Felicidad

Ya he señalado en otro escrito mi gusto por la escritura a mano. Lo hago en diversas libretas que he coleccionado o perdido durante mi vida. Casi siempre iniciaba la escritura en una libreta y, hasta llenarla, la abandonaba, para continuar con una nueva. Hoy he escrito tal vez como nunca (me refiero a la cantidad), a tal grado que lo quiero seguir haciendo en la menor oportunidad posible en ¡cuatro libretas simultáneas que tengo actualmente! Ignoro la causa de tal prodigalidad en estos días, pero por lo menos todo parece apuntar a la felicidad que me da el saber que ustedes me están leyendo.

Poetas por insistencia

Muchos de ustedes, estoy seguro, conocen a escritores o poetas de mediano calado cuya obra resulta mediocre o aburrida. Claro que no se los vamos a decir. Pero nos sorprende la cantidad de libros publicados o el tiempo de permanencia que llevan en el mundillo de las letras. Incluso hasta llegan a ser populares, convocan a multitudes (esas pequeñeces numerosas en sus presentaciones, ustede me entienden) cuando dan a conocer sus nuevas o repetidas publicaciones.

Todo esto viene al colación porque el día de hoy vi un comentario de un amigo mofándose de aquellas personas que le señalaron que no debería dedicarse a las letras, que eso no le va a dar de comer. Él les respondió diciendo que ahora ya tiene un título universitario que lo acredita como escritor. Pues bien, ese amigo (que tiene varios libros publicados y que, al parecer, tiene cierta presencia en el mundillo de Guadalajara), me contestó de manera escrita a una pregunta que le hiciera hace años en el primer Messenger.

–¿Conoces a Guadalupe Ángeles?

A lo cual me respondió:

–Ci.

Construyendo a voluntad

Comprender que el poema es una construcción debería hacernos entender lo siguiente:

  1. Que nosotros somos sus arquitectos, por lo tanto manejaremos a nuestro antojo y arbitrio (incluyendo nuestra inteligencia, deseos, capacidades, reacciones y hasta limitaciones, etc.) palabras o frases, sabiendo que el objetivo debe ser establecido de alguna u otra manera. Con esto último quiero decir tener en claro tanto una meta preestablecida o, cuando menos, las «sospechas» de hacia dónde queremos llevar nuestras imágenes. Pero, eso sí, tener plena consciencia del importantísimo acto de escribir.
  2. Que las partes elementales del poema, las palabras, son bloques que pueden ser elegidos/sustituidos para alguna u otra finalidad. Tal vez esto sea el centro y la generación de nuestro estilo. La elección denotará a nuestro ser mismo. Aquí no puede uno mentir, incluso cuando no acertamos o nos mostramos abiertamente impostores dejamos ver aquello que somos.
  3. Continuando con esta idea de los bloques-palabra, esto es tan central que, como ya dijimos, determina nuestro estilo y hasta la escuela a la que pertenecemos. A muy grosso modo los escritores puros (aquellos que no recurren a elementos poéticos, etc.) usan, toman las palabras y las van juntando/pegando como un albañil va construyendo sus bardas y al final termina una casa completa, la novela, el cuento. Son constructores a quienes más les importa la obra terminada que cualquier otra cosa. Arquitectos desde arriba.
  4. Por otro lado están los escritores-poetas (y los poetas en sí). Estos conocen el valor y la calidad del barro con el que están hechos aquellos ladrillos que emplearán para sus edificaciones rítmicas. Construyen más desde el sabor mismo que cada palabra tiene en su obra, por así decirlo. Arquitectos desde adentro.
  5. Todo este periplo que he dado ha sido simplemente para llegar, yo mismo, a la insistencia en que nosotros, los poetas, los escritores (sobre todo los jóvenes o quienes no han superado la fase de principiantes) debemos ser conscientes de nuestro trabajo; esas palabras deben salir de nuestra reflexión y no de un mero reflejo que se desencadena indetenible. Somos creadores y nuestra creación es resultado de nuestras elecciones. Quiero hacer esto y necesito tales palabras, estas formas e, incluso, inventar recursos que satisfagan lo que yo quiero hacer/decir. Con ello quiero también mencionar que no debo tener miedo de los recursos que tal vez san invención mía. La forma, como ya lo dije, también puede ser un producto de mis necesidades. ¿Experimientación? Obvio que sí, pero si deseamos quedarnos en lo conservador también está bien, mientras sea una decisión consciente. Basta ya de esperar a que las imágenes, situaciones, historias nos lleguen y se hagan presentes sólo porque ellas quieren. ¡Ahora es tiempo de la voluntad!

