Escrito a la luz de la luna

A la hora vespertina el sol mueve sus últimos engranajes, abre imperceptiblemente el azul domo del cielo. Cuando el artificio desaparece el espacio se muestra en su totalidad más cierta. Entonces sentimos que nuestra vista es una larga mano con la que tocamos las estrellas. Acariciamos la noche como un arroyo de luz en nuestras manos. La infinitud responde con su gemela y es en el espejo de esta eternidad que nuestro presente diluye los límites que le han impuesto.

Escrito a la luz de la luna

A la hora vespertina el sol mueve sus últimos engranajes, abre imperceptiblemente el azul domo del cielo. Cuando el artificio desaparece el espacio se muestra en su totalidad más cierta. Entonces sentimos que nuestra vista es una larga mano con la que tocamos las estrellas. Acariciamos la noche como un arroyo de luz en nuestras manos. La infinitud responde con su gemela y es en el espejo de esta eternidad que nuestro presente diluye los límites que le han impuesto.

1 a. m.

Hemos salido de
la mala hora.
Vemos con esperanza
las mismas cosas
inalterables en la noche.
Nuestro calzado no se
ha movido,
y los libros siguen
acumulando polvo.
Esta quietud tiene algo
de la seguridad que
buscamos, pero de
repente nuestros pies
se encuentran danzando
una canción desconocida
y comprendemos,
entonces,
que ha llegado el
tiempo de la acción.