tabiques. Intercambió algunas palabras con Ricardo (ya, llamémosle así) y éste respondía con gusto a todas sus preguntas. Al final el cliente quiso averiguar la calidad de nuestra producción. La prueba era la siguiente: poner un tabique en el suelo, luego dejar caer otro sobre el primero desde la altura de un hombre. Si el tabique se quebraba, la calidad era mala, no habría que comprarlo, claro. El cliente se dirigió hacia los tabiques (que ya eran muchos) que habíamos apilado para su almacenamiento.Tomó dos, los acomodó. Lanzó el tabique desde su altura. La primera prueba fue superada, el tabique no se rompió. El cliente buscó otros tabiques más y se dirigió hacia los fallidos que estaban arrejolados por allá. Hizo la prueba, el tabique se desboronó por la tierra. «Estos no sirven», dijo. Ricardo le dijo que esos no estaban a la venta, que fueron resultado de las primeras pruebas. El cliente volvió a tomar otro de los tabiques inservibles para comprobar que él tenía la razón. ¡Pluf! Rompe otro tabique. «No, es que no sirven», volvió a decir. Ricardo volvió a explicarle, que había tomado un tabique de la pila de los inservibles. El cliente no entendió y dijo que no iba a comprarnos nada. Se fue todo enojado.

Esta larga narración viene a cuento para decir lo siguiente. Ya después en mis relaciones personales en diversos trabajos, encuentros ocasionales, escuchas de conversaciones ajenas y hasta en mi familia, es más o menos frecuente encontrarme con personas como el cliente inconforme: ellos encuentran un error (que sí existe) y se aferran en usarlo como demostración en una situación donde el error no tiene nada qué ver. Es una forma de sentirse poseedores de la razón y, de esa manera, ganarnos en nuestros razonamientos más verdaderos que su fantasmagoría real.

Sueño de la búsqueda

Repetida imagen. Hoy te soñé de nuevo, o mejor dicho, soñé tu ausencia. El recurrido tema de tu búsqueda vino a mí de nuevo en la madrugada. Volvía a buscarte sin recompensa alguna. No estabas por ningún lado. Sin embargo, dicho sueño fue como una recapitulación de todos los anteriores donde te buscaba y te encontraba o no. Mira, en lo alto de la calle, donde nuestra ciudad se levanta en una loma, ahí estaba tu casa de tres pisos, la ya soñada repetidas veces. Pero ahora el paisaje no se formaba con las casas de los vecinos, ahora eran todas las otras casas donde habías vivido y donde yo te había buscado. Alguien se acercó a mí, un gringo, creo. Y yo le conté mi historia tras de ti, y los sueños que he tenido buscándote. Esa casa tal, esa casa tal otra. Le iba señalando mis aventuras casa tras casa. Las palabras precisas que le dije al gringo las he olvidado, no así la sensación que tenía de saber que ahí estaba la oportunidad de hacer un recuento de la historia de mis búsquedas tras de ti, inalcanzable.

Imitación y autenticidad

Al principio de mi carrera de escritor comencé imitando, como muchos, a grandes autores que me agradaban, de los que yo quería aprender. Ese agrado, admitámoslo, es en algún grado una suerte de querer ser ese otro a quien admiramos. Así, pues, quise escribir poemas heroicos como Yeats o de algunas canciones de Roger Waters. Claro que lo que me salía, lo que terminaba escribiendo, era un esperpento vergonzoso del que no quería que nadie se enterara. Por fortuna, esos trabajos quedaron en la tumba de la basura.

Hoy me doy cuenta de que eso que escribieron los grandes autores fueron momentos o motivos que les resultaron muy personales (pareciera esto una perogrullada, pero me resultó indispensable afirmar tales palabras para lograr avanzar en mi propio descubrimiento). Entonces me restaba buscar mis propios motivos o vivencias para escribir cosas que fueran auténticamente mías. Y con «auténtico» no me refiero a que sean mías de modo muy personal, también lo es por lo original que pueden ser esos escritos, que no tengan imitación alguna.

Así que dejemos la imitación a un lado, ya lo propio se está dando desde hace años, y ese es el camino a recorrer.

Deseos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda (bueno…).

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la plasticidad de la imagen. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Tren de Zapotlán

La «pérdida de la inocencia» se identifica generalmente con la finalización de la infancia y el inicio de la vida adulta. Muchos quieren ver en esta frase una fuerte carga psicológica que cada uno de nosotros enfrentamos o enfrentaremos alguna vez. El fin de la infancia pareciera ser solamente una cuestión personal y subjetiva, pero creo que esto no es así. La pérdida de la inocencia también puede identificarse externamente con la pérdida de aquellos lugares en que nuestra infancia fue forjada.

No creo que pocos habitantes de Zapotlán (sin importar su edad) vean con tristeza y rabia en qué se ha convertido nuestro lugar de sueños: el cine Diana, lugar donde navegamos por los siete mares; aquellos pasillos que en las matinés eran convertidos en junglas donde decenas de Tarzanes brincábamos de una butaca a otra; lugar del encuentro y las confidencias tiernamente secretas; cita con lo prohibido y el atrevimiento; rituales vespertinos que consolidaron familias o amistades. Fue ahí donde supimos que el sueño no pertenecía solamente al director de la película, el sueño era profundamente nuestro y era en la sala cinematográfica donde lo compartíamos con los demás.