Garibay

Todos tenemos autores favoritos. Como escritores, a veces, esos favoritismos se traducen en aspiraciones. Nos hemos preguntado, nos han preguntado, hemos aceptado a ciertos autores como verdaderas influencias, al menos en tiempos de la adolescencia o, por lo menos, en nuestras primeros intentos en la escritura.

Hoy reconozco a otro tipo de autores que también resultaron muy influyentes en nuestras vidas como escritores, esos segundones a quienes quisimos haber conocido y de quienes tenemos como ejemplo de alguna u otra manera. En mi caso quisiera mencionar a Ricardo Garibay de quien me gusta aprender el oficio de escritor como un verdadero oficio de vida (gánese o no dinero con ello). Sabemos de otros escritores que tuvieron un éxito y reconocimiento mayor que el de don Ricardo (por eso lo considero, malamente, un segundón que para mí resulta un verdadero «aleccionador»). Escritores que ya no escribieron el resto de su vida luego de posicionarse en el gusto de los lectores o, el caso contrario, aquellos escritores que convirtieron de su oficio una institución y siempre estuvieron en el pedestal de los dioses (olvidándose del mundo habitual, duro y vulgar). Caso que no fue el de Garibay. Él siguió escribiendo verdaderamente para vivir, no para lograr una posición y mentenerla. Estuvo al tanto de los sucesos diarios de su ciudad y de su mundo. No hizo análisis, simplemente veía y reaccionaba con sus letras. De esa manera encajaba activamente en nuestro día a día.

Lección aprendida, escribir, simplemente escribir para dejar constancia de lo que vemos a diario, de lo que somos, de lo que queremos ser. No sé si eso lo aprendí de él, de don Ricardo, lo cierto es que, de alguna manera, él me inspira para seguir estas aspiraciones. Lo reconozco.

Valentía del fallo

Mi anhelo de escribir lleva implícito el deseo de perfección (entiendo ésta como la expresión correcta y precisa para que mi lector comprenda lo que quiero transmitirle y, también, que reaccione inmediatamente de manera proporcionalmente justa a lo que escribí). En no pocas ocasiones ese anhelo es tan grande que, ante la posibilidad de error o de limitación, no me atrevo a iniciar el escrito en cuestión (sobre todo me refiero a largos ensayos en los que deseo cubrir con mis baldosas la totalidad del suelo que constituiría la geografía de mi escrito).

Ahora reflexiono que debo tener la valentía de equivocarme y dejar algunos cabos sueltos, baldosas sin colocar y llegar a la meta de haber plasmado limitadamente mi idea o no tendré más que sólo humo en mi mente que no podré transmitir a las otras inteligencias.

Pensamientitos

  • No son las ganas de escribir, no es el haber encontrado el tema sobre el que se desea escribir. Es la forma, la cadencia que se encuentra y se va desarrollando conforme va rodando ella sola. Ese es el verdadero motivo que nos lleva a continuar y terminar nuestro escrito.
  • ¿Por qué es importante escribir lo que pensamos? Así lo llevamos a un nivel consciente y logramos, a veces, desarrollar esa segunda naturaleza que esperamos nos salve.
  • Soñar que te estás ahogando mientras duermes bajo la brisa marina.
  • Una cosa es crear en solitario y otra es crear en contra de quien se opone a tu creación.
  • Tanto paisaje a mi alrededor, tanta luz y tanta sombra. Tantos contornos por mostrar y ninguno de ellos he (d)escrito.