Poeta por insistencia

Muchos de ustedes, estoy seguro, conocen a escritores o poetas de mediano calado cuya obra resulta mediocre o aburrida. Claro que no se los vamos a decir. Pero nos sorprende la cantidad de libros publicados o el tiempo de permanencia que llevan en el mundillo de las letras. Incluso hasta llegan a ser populares, convocan a multitudes (esas pequeñeces numerosas en sus presentaciones, ustede me entienden) cuando dan a conocer sus nuevas o repetidas publicaciones.

Todo esto viene al colación porque el día de hoy vi un comentario de un amigo mofándose de aquellas personas que le señalaron que no debería dedicarse a las letras, que eso no le va a dar de comer. Él les respondió diciendo que ahora ya tiene un título universitario que lo acredita como escritor. Pues bien, ese amigo (que tiene varios libros publicados y que, al parecer, tiene cierta presencia en el mundillo de Guadalajara), me contestó de manera escrita a una pregunta que le hiciera hace años en el primer Messenger.

–¿Conoces a Guadalupe Ángeles?

A lo cual me respondió:

–Cí.

Construyendo a voluntad

Comprender que el poema es una construcción debería hacernos entender lo siguiente:

  1. Que nosotros somos sus arquitectos, por lo tanto menejaremos a nuestro antojo y arbitrio (incluyendo nuesta inteligencia, deseos, capacidades, reacciones y hasta limitaciones, etc.) palabras o frases; sabiendo que el objetivo debe ser establecido de alguna u otra manera. Con esto último quiero decir tener en claro tanto una meta preestablecida o, cuando menos, las «sospechas» de hacia dónde queremos llevar nuestras imágenes. Pero, eso sí, tener plena consciencia del importantísimo acto de escribir.
  2. Que las partes elementales del poema, las palabras, son bloques que pueden ser elegidos/sustituidos para alguna u otra finalidad. Tal vez esto sea el centro y la generación de nuestro estilo. La elección denotará a nuestro ser mismo. Aquí no puede uno mentir, incluso cuando no acertamos o nos mostramos abiertamente impostores dejamos ver aquello que somos.
  3. Continuando con esta idea de los bloques-palabra, esto es tan central que, como ya dijimos, determina nuestro estilo y hasta la escuela a la que pertenecemos. A muy grosso modo los escritores puros (aquellos que no recurren a elementos poéticos, etc.) usan, toman las palabras y las van juntando/pegando como un albañil va construyendo sus bardas y al final termina una casa completa, la novela, el cuento. Son constructores a quienes más les importa la obra terminada que cualquier otra cosa. Arquitectos desde arriba.
  4. Por otro lado están los escritores-poetas (y los poetas en sí). Estos conocen el valor y la calidad del barro con el que están hechos aquellos ladrillos que emplearán para sus edificaciones ritmicas. Construyen más desde el sabor mismo que cada palabra tiene en su obra, por así decirlo. Arquitectos desde adentro.
  5. Todo este periplo que he dado ha sido simplemente para llegar, yo mismo, a la insistencia en que nosotros, los poetas, los escritores (sobre todo los jóvenes o quienes no han superado la fase de principiantes) debemos ser conscientes de nuestro trabajo; esas palabras deben salir de nuestra reflexión y no de un mero reflejo que se desencadena indetenible. Somos creadores y nuestra creación es resultado de nuestras elecciones. Quiero hacer esto y necesito tales palabras, estas formas e, incluso, inventar recursos que satisfagan lo que yo quiero hacer/decir. Con ello quiero también mencionar que no debo tener miedo de los recursos que tal vez sean invención mía. La forma, como ya lo dije, también puede ser un producto de mis necesidades. ¿Experimientación? Obvio que sí, pero si deseamos quedarnos en lo conservador también está bien, mientras sea una decisión consciente. Basta ya de esperar a que las imágenes, situaciones, historias nos lleguen y se hagan presentes sólo porque ellas quieren. ¡Ahora es tiempo de la voluntad!

Editorial Novaro

Dentro de los regalos más entrañables que me hiciera mi padre en la infancia estaban unos «cuentitos» que yo leía una y otra vez. Si mal no recuerdo eran de la editorial Novaro. Hablaré aquí de los detalles que recuerdo.

