Stop and play

A finales de los años 70 eran ya habituales las radio-grabadoras que utilizaban cassettes. Muchos nos dimos vuelo grabando las canciones que tocaban en la radio para tenerlas para siempre y gratis con nosotros. Pues bien, el problema de grabar en esas cintas residía en que si querías saltarte a otra canción más adelante de la que estabas escuchando tenías que adelantar el bobinado del cassette hasta llegar a donde deseabas. En muchas ocasiones te pasabas y tenías que regresarte. La cosa es que tenías que manipular los botones de adelante, atrás y play repetidamente. Nosotros, en mi familia, nos habituamos a oprimir el botón stop antes de cualquier otro para parar su ejecución. Con eso, pensábamos, tratábamos de la mejor manera a nuestro aparato reproductor para que durara mucho tiempo. De modo que me pareció todo un escándalo cuando mi amigo de primaria, el Chapu, oprimía uno u otro botón de adelante o atrás o play sin tocar para nada el de stop. Sin duda una costumbre familiar, tal vez esos fueron los primeros signos evidentes de que de una familia a otra somos diferentes.

Amanda

Juan José Arreola escribió, en La Feria, una situación vivida en toda nuestra ciudad de Zapotlán. Situación que yo alcancé a vivir y a escuchar estas palabras cuando se veía a unos novios muy enamorados besándose frenéticamente: «Déjala, güevón. Cómprale jabón y llevala a bañar al río», con una tonadita musical muy alegre. Esas palabras se tornarían en una especie de insulto o burla de la que todos se querían zafar. Claro que las cosas se fueron transformando, reduciendo. Luego, toda esta burla se reduciría a: «Déjala güevón», y con eso la burla estaba manifestada. Y más, todo esto quedaría reducido a un juego sin palabras, simplemente se chiflaba la tonadita y todo quedaba dicho.

Algo similar sucedió en los ochenta, cuando yo estaba ya en la secundaria. En la televisión se comenzaba a manifestar el cuidado del medio ambiente, en especial el cuidado del agua. El comercial mostraba a un niño gordito gritándole a una muchacha: «Amanda, ¡ciérrale!», indicándole con ademán de cerrar la llave girando la mano derecha. Pues bien, la burla ahora recaía en los gorditos. Cuando se veía a uno frente a nosotros, se le gritaba: «Amanda, ¡ciérrale!», con todo y el giro de la mano. Muchos llegaban a enojarse sobremanera. El insulto, al final, se redujo al simple: «Amanda«, suficente para hacer enojar a los pasados de peso. Cosas de la economía del lenguaje, el cual se redujo al mínimo: bastaba hacer el ademán con la mano como cerrando una llave para hacer enojar a nuestros obesos amiguitos.

Felicidad de la música

Otra canción llega a tus oídos. Otra canción que evoca a tu mujer irremediablemente. Haz perdido la cuenta de cuántas canciones has dicho que son «la canción de nosotros». La gama es enorme, tienen rock en español, a Annie Lennox, música brasileña (que llegaron a bailar), los paisajes lacustres y matemáticos de Bach. Recuerdas también aquella noche que pasaron juntos (la primera) con el arrullo imposible de Janis Joplin. Está vivo su recuerdo (si no el de ella, sí el de su amor mutuo) hasta en algunos sones de Mono Blanco. Por todos lados hay música y por todos lados surge la felicidad del tiempo compartido. Eso te lleva a asegurar algo, algo… pero no te atreves a decir qué.

Tren de Zapotlán

La «pérdida de la inocencia» se identifica generalmente con la finalización de la infancia y el inicio de la vida adulta. Muchos quieren ver en esta frase una fuerte carga psicológica que cada uno de nosotros enfrentamos o enfrentaremos alguna vez. El fin de la infancia pareciera ser solamente una cuestión personal y subjetiva, pero creo que esto no es así. La pérdida de la inocencia también puede identificarse externamente con la pérdida de aquellos lugares en que nuestra infancia fue forjada.

