
La ventana

Vivimos y luego pensamos. El centro de nuestra creación

Voy a contar la cosa rápidamente para luego lanzar unas preguntas con las que quiero que ustedes, especialistas o no, me ayuden para comprender mejor la mente y el ser humano.
Recientemente me contaron el caso de un joven medicado siquiátricamente. En su infancia no lograba centrar su atención en nada, resultado: bajas calificaciones y reprobación. Ultimátum del director, o los padres ofrecían estudios sobre su comportamiento o de plano terminaría sin aprobar grado. La madre accede, estudios. Resultado: medicación y aumento de la atención, mejor estudiante. Pasa el tiempo, el chico cumple 18 años, muestra su hartazgo hacia la medicación y, como ya es adulto, se niega a tomarla. Los padres acceden sin otra opción por delante. El joven se queja de dolores de cabeza los primeros días y otros síntomas menores. Supuestamente volverían las distracciones a apoderarse de su actitud, pero no es así. El joven es atento y continúa sin contratiempos su aprendizajes escolar.
He dicho (y lo he visto en mucha gente) que la química determina nuestro comportamiento y hasta nuestro ser mismo. En el caso de este chico no pareciera ser del todo así. ¿Es que la voluntad es ajena a los artilugios químicos? ¿Es que la voluntad puede estar por encima de toda influencia química? ¿Qué otra cosa se puso en juego en este ejemplo que no estoy viendo?
Ayúdenme con sus respuestas, amigos, a comprender mejor nuestra mente y nuestro ser mismo.
Las ventajas sobre charlar con las personas