Primeramente, cosa insignificante, en la portada había impreso un sello precolombino que pertenecía al hombre de Tlatilco. Creo que era un sello del Sindicato de Editores o algo así. Me parecía tan atractivo este hombrecillo que hasta ahora lo recuerdo. Presentaba su cuerpo entero (algo correspondiente con el neolítico europeo) y una cabeza cuadrada enorme con un par de cuadritos cada vez más pequeños dentro.

Estos cuentos/revista (¿cuántos serían, seis, siete?) tenían, al final, unos cuantos capítulos de la historia de Aladino y la Lampara Maravillosa. Nunca tuve la colección completa, pero ahí me enteré de que había más de un genio maravilloso que surgia no sólo de lámparas, también de anillos y de que había árboles con frutos de piedras preciosas. La ilustración no era de dibujos sencillos y eso le otorgaba todavía más de un ambiente misterioso que atinaba en su objetivo.

Antes de las aventuras de Aladino, los folletos estos tenían información varia. Ilustraciones de cómo se vestía la gente a lo largo de los siglos, cómo era la vida de los niños en la historia, y muchas de las fábulas más famosas de la literatura universal. Un conejillo ladronzuelo, un oso que lo perseguía, siempre metidos en problemas, pero felices.

Supongo que a la par de la compra de esos números mi padre compró (¿dónde habrá sido?) un libro de la misma editorial que me encantó y marcó para siempre mi gusto por la astronomía. El título y a no lo recuerdo, pero bien sigue en mi memoria. De él hablaré en otro post. Adelanto que eran biografías de Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y un repaso por nuestro Sistema Solar.

Soy

A la memoria de mi madre

Soy yo
y mis visiones
geométricas.
Mido las distancias
radiales de mi vista,
siempre me
convierto
en esta esfera
angulosa
que percibo.
Compito con
la luz,
y siempre
triunfo contra
su doble,
la sombra.
Me torno
en el eco
del silencio,
lo sé porque
me escucho
perfecto
en este frontón
de los
sonidos.
Soy la cápsula
y mi centro,
viajo clavado
en esta porción
de tierra
donde sé
que ahora
ocupo el
espacio de las
estrellas.

Esto sucede
siempre
que me decido
a ser
una parte de
la noche
que me cubre
sin esperanza.

El silencio como muestra de la inteligencia

Disculpen que para esta disquisición traiga a colación situaciones triviales y mundanas. Vida matrimonial. Problemas como siempre, uno de los dos alega y alega, el otro le responde. La alegata (que jamás discusión) sube de nivel y se llegan a los gritos (recurso para imponerse sobre el oro cuando no se tiene razón o, cuando sí se la tiene, no es entendida por el otro). Uno de los dos sabe que no se llegará a solución alguna, no tiene caso seguir con los gritos o la exposición de razones. Ese que sí lo comprende opta por el silencio y ahí radica, en su razonamiento personal e interno, la muestra de su iteligencia. Ha callado no por derrota, sino por conclusión. Eso lo sabe y le satisface aun sabiendo que para el otro el triunfador sea, aparentemente, el que continúa gritando.

Tiempos 2

¿Cuánto dura el encanto de las grandes ciudades? Vamos a ellas, nos impactan sus enormes edificios, el flujo interminable en sus calles, la cantidad infinita de personas. Nos atrevemos y participamos en su algarabía y hasta construimos un minuto de su historia. Tiempo suficiente para darnos cuenta de cómo nada aquí es permanente. Entonces huimos buscando algo más perdurable y volvemos siempre a la tierra, al polvo; a ese tiempo dilatado de nuestro pueblo donde, ahora sí, tenemos la certeza de lo infinito.

