¿Edad? No la recuerdo, pero indudablemente estaba en lo primeros años de la primaria. Primero o segundo grado. Digo esto porque estaba haciendo mi tarea escolar. Pegar no sé qué con pegamento blanco, de ese que estaba dentro de botellitas con forma de pino de boliche. El resistol no sale, tengo que apretarlo. Sigue sin salir, pero sí se siente líquido. ¿Qué estará pasando? A lo mejor ya casi sale. Le echo un ojo al agujerito de la salida. Aprieto más fuerte que antes, un chorro de resistol que va directo a mi ojo abierto. Cierro y aprieto los párpados. No quiero abrirlo, me duele, me arde. Grito. El párpado se me ha pegado. Mi padre y mi madre me auxilian. Mi mamá tiene la idea de que con leche el pegamento se me removerá. Lo intenta. Yo no quiero abrir el ojo. Al final el pegamento cede. He recuperado la visión luego de un lavado con agua. La leche y la idea han funcionado.
Felicidad
Ya he señalado en otro escrito mi gusto por la escritura a mano. Lo hago en diversas libretas que he coleccionado o perdido durante mi vida. Casi siempre iniciaba la escritura en una libreta y, hasta llenarla, la abandonaba, para continuar con una nueva. Hoy he escrito tal vez como nunca (me refiero a la cantidad), a tal grado que lo quiero seguir haciendo en la menor oportunidad posible en ¡cuatro libretas simultáneas que tengo actualmente! Ignoro la causa de tal prodigalidad en estos días, pero por lo menos todo parece apuntar a la felicidad que me da el saber que ustedes me están leyendo.
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Poetas por insistencia
Muchos de ustedes, estoy seguro, conocen a escritores o poetas de mediano calado cuya obra resulta mediocre o aburrida. Claro que no se los vamos a decir. Pero nos sorprende la cantidad de libros publicados o el tiempo de permanencia que llevan en el mundillo de las letras. Incluso hasta llegan a ser populares, convocan a multitudes (esas pequeñeces numerosas en sus presentaciones, ustede me entienden) cuando dan a conocer sus nuevas o repetidas publicaciones.
Todo esto viene al colación porque el día de hoy vi un comentario de un amigo mofándose de aquellas personas que le señalaron que no debería dedicarse a las letras, que eso no le va a dar de comer. Él les respondió diciendo que ahora ya tiene un título universitario que lo acredita como escritor. Pues bien, ese amigo (que tiene varios libros publicados y que, al parecer, tiene cierta presencia en el mundillo de Guadalajara), me contestó de manera escrita a una pregunta que le hiciera hace años en el primer Messenger.
–¿Conoces a Guadalupe Ángeles?
A lo cual me respondió:
–Ci.
Lecturas escrituras mentales
En casa tenemos una perrita cuyo nombre le fue puesto por mi hija: Ivi. No sé si mi hija así lo escriba, pero yo de esa manera lo imagino y cada vez que lo pronuncio me veo leyéndolo gráficamente dentro de mi cabeza. No atiendo sólo al sonido que sale de mi boca, también quiero verlo escrito de alguna manera. Esto tal vez (suposición mía) se deba a mi pasado de lector ávido, necesitado de la grafía en todo momento.
Luego reconozco un posible problema en esta manía sobre lo escrito. Cuando aprendía inglés en el bachillerato también necesitaba, antes de pronunciar las palabras verlas escritas en mi mente para luego decirlas. Problema resultante: querer pronunciar esas letras con todos mis fonemas castellanos (de ahí viene la horrible pronunciación del otro idioma por parte de una persona que recalca su origen extranjero, al menos en alguna de sus vertientes).
Ya en una rápida conclusión, había yo dicho que, ante la evidencia contada hasta aquí, las personas analfabetas (es decir, aquellas que no tienen grafías en su mente) pueden pronunciar de manera más acertada ese otro idioma a aprender, que aquellos quienes sí sabemos leer.
Recalco que esta suposición no se basa en otra evidencia que mi muy limitada experiencia, pero me gustaría que tú, el querido lector de estas líneas, me ayudes con tus repuestas.