Cosas que se encuentra uno por los caminos de Dios. La nombré Señorita Serrano porque mi prima Alicia tiene una títere en su salón de clases con este nombre. Así que, también por acá, anda ese espíritu en México
En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda.
También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.
Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.
En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.
Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la formación de imágenes. Ahí sí tengo satisfacciones totales.
Mi tío Jesús fue a vivir a San José de Gracia, Michoacán, no sé porqué razones. La cosa es que frecuentemente nos invitaba a que pasáramos allá los días de vacaciones o los fines de semana. Gustosos íbamos y comíamos ahí y nos adentrábamos en el bosque de Mazamitla.
En cierta ocasión me invitó a que me fuera a trabajar en su carpintería durante todas las vacaciones de verano. Más de un mes completo. Yo estaba encantado de andar en otro lugar que no fuera mi propio pueblo. Nos levantábamos temprano y nos dirigíamos caminando hacia la carpintería a unas cuantas cuadras, pueblo chico. Mi tío fabricaba roperos con materiales muy ligeros de una madera comprimida, no madera de verdad, por así decirlo.
En el camino pasábamos por una casucha que tenía un letrero que me hacía pensar y pensar sin llegar a una solución sobre lo que ahí se vendía: Seven de Alfalfa. Yo creía en lo que decía ya que en anteriores viajes había visto yo Fantas de fresa o Titanes de piña. ¿Pero, un refresco de alfalfa? La verdad hasta se me antojaba, pero nunca llegué a comprar dicho refresco.
MYa después de tanto pasar por ahí y leer una y otra vez el enigmático letrero, me di cuenta del error de escritura típico de nuestros candorosos publicistas. En realidad decía: se vende alfalfa. Con lo cual caí en el desencanto.
La «empiria» es una palabra popular que quiere ser un apócope de empírico. Es empleada con regularidad para destacar la importancia de lo empírico en la adquisición del conocimiento. «Eso lo aprendió por empiria», es decir que no estudió en escuela alguna y sabe cómo hacer su trabajo de manera buena o hasta excelente.
No pocas veces he visto entre la gente ensalzar aquel que logró cierto éxito en su trabajo y es comparado con aquellos que sí estudiaron. El juicio popular es que el primero es mejor porque logró todo con su propio esfuerzo e inteligencia. «Eso no lo enseñan en la escuela», indican como apuntando con desprecio al estudioso ignorante, destacando con ello el valor de lo empírico.
No es raro encontrar pues que no importa tanto estudiar como el lograr el conocimiento y la destreza fuera de la escuela. De ahí que veamos con buenos ojos a aquellos que resuelven las cosas rápidamente, ideando soluciones con pocos elementos a la mano. Así que su ejemplo se torna en una aspiración para algunos que, aunque hayan estudiado, dan más fe a la empiria que al análisis razonado. Y de primer momento pareciera que tuvieran razón dado los resultados a los que van llegando en su vida.
El «empirio» (llamémosle así) ha gozado de sus resultados y se conforma cuando llega a ellos. No emplea el razonamiento para explicarse las cosas o continuar pensando sobre los resultados de su mecánica. Resultan, pues, flojos de pensamiento y activos en sus acciones. No es raro verlos caer en errores constantes a los que su empiria los ha llevado. Así, he escuchado decirles que el sol camina más rápido cuando está cerca de los cerros, ya sea al amanecer o al atardecer. Al mediodía camina más lento, según han observado con su empiria, y ni siquiera por asomo se les ocurríría preguntar el porqué de este cambio de velocidades. Con lo que vieron les basta.
A este empírico popular le interesa el mundo en tanto solución. No sabe, ni le importa, la existencia del mundo en tanto mundo. Su incursión en la realidad discrimina y toma lo que le sirve. Con él sería imposible el avance del conocimiento abstracto, es decir, el nacimiento de la ciencia y la filosofía. A él le parece increíble que haya personas dedicadas a saber la composición química de una estrella a miles de años luz. ¿Cómo es posible que esos descubrimientos lleven comida a su mesa?
Las abstracciones y las personas que a ellas se dedican les parecen a los empíricos cosas incomprensibles y hasta despreciables. Estas personas, pues, no ofrecerán esfuerzos para una comprensión de las causas del mundo. De ahí que resulte difícil charlar con ellos cuando se trata de pensar en algo que va más allá de su mundo tangible. No pueden, o es muy difícil, llegar a acuerdos en algo que ellos no comprenden.
Existe un bagaje cultural y educativo enorme y acumulado a lo largo de los siglos. Todo ello se encuentra disponible y organizado en libros y escuelas. Es un conocimiento no adquirible mediante experiencia alguna. Hay que hacer un esfuerzo para lograr aprehenderlo. Si por pura experiencia adquiriésemos nuestro conocimiento, este universo de lo leído quedaría limitado e inalcanzable para siempre. Es fácil concluir que no todo conocimiento es adquirible por la experiencia, y aquellos que afirman que lo leído fue experimentado por otros, están extendiendo la justificación de su ignorancia y su flojera.
Como a lo empírico sólo le interesa lo que está al alcance de su experiencia y como ésta sólo se da necesariamente en el presente, el pasado y el futuro no le interesan. La Historia y la planeación de lo futuro pueden resultarle inaccesibles. Claro, pudiera parecer que muestran interés sobre alguno de estos momentos en tanto le vean posibilidades de entrar en el mundo de sus soluciones o aspiraciones prácticas, como ya lo habíamos dicho antes. Más allá tales experiencias, conocimientos o proyectos les resultan inservibles.
Carente de un espíritu crítico, los empirios creen que la naturaleza funciona de una manera mecánica más básica de lo que es en realidad. Conclusiones tales como: entre más adentro del mar (más agua debajo de nosotros), más fácil es ahogarse; los perros orinan todas las cosas; las manos sucias ensucian todo, incluso cuando no tocan nada, etc.
El empirio, limitado como ya lo hemos visto, se conforma con poco y se divierte fácilmente con cosas superfluas. Es fácil de satisfacer con música simple. En su habla cotidiana también es fácil descubrirlo. Repite los mismos dichos, chistes y anécdotas una y otra vez. Calla rápidamente una vez que ha emitido su juicio (no para esperar respuesta del otro, sino porque ya no puede continuar hablando) y es incapaz de seguir la conversación de los demás cuando tratan temas que exigen información. Emite juicios tales como los siguientes: «ya terminó de llover«, cuando en realidad se sale de la lluvia en la carretera.
Ellos están seguros de que se divierten cuando, en realidad, son personas muy aburridas.
Mucho del conocimiento que adquirimos es, ciertamente, tomado de manera empírica. Los primeros conocimientos del ser humano se dan en la infancia y son definitivos. Cierto es, también, que hay conocimientos empíricos que difícilmente pueden darse por mera lectura o análisis y pensamiento. Lo malo está en creer que sólo esta forma de adquisición del conocimiento es la única. Se niega entonces la lectura, la discusión y el cuestionar a aquel que sabe.
Hay conocimiento que es, irremediablemente, transmitido de generación en generación a través de la educación (escolar o no). Piense en aquellos que niegan este valor. Asistirán a la escuela, pero el conocimiento expuesto en el salón de clases no hace mella en su persona. Repiten los patrones paternales y no hay avance en su intelecto generacional.
Todo esto no dejaría de ser meramente anecdótico sino fuera porque pudiera haber verdaderos problemas cuando el empirio se le otorga algún poder o un grupo de personas bajo su mando. Entonces sus errores y limitaciones pueden acarrear multitud de problemas entre quienes deben obedecerlos.
Es injusto de mi parte tratar como iguales a lo empírico y la popular empiria. Lo empírico tiene una importancia mayor en la historia de la humanidad y en la particular de cada uno. Aquí hubo momentos en que pareciera que los traté como iguales, pero no es así. Las limitaciones que aquí se mostraron fueron aspectos que la empiria maneja en la idiosincrasia popular. Lo empírico es mucho más grande e importante, pero lo popular ha tomado este apócope mostrando, de esa manera, los límites de sus consideraciones.
¿Cuál es el minuto exacto en que el sol se apodera de su día? Un poco antes son todavía las sombras revueltas con una luminosidad que tampoco se decide. Le llaman penumbra, el temporal reino de la confusión. El espacio es entonces un vapor que etiqueta cada molécula del aire. Aquella sombra no desciende de este árbol, es ella quien crece de la tierra como una llama oscurecida; es un pulpo que sube sus tentáculos danzando hasta aferrarse escondiéndose en los cuerpos. Hay que saber ver y escuchar cuando el segundero del planeta se quiebra. Las sombras verdaderas se repliegan huidizas dejando como estela las otras sombras que permanecen el resto de las horas. El tiempo vulgar deja sus marcas con las que borra poco a poco el eslabón roto del, ahora ya, eco de la penumbra.
¿Tiene paisajes lo invisible? Comencemos por no verlo. Cierro los ojos. Hay una radiografía velada, rayones blancos delimitan esta foto de la nada. Tal vez un tinte rojizo o amarillo otorgue fluidez a esta huidiza imagen. Flashazos que implotan se burlan de mi atención cuando creo tenerlos atrapados. ¿Es llanura esta planicie o la toma aérea de unas montañas confundidas con sus propios barrancos? No puedo determinar direccionalidad y estos fotones comienzan a confundirse con mi cerebro. Ya no sé lo que estoy viendo tras mis párpados. Ya no sé si esta placa proviene de mis ojos o son mis anhelos borboteando en búsqueda de una figura propia. Asustado prefiero huir y buscar la seguridad en lo que no soy: el reino de la luz que se despliega afuera.