La imagen de Rafael

Conocí a Rafael en 1991, por intermediación de Víctor Manuel Pazarín. Hoy que lo pienso Rafael siempre me pareció un ser místico. No sabría explicar esto y creo que no tengo mayor fundamento que lo que me otorgó su imagen y su forma de hablar y caminar por el mundo. Tal vez mi apreciación se vea justificada ahora que le escucho hablar sobre la imagen, sobre su fotografía. Rafael, me ha dicho, hace fotografía para encontrarse a sí mismo, para dar testimonio de su propia vida. Así que, no me parecerá exagerado decir, que la religión de Rafael es la imagen, ahí encuentra (o crea) sus propios símbolos.

Me agrada su persona siempre dispuesta a dar. Humano en muchos sentidos, no duda en ofrecer lo mejor de sí a quien se lo solicite. Pero, sin duda, lo que más me agrada es su capacidad de escuchar, está atento para luego ofrecer una respuesta inteligente y fácil. Digo fácil porque llega esa respuesta luego de un largo andar en su quehacer como fotógrafo, sabe lo que dice.

Rafael siempre da lecciones y aquí escucharemos muchas que nos serán de beneficio.

Rafael y su espejo

Huichol

Escenario: el puerto aéreo que se encuentra cerca de la SEP, en Tepic. Mi amigo, Richie Valenz (sobrenombre de tal carga emotiva que me ha hecho olvidar el original nombre de mi amigo), sabe que me gusta conocer las culturas indígenas de nuestro país. Vemos un viejecito huichol, nos acercamos a él. Richie tiene ganas de presentármelo para ser el protagonista de ese encuentro. Entonces pregunta directamente: «¿sabe usted hablar español?». El viejecito responde: «no», y tristes nos alejamos de él.

Poesía sonora

Hay, en muchos jardines públicos de nuestro país, bocinas conectadas a aparatos de sonido que amenizan las tardes en las plazas públicas de nuestras ciudades. En Zapotlán estos equipos de sonido llevan décadas existiendo en el Jardín Municipal. Ya mis primos mayores me contaban de estas músicas que escuchaban repetidas veces para ir a recibir la noche en compañía de padres, hermanos, amigos o novias. En cierta ocasión en que la «administración» de tales sonidos estaba a cargo de la hija de Tijelino (¿Silvia?) se me ocurrió la idea de pedirle una chanza para tocar los cassettes (gusto heredado por mi padre) con música ambiental y la lectura de poemas de grandes escritores universales. El tipo de música y la lectura de poesía me había sido inspirada por un programa de radio que transmitía (¿diariamente?) Radio Educación, de nombre «Meridiano 25». El libro al que más recurrí en la lectura de poemas fue El surco y la brasa, una antología de traductores mexicanos sobre escritores en diversas lenguas de todo el mundo y de todas las épocas. La compilación, la hizo Marco Antonio Montes de Oca. Recuerdo haber leído poemas de Shakespeare, traducciones de Reyes, Paz, Arreola y otros más. Realmente un tiempo de mucha satisfacción en la que aporté sonoramente a la cultura de mi pueblo.