Las transformaciones llegan a futuros insospechados. El cine Diana fue comprado por las tiendas Elektra para transformarlo en una horrible bodega donde el comercio transita en lugar de los sueños. Así también la estación del tren no pudo soportar el paso del tiempo y ahora se está transformando en ruinosas construcciones.

¡Cuánta vida ahí! ¡Cuántas felicidades en los arribos y cuántas tristezas en las partidas! La excitación era dictada por la presencia del tren. Recuerdo la algarabía, los íres y venires de vendedores, los gritos de apuración de los pasajeros. Maletas olvidadas, calmantes (frituras de puerco que «calmaba» el hambre) que iban de una mano a otra, bolsas de frutas, prisas para lograr el mejor lugar, la guitarra que amenizaba el viaje, las ventanillas que se abren para el último adiós… El recorrido obligaba a uno armarse de paciencia ya que de un pueblo a otro, aunque estuvieran muy cerca, podían pasar muchos minutos de ociosidad desperdiciada.

Una vez partido el tren la estación podía caer en una especie de letargo. Los vendedores buscaban con ansia a los posibles pasajeros (para el próximo viaje o aquellos a quienes se les fue el tren) para venderles su mercancía de engaño: tortas rebosantes cuyos ingredientes llegaban a la mitad del pan, guayabas exquisitas hasta la mitad de la bolsa, las otras estaban podridas, un «clavo» las delataba.

A nosotros, niños entonces, nos gustaba ir a la estación del tren para ver a nuestros dos verdaderos héroes: el inalcanzable maquinista y el sabio telegrafista.

Ir a la estación significaba tener acceso a otro tiempo, el ya perdido irremediablemente y del que la estación representaba un reducto aprovechable aún. Íbamos ahí para revivir la gloria de nuestros abuelos que habían vivido la Revolución y de la que el tren representaba el símbolo de revolucionarios y soldaderas solidarios con sus hermanos de otras geografías nacionales. El tren que conocía otros pueblos, sabía de otras tradiciones y llevaba las nuestras a repartir a tierras inimaginables.

Por todo eso nos gustaba ir a la estación del tren. Algunos tal vez jamás disfrutaron de un viaje en tren, yo mismo lo realicé pocas veces, pero me gustaba ir a la estación. Ver a las demás personas, casi siempre de condición humilde, como portadoras de una tradición casi siempre inconsciente y por ello más auténtica.

La estación reducida a polvo, a olvido, a nada… Ahora la veo y en ella encarnan mis más profundas tristezas. Es lamentable que de esa forma hayan terminado los alegres años de mi infancia.

Espacio tiempo

¿Pudo haber existido este espacio sin mí? Claro, hubo un tiempo en que me impresionó, apretó contra mí sus longitudes: el peso de la atmósfera cobró forma en aquellas nubes de lluvia que pendían del cielo; los caminos huían de mi radial mirada hacia los puntos cardinales; la tierra permanecía aparentemente inmóvil, pero con sus profundidades oscuras llenas de significado.

Me ha oprimido tanto que ahora soy su reflejo, cuando escribo nube digo lentitud, miedo y esperanza. De mi palabra surge el rayo y sus recorridos e iluminaciones. Digo nube y es la lluvia con sus frutos temporales.

Hablo del espacio y su lejanía cuando digo calle. Es la comunicación de los recorridos, es el tiempo de los encuentros amorosos o amorales. Digo sendero y es el conocimiento de nuestros paisajes, hay ahí árboles estériles o frutales que se alzan como testigos del tiempo.

Digo tierra, pero en realidad estoy diciendo trabajo, frutos cultivados, vida que no ha sido desperdiciada. Digo tierra y es viajar en el tiempo, no hay sorpresa entonces en ver vivos a aquellos muertos, saludarlos y preguntarles por la orientación de mis destinos.

Digo espacio, digo cielo, digo tierra y con ello estoy reescribiendo el tiempo.

Luz artificial

En la noche la luz amarilla cubre todo con su grueso polvo revelador. La calle recta es una flauta con su largo costillar lleno de agujeros amarillos (resultado de las lámparas que la iluminan). Las recámaras inflaman su segundo espíritu tras encender un foco, como globos dentro de la carpa de un circo. Es este desplazamiento (que como un sacudión da la luz a las ánimas de los objetos) el que nos hace ver como una radiografía sus estructuras atemporales.

Tiempo limitado

Para la vida de un hombre es suficiente: la geografía de las montañas que lo circundan permanece inalterable a pesar de las inclemencias climáticas. Se antojan divinas, pues, las tijeras que recortaron las siluetas de los volcanes. Aquellas cambiantes nubes extienden sus figuras por instantes y por eso otorgamos a los cerros el sinónimo de eternidad (sin que esto sea sólo un calificativo).

La grieta

No sé cuál es el atractivo de la grieta, si precisamente cada que vuelvo la encuentro más larga. «La cosa ha cambiado», me digo. Y esa es suficiente evidencia. Sin embargo, vuelvo. ¿Qué es esta sensación de la contradicción entre luz, montaña y tiempo? En el fondo es mi vértigo por las edades, los transcursos del tiempo, una visioncita  de lo que para Dios debe ser tan fijo como una estatua.