Deseos cumplidos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda.

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la formación de imágenes. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Destellos aprehendidos

Iba a titular a este texto «Las pequeñas enseñanzas», pero al recordarlas me di cuenta de que no son enseñanzas como tales, quienes las emitieron no tenían la intención de enseñarme nada. De modo que cambié el título pensado por «Los pequeños destellos», pero también reparé en que todo destello es pequeño por definición y, además, que se perdería el carácter del aprendizaje de mi parte. Así que opté simplemente por «Destellos aprehendidos», que eso fueron en realidad, pequeños momentos, actos o palabras que, para mí, aprendiz alerta, resultaron todo un aprendizaje luminoso de mi parte.

  1. En Zapotlán hubo una época en que los posters o carteles montados en bastidores poblaban los muros de salas o pasillos en muchas casas. Mi padre, aficionado carpintero, hizo varios lienzos y montó algunos de estos posters de moda. Uno de ellos era una foto de un bosque nublado que estaba en el comedor. Un día nos visitó mi tío Librado para degustar unas de tantas comidas que compartíamos con sus hijas. Volteando a mirar la fotografía del bosque, mi tío dijo: «esos tres árboles representan la escena de la crucifixión de Cristo; el árbol de este lado, el roto y seco, representa a Gestas, el ladrón malo». Ahí me di cuenta de que la imagen plástica puede ser interpretada.
  2. Mi amigo Juan José Zarco, de la secundaria, era hijo de albañiles. En una ocasión llevé a la escuela el radio de baterías Hitachi de mi padre. Quería sintonizar el Canal 58 de Guadalajara, muy lejano en kilómetros. Apenas sí escuchaba algo. Zarco tomó mi radio, saca la antena y la acercó a un castillo (armazón de fierro y varillas ocultas en las bardas de las construcciones en México) y, maravillosamente, escuché con mayor potencia la estación deseada. Ahí aprendí las conexiones que solucionan algo entre artilugios que aparentemente no tienen relación alguna.
  3. De nuevo mi tío Librado. Ahora estamos en su casa (¿motivo? otra vez el compartir la comida). Mi tío tiene una mesa de carpintero. Está serruchando un pedazo de madera. El corte se pasa de la línea límite. Dice mi tío, dándose cuenta de manera tardía: «me fasciné por el serrucho». Ahí me di cuenta, con la palabra fascinar, la absorción de la atención que algunas acciones producen en nosotros. Fue mi introducción a la psicología.
  4. Maestro Felipe Cerdeña en la secundaria. Ciencias naturales, era la materia. Nos dice: «el metal conduce el calor, mientras que la madera, no». Yo trato de corregirle y le digo que, por el contrario, el fuero se dispersa en la madera. Él me puntualiza que se refiere al calor, no al fuego. Yo guardo silencio y analizo la primera frase escuchada. Ahí aprendo a escuchar mejor lo que se me dice, palabra a palabra.
  5. Arturo es un fontanero amigo de la familia. Su papá tenía un rancho y plantío de maíz en las altas faldas del Volcán de Nieve. Fuimos varias veces con ellos de día de campo. Subíamos en la camioneta de trabajo de Arturo. En una ocasión las mangueras de la camioneta no soportaron cierta presión y explotaron. No podíamos avanzar más. Arturo abrió el cofre y revisó. Sacó sus herramientas y algunos tubos de PVC que tenía para su trabajo habitual. Midió, cortó y soldó las partes faltantes y así la camioneta volvió a funcionar. Ahí aprendí que el ingenio solucionador debe echar mano a los recursos con los que se cuenten aunque a veces no correspondan del todo con la calidad de lo que se necesita.
  6. Mi padre, como ya lo dije, fue un carpintero aficionado. Tenia en casa herramientas básicas. Serrucho, martillo, regla escuadra y un perro para atorar las fajillas y hacer más fácil su corte (ese artilugio me gustaba). Además, tenía colgados unos frascos cuyas tapas estaban clavadas en la parte baja de una tabla sostenida por ménsulas de madera. Los pomos con los clavos clasificaban sus tamaños.
    Mi padre y yo hicimos varias de las camas donde dormíamos. Las tablas de las camas que sostenían el colchón estaban numeradas y tenían notaciones precisas para colocarlas nuevamente en su lugar correspondiente cuando había necesidad de desbaratarlas y volver a armarlas. Izquierda, derecha, cabecera, pies, etc. Ahí, entre pomos y tablas, aprendí la importancia del orden espacial pare disponer mejor de las cosas.
  7. Mi madre fue una excelente cocinera. Cortaba las verduras y disponía de las ollas en cocimiento a su antojo. Repetidas veces la vi cortar jitomates en rodajas. Comenzaba, como es natural, en uno de los extremos del jitomate. Conforme avanzaba el corte el jitomate, obvio, reducía su tamaño. El corte final podría resultar un tanto difícil de hacer ya que tenía que coger la última parte roma de esta verdura para cortarla cuidadosamente. Pues bien, ella, al llegar a la mitad del jitomate, lo giraba para comenzar de nuevo el corte por el otro extremo redondito del jitomate. Ahí aprendí que la materia es nuestra y que podemos disponer de ella como mejor se le antoje a nuestro ingenio para su mejor manejo.