Felicidad

Ya he señalado en otro escrito mi gusto por la escritura a mano. Lo hago en diversas libretas que he coleccionado o perdido durante mi vida. Casi siempre iniciaba la escritura en una libreta y, hasta llenarla, la abandonaba, para continuar con una nueva. Hoy he escrito tal vez como nunca (me refiero a la cantidad), a tal grado que lo quiero seguir haciendo en la menor oportunidad posible en ¡cuatro libretas simultáneas que tengo actualmente! Ignoro la causa de tal prodigalidad en estos días, pero por lo menos todo parece apuntar a la felicidad que me da el saber que ustedes me están leyendo.

Valentía del fallo

Mi anhelo de escribir lleva implícito el deseo de perfección (entiendo ésta como la expresión correcta y precisa para que mi lector comprenda lo que quiero transmitirle y, también, que reaccione inmediatamente de manera proporcionalmente justa a lo que escribí). En no pocas ocasiones ese anhelo es tan grande que, ante la posibilidad de error o de limitación, no me atrevo a iniciar el escrito en cuestión (sobre todo me refiero a largos ensayos en los que deseo cubrir con mis baldosas la totalidad del suelo que constituiría la geografía de mi escrito).

Ahora reflexiono que debo tener la valentía de equivocarme y dejar algunos cabos sueltos, baldosas sin colocar y llegar a la meta de haber plasmado limitadamente mi idea o no tendré más que sólo humo en mi mente que no podré transmitir a las otras inteligencias.