Poeta por insistencia

Muchos de ustedes, estoy seguro, conocen a escritores o poetas de mediano calado cuya obra resulta mediocre o aburrida. Claro que no se los vamos a decir. Pero nos sorprende la cantidad de libros publicados o el tiempo de permanencia que llevan en el mundillo de las letras. Incluso hasta llegan a ser populares, convocan a multitudes (esas pequeñeces numerosas en sus presentaciones, ustede me entienden) cuando dan a conocer sus nuevas o repetidas publicaciones.

Todo esto viene al colación porque el día de hoy vi un comentario de un amigo mofándose de aquellas personas que le señalaron que no debería dedicarse a las letras, que eso no le va a dar de comer. Él les respondió diciendo que ahora ya tiene un título universitario que lo acredita como escritor. Pues bien, ese amigo (que tiene varios libros publicados y que, al parecer, tiene cierta presencia en el mundillo de Guadalajara), me contestó de manera escrita a una pregunta que le hiciera hace años en el primer Messenger.

–¿Conoces a Guadalupe Ángeles?

A lo cual me respondió:

–Cí.

Garibay

Todos tenemos autores favoritos. Como escritores, a veces, esos favoritismos se traducen en aspiraciones. Nos hemos preguntado, nos han preguntado, hemos aceptado a ciertos autores como verdaderas influencias, al menos en tiempos de la adolescencia o, por lo menos, en nuestras primeros intentos en la escritura.

Hoy reconozco a otro tipo de autores que también resultaron muy influyentes en nuestras vidas como escritores, esos segundones a quienes quisimos haber conocido y de quienes tenemos como ejemplo de alguna u otra manera. En mi caso quisiera mencionar a Ricardo Garibay de quien me gusta aprender el oficio de escritor como un verdadero oficio de vida (gánese o no dinero con ello). Sabemos de otros escritores que tuvieron un éxito y reconocimiento mayor que el de don Ricardo (por eso lo considero, malamente, un segundón que para mí resulta un verdadero “aleccionador”). Escritores que ya no escribieron el resto de su vida luego de posicionarse en el gusto de los lectores o, el caso contrario, aquellos escritores que convirtieron de su oficio una institución y siempre estuvieron en el pedestal de los dