Pítor Chi

Foto de Facebook

Conocí a Pítor hace ya muchos años. Supe que era escritor, luego me enteraría de que era también cuenta-cuentos. El amor a las letras nos hizo amigos. Ya después me enteraría de que también era activista, defensor de los patrimonios naturales de los pueblos originarios (¿larga forma de evadir que también era defensor de nuestros derechos como ciudadanos?).

La entrevista que escucharán quedó pactada hace unas semanas. Llegó el día, comenzó mi grabación. Notarán que Pítor se adueña del micrófono rápidamente, sólo alcancé a hacerle dos preguntas. Dueño de la palabra hablada (claro que sí) le bastó el arranque de unas cuantas interrogantes para desenvolver sus recuerdos más importantes.

Resulta curioso como ese mismo día (12 de noviembre) también me tocaría entrevistar a otro poeta y ambos coincidirían en lo siguiente: el amor a las letras, las historias, el arte de la narración les había salvado. Bien podríamos hacer una historia de almas salvadas por la literatura (no dudo de que muchos de ustedes que nos leen y nos escuchan, también pertenezcan a este grupo).

La entrevista, como he venido diciendo, fluyó de manera natural por parte de Pítor. Es, hasta el momento, la más larga que he realizado en este blog. No me da pena aceptar que fui desplazado (ni siquiera lo había pensado) como la «batuta» que guiaba esta conversación. Comienzo diciendo esto porque he de reconocer que las historias que nos cuenta me resultaron encantadoras (tanto que pienso hacer una segunda parte), y simplemente me senté a escucharlo. Su relación con su abuelo Martín, las versiones de un mismo cuento contado una y otra vez, el atractivo magnético que el viejo logró (a pesar de ser una persona de pocos cariños) con su nieto, etc. Todo ello contado con la serenidad y el entusiasmo de quien reconoce en sí mismo toda la herencia recibida.

Creo que algo de lo más rescatable que debemos tener en consideración es el poder (el deber, deberíamos corregir) de la imaginación. El que podamos imaginar según las propias posibilidades de cada uno, es un derecho humano al que estamos renunciando sin siquiera pensarlo. Pareciera llevarnos a concluir Pítor.

Chi nos trae de nuevo la palabra para jugar con ella, para que, al fin de cuentas, logremos la paz tan necesaria a todos los seres humanos.

Pítor y parte de su acervo

Violencia que no te alejas

  1. En buena parte de la historia de las relaciones humanas y familiares la fuerza estuvo emparentada a tal grado con la violencia masculina que se han tomado como sinónimos.
  2. Recientemente la sociedad actual, empujada por las mujeres, han regulado esa fuerza en pos de la disminución de la violencia (que en algunos lugares de todos los paises esa violencia continúe apesar de la regulación, es otro cuento). Cierto es que muchos hombres hemos considerado tanto la regulación como la condición femenina de vulnerabilidad y hemos disminuido nuestras muestra de violencia física (que tal vez se haya desplazado a terrenos de violencia psicológica, lo admito, pero ciertamente ya no llegamos a los golpes).
  3. En definitiva la fuerza utilizada en las relaciones intrafamiliares ha disminuido quiérase que no. Los hombres que hemos optado por este control nos sentimos minorizados en esta manifestación tan nuestra que es la fuerza.
  4. Pero luego comprendemos que fuerza no es violencia, de modo que vemos repetidas veces que nuestra fuerza es muy necesaria en las actividades cotidianas. Fuerza sin violencia, reconozcamos esa utilidad.
  5. El logro de la eliminación de esa violencia casera pareciera que no ha sido bien aprovechada por las mujeres (no quiero decir feministas, que no todas las mujeres lo son) que no han sabido optar por el diálogo y están prefiriendo la violencia que pareciera copian de sus otrora dominadores.
  6. Reunirse para dialogar, escuchar y saber la opinión del otro es una facultad que ambos deberíamos perseguir para el crecimiento mutuo y el de la familia. ¿Quién dará el primer paso?