Estanque

A Vero y al Silvia

 El agua es bendita por sí misma.

 Viajábamos un largo camino
 entre senderos muy secos.
 Algunos árboles
 recibían el polvo
 que levantábamos con
 nuestro andar.

 Buscábamos apartarnos de lo conocido.

 Bajo el sol y adentrados
 en el frío temporal
 creíamos estar
 cumpliendo una
 penitencia necesaria.

 Caminamos para olvidar
 y reencontrarnos con nosotros mismos.

 Nos acompañábamos silenciosos
 y nos reconfortábamos con la sabiduría.

 Caminábamos.

 Y de repente:
 el oloroso estanque viejo,
 poblado de peces y musgo,
 debajo de enormes sombras
 de árboles desconocidos.
 Recibíamos su frescura
 como un bautizo luminoso.
 Tocábamos sus aguas.
 Sentíamos sin pensar,
 Pensábamos sin saber.

 No sonreíamos, puesto que no era necesario.
 Simplemente mirábamos.

 Las benditas aguas del estanque
 estaban ahí para recibirnos.

 Entonces era fácil advertir
 nuestro destino.
 Limpios de pecado
 podíamos, ahora sí,
 comenzar.

Ángela

No fue cuestión mágica, y hasta tiene su explicación lógica (que ni siquiera científica), pero en el sepelio de mi madre la vi a ella como una sombra, como una doble imagen de la gente que la acompañaba en su último adiós. Y no sólo eso, también mis ánimos la hacían viva cuando tenía yo cosas que contarle. “Ahorita que llegue con ella le contaré que vi a la mamá de Toño… Ah, no, ya no podré contarle eso“, terminaba concluyendo con tristeza.

Mi madre supuestamente ha muerto, pero no es así, está alrededor de las personas, como un espíritu, cubriéndolas a todas ellas que la conocieron, sonriendo, escuchando, charlando la plática eterna de quienes la quisieron, y reparte bendiciones como un ángel que se despide.