Poesía sonora

Hay, en muchos jardines públicos de nuestro país, bocinas conectadas a aparatos de sonido que amenizan las tardes en las plazas públicas de nuestras ciudades. En Zapotlán estos equipos de sonido llevan décadas existiendo en el Jardín Municipal. Ya mis primos mayores me contaban de estas músicas que escuchaban repetidas veces para ir a recibir la noche en compañía de padres, hermanos, amigos o novias. En cierta ocasión en que la «administración» de tales sonidos estaba a cargo de la hija de Tijelino (¿Silvia?) se me ocurrió la idea de pedirle una chanza para tocar los cassettes (gusto heredado por mi padre) con música ambiental y la lectura de poemas de grandes escritores universales. El tipo de música y la lectura de poesía me había sido inspirada por un programa de radio que transmitía (¿diariamente?) Radio Educación, de nombre «Meridiano 25». El libro al que más recurrí en la lectura de poemas fue El surco y la brasa, una antología de traductores mexicanos sobre escritores en diversas lenguas de todo el mundo y de todas las épocas. La compilación, la hizo Marco Antonio Montes de Oca. Recuerdo haber leído poemas de Shakespeare, traducciones de Reyes, Paz, Arreola y otros más. Realmente un tiempo de mucha satisfacción en la que aporté sonoramente a la cultura de mi pueblo.

Amanda

Juan José Arreola escribió, en La Feria, una situación vivida en toda nuestra ciudad de Zapotlán. Situación que yo alcancé a vivir y a escuchar estas palabras cuando se veía a unos novios muy enamorados besándose frenéticamente: «Déjala, güevón. Cómprale jabón y llevala a bañar al río», con una tonadita musical muy alegre. Esas palabras se tornarían en una especie de insulto o burla de la que todos se querían zafar. Claro que las cosas se fueron transformando, reduciendo. Luego, toda esta burla se reduciría a: «Déjala güevón», y con eso la burla estaba manifestada. Y más, todo esto quedaría reducido a un juego sin palabras, simplemente se chiflaba la tonadita y todo quedaba dicho.

Algo similar sucedió en los ochenta, cuando yo estaba ya en la secundaria. En la televisión se comenzaba a manifestar el cuidado del medio ambiente, en especial el cuidado del agua. El comercial mostraba a un niño gordito gritándole a una muchacha: «Amanda, ¡ciérrale!», indicándole con ademán de cerrar la llave girando la mano derecha. Pues bien, la burla ahora recaía en los gorditos. Cuando se veía a uno frente a nosotros, se le gritaba: «Amanda, ¡ciérrale!», con todo y el giro de la mano. Muchos llegaban a enojarse sobremanera. El insulto, al final, se redujo al simple: «Amanda«, suficente para hacer enojar a los pasados de peso. Cosas de la economía del lenguaje, el cual se redujo al mínimo: bastaba hacer el ademán con la mano como cerrando una llave para hacer enojar a nuestros obesos amiguitos.

Violencia que no te alejas

  1. En buena parte de la historia de las relaciones humanas y familiares la fuerza estuvo emparentada a tal grado con la violencia masculina que se han tomado como sinónimos.
  2. Recientemente la sociedad actual, empujada por las mujeres, han regulado esa fuerza en pos de la disminución de la violencia (que en algunos lugares de todos los paises esa violencia continúe apesar de la regulación, es otro cuento). Cierto es que muchos hombres hemos considerado tanto la regulación como la condición femenina de vulnerabilidad y hemos disminuido nuestras muestra de violencia física (que tal vez se haya desplazado a terrenos de violencia psicológica, lo admito, pero ciertamente ya no llegamos a los golpes).
  3. En definitiva la fuerza utilizada en las relaciones intrafamiliares ha disminuido quiérase que no. Los hombres que hemos optado por este control nos sentimos minorizados en esta manifestación tan nuestra que es la fuerza.
  4. Pero luego comprendemos que fuerza no es violencia, de modo que vemos repetidas veces que nuestra fuerza es muy necesaria en las actividades cotidianas. Fuerza sin violencia, reconozcamos esa utilidad.
  5. El logro de la eliminación de esa violencia casera pareciera que no ha sido bien aprovechada por las mujeres (no quiero decir feministas, que no todas las mujeres lo son) que no han sabido optar por el diálogo y están prefiriendo la violencia que pareciera copian de sus otrora dominadores.
  6. Reunirse para dialogar, escuchar y saber la opinión del otro es una facultad que ambos deberíamos perseguir para el crecimiento mutuo y el de la familia. ¿Quién dará el primer paso?