Construyendo a voluntad
Comprender que el poema es una construcción debería hacernos entender lo siguiente:
- Que nosotros somos sus arquitectos, por lo tanto manejaremos a nuestro antojo y arbitrio (incluyendo nuestra inteligencia, deseos, capacidades, reacciones y hasta limitaciones, etc.) palabras o frases, sabiendo que el objetivo debe ser establecido de alguna u otra manera. Con esto último quiero decir tener en claro tanto una meta preestablecida o, cuando menos, las «sospechas» de hacia dónde queremos llevar nuestras imágenes. Pero, eso sí, tener plena consciencia del importantísimo acto de escribir.
- Que las partes elementales del poema, las palabras, son bloques que pueden ser elegidos/sustituidos para alguna u otra finalidad. Tal vez esto sea el centro y la generación de nuestro estilo. La elección denotará a nuestro ser mismo. Aquí no puede uno mentir, incluso cuando no acertamos o nos mostramos abiertamente impostores dejamos ver aquello que somos.
- Continuando con esta idea de los bloques-palabra, esto es tan central que, como ya dijimos, determina nuestro estilo y hasta la escuela a la que pertenecemos. A muy grosso modo los escritores puros (aquellos que no recurren a elementos poéticos, etc.) usan, toman las palabras y las van juntando/pegando como un albañil va construyendo sus bardas y al final termina una casa completa, la novela, el cuento. Son constructores a quienes más les importa la obra terminada que cualquier otra cosa. Arquitectos desde arriba.
- Por otro lado están los escritores-poetas (y los poetas en sí). Estos conocen el valor y la calidad del barro con el que están hechos aquellos ladrillos que emplearán para sus edificaciones rítmicas. Construyen más desde el sabor mismo que cada palabra tiene en su obra, por así decirlo. Arquitectos desde adentro.
- Todo este periplo que he dado ha sido simplemente para llegar, yo mismo, a la insistencia en que nosotros, los poetas, los escritores (sobre todo los jóvenes o quienes no han superado la fase de principiantes) debemos ser conscientes de nuestro trabajo; esas palabras deben salir de nuestra reflexión y no de un mero reflejo que se desencadena indetenible. Somos creadores y nuestra creación es resultado de nuestras elecciones. Quiero hacer esto y necesito tales palabras, estas formas e, incluso, inventar recursos que satisfagan lo que yo quiero hacer/decir. Con ello quiero también mencionar que no debo tener miedo de los recursos que tal vez san invención mía. La forma, como ya lo dije, también puede ser un producto de mis necesidades. ¿Experimientación? Obvio que sí, pero si deseamos quedarnos en lo conservador también está bien, mientras sea una decisión consciente. Basta ya de esperar a que las imágenes, situaciones, historias nos lleguen y se hagan presentes sólo porque ellas quieren. ¡Ahora es tiempo de la voluntad!
Cariño
El frío clima de mi ciudad natal nos dio, a mi familia, la oportunidad de mostrar una forma de cariño entre nosotros. Las siestas vespertinas eran frecuentes entre todos. Cuando alguno dormía así de repente, en cualquier rincón de la casa, lo hacía con la ropa que llevara puesta sobre sillones o en la cama. Entonces, se dejaba sentir el frío y alguien que se encontrara despierto y cercano, cubría con alguna cobija ligera a aquel que ya estaba soñando. «Yo te quiero, yo te cuido, yo te cubro», pareciera ser la consigna.
Huichol
Escenario: el puerto aéreo que se encuentra cerca de la SEP, en Tepic. Mi amigo, Richie Valenz (sobrenombre de tal carga emotiva que me ha hecho olvidar el original nombre de mi amigo), sabe que me gusta conocer las culturas indígenas de nuestro país. Vemos un viejecito huichol, nos acercamos a él. Richie tiene ganas de presentármelo para ser el protagonista de ese encuentro. Entonces pregunta directamente: «¿sabe usted hablar español?». El viejecito responde: «no», y tristes nos alejamos de él.
Orgullos personales
Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.
Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.
Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): «no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables». Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.
¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.