No creo que pocos habitantes de Zapotlán (sin importar su edad) vean con tristeza y rabia en qué se ha convertido nuestro lugar de sueños: el cine Diana, lugar donde navegamos por los siete mares; aquellos pasillos que en las matinés eran convertidos en junglas donde decenas de Tarzanes brincábamos de una butaca a otra; lugar del encuentro y las confidencias tiernamente secretas; cita con lo prohibido y el atrevimiento; rituales vespertinos que consolidaron familias o amistades. Fue ahí donde supimos que el sueño no pertenecía solamente al director de la película, el sueño era profundamente nuestro y era en la sala cinematográfica donde lo compartíamos con los demás.

Las transformaciones llegan a futuros insospechados. El cine Diana fue comprado por las tiendas Elektra para transformarlo en una horrible bodega donde el comercio transita en lugar de los sueños. Así también la estación del tren no pudo soportar el paso del tiempo y ahora se está transformando en ruinosas construcciones.

¡Cuánta vida ahí! ¡Cuántas felicidades en los arribos y cuántas tristezas en las partidas! La excitación era dictada por la presencia del tren. Recuerdo la algarabía, los íres y venires de vendedores, los gritos de apuración de los pasajeros. Maletas olvidadas, calmantes (frituras de puerco que «calmaba» el hambre) que iban de una mano a otra, bolsas de frutas, prisas para lograr el mejor lugar, la guitarra que amenizaba el viaje, las ventanillas que se abren para el último adiós… El recorrido obligaba a uno armarse de paciencia ya que de un pueblo a otro, aunque estuvieran muy cerca, podían pasar muchos minutos de ociosidad desperdiciada.

Una vez partido el tren la estación podía caer en una especie de letargo. Los vendedores buscaban con ansia a los posibles pasajeros (para el próximo viaje o aquellos a quienes se les fue el tren) para venderles su mercancía de engaño: tortas rebosantes cuyos ingredientes llegaban a la mitad del pan, guayabas exquisitas hasta la mitad de la bolsa, las otras estaban podridas, un «clavo» las delataba.

A nosotros, niños entonces, nos gustaba ir a la estación del tren para ver a nuestros dos verdaderos héroes: el inalcanzable maquinista y el sabio telegrafista.

Ir a la estación significaba tener acceso a otro tiempo, el ya perdido irremediablemente y del que la estación representaba un reducto aprovechable aún. Íbamos ahí para revivir la gloria de nuestros abuelos que habían vivido la Revolución y de la que el tren representaba el símbolo de revolucionarios y soldaderas solidarios con sus hermanos de otras geografías nacionales. El tren que conocía otros pueblos, sabía de otras tradiciones y llevaba las nuestras a repartir a tierras inimaginables.

Por todo eso nos gustaba ir a la estación del tren. Algunos tal vez jamás disfrutaron de un viaje en tren, yo mismo lo realicé pocas veces, pero me gustaba ir a la estación. Ver a las demás personas, casi siempre de condición humilde, como portadoras de una tradición casi siempre inconsciente y por ello más auténtica.

La estación reducida a polvo, a olvido, a nada… Ahora la veo y en ella encarnan mis más profundas tristezas. Es lamentable que de esa forma hayan terminado los alegres años de mi infancia.

1 a. m.

Hemos salido de
la mala hora.
Vemos con esperanza
las mismas cosas
inalterables en la noche.
Nuestro calzado no se
ha movido,
y los libros siguen
acumulando polvo.
Esta quietud tiene algo
de la seguridad que
buscamos, pero de
repente nuestros pies
se encuentran danzando
una canción desconocida
y comprendemos,
entonces,
que ha llegado el
tiempo de la acción.

Deseos cumplidos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda.

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la formación de imágenes. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Terremoto recordado

El día de ayer, 19 de septiembre (2010), estuve en mi pueblo natal. Mi hijo y yo decidimos hacer un recorrido fotográfico por siete templos, como las siete visitas que con regularidad la gente hace en Semana Santa a las “siete casas de Israel”. Comenzó nuestro recorrido en San Pedro, pero al llegar al centro de la ciudad nos topamos en el Sagrado Corazón con una gran figura de aserrín que nos indicaba que algo iba a suceder o ya había sucedido. Tras recorrer un poco el jardín principal y sus nuevas fuentes nos dimos cuenta de que había mucha gente guarecida en la Catedral y en el Portal del Gallo Bañado. Eso nos hizo sospechar que dicha gente estaba esperando algo. Pronto reparamos en que, efectivamente, todos esperaban participar en un suceso: la conmemoración de aquel fatídico e inolvidable 19 de septiembre de 1985.

Conmemoración (1)

19 de septiembre de 2010. Nuestro plan original, de mi hijo Allan y mío, era tomar fotos de siete templos como las visitas de Semana Santa. Nos detuvimos en el Sagrado Corazón intuyendo que algo pasaría. Nuestro proyecto se vio truncado a la vez que enriquecido puesto que hice mi primer reportaje gráfico en forma.

Llegamos justo cuando la figura conmemorativa había sido terminada. Acerrín de colores pintaban en el suelo figuras de humanos tomados de las manos recordando la solaridad que entre los sobrevivientes se había dado aquel año del 85. La lluvia comenzaba y amenazaba con ahuyentar a todos los feligreses. Las imágenes peregrinas fueron rápidamente resguardadas. El padre Salvador preguntó si hacían la conmemoración dentro del templo (justo cuando sus ayudantes removían la tarima que serviría de foro). La gente respondío que no, que ya habían soportado otras calamidades. “Somos josefinos, padre”, reclamaba una señora asegurando con ello que lo podían todo. “Ustedes mandan”, respondió el sacerdote y comenzó todo en el atrio del templo.

Conmemoración(2)

La lluvia, afortunadamente, había aminorado. La gente respondió al llamado del altavoz que indicaba se fueran reuniendo en el atrio de la iglesia. Poco a poco fueron llegando, los voluntarios tiraban las últimas rayas amarillas del sol que irían agrupando a las cuadrillas de danzantes. Las imágenes peregrinas del Señor San José y de la Virgen ya estaban dispuestas sobre la tarima móvil, algunas veladoras eran encendidas.

Bajo el cielo nuboso de Zapotlán y bajo la mirada del Padre Salvador, los fieles estaban ya dispuestos a comenzar la conmemoración de aquellos terribles hechos.

Conmemoración (3)

Los recuerdos comenzaban a aflorar tras escuchar las lecturas de un par de chicas. Niñas pequeñas preguntaban a sus abuelos los motivos de la conmemoración y el porqué de la solicitud de protección al Señor San José de los temblores. Las fechas recordaban aquellos añejos acontecimientos que forjaron el espíritu del zapotlense, 1747, el encuentro de las imágenes y, dos años después, la protección y la fiesta juramentada a nuestro patrono santo.

La banda de guerra sonaba lamentadora removiendo las entrañas por los muertos que ya no contaron su propia historia. El reloj de cartón marcaba la fatídica hora de 1985 cuando comenzó todo y terminó mucho. La lluvia volvía y los paraguas se hicieron notar.

Las palomas eran tantas que se veían dispuestas a repetir el día de Pentecostés con los feligreces quienes parecían indiferentes a lo que el cielo les brindaba.

Conmemoración (4)

Luego de terminar las lecturas y el recuerdo de los peores temblores que han afectado a nuestra ciudad, y tras seguir las indicaciones del organizador (¿un seminarista?) las diversas cuadrillas de sonajeros y danzantes salieron a la catedral para celebrar la Santa Misa. Cada contingente iba representando a los otros pueblos que habían caído también en desgracias naturales. Ahí iban Haití, Monterrey, Veracruz, etc. Al final nuestra ciudad, claro. Este contingente, con el que se cerraba todo, fue el que más bailó en el atrio de la iglesia.

La lluvia volvía y todos querían apurarse, sin embargo, nadie desistió de completar la corta procesión.

La chirimía dictaba el paso sonora y rítmica. Aquí también presento los sonidos de dicho instrumento popular y encantador. La lluviecita arreciaba, nuestro Señor San José había sido recordado como infalible protector de los temblores, pero ¿quién lo cuidaría a él de la lluvia? Un espontáneo y anónimo protector ofreció su paraguas al Padre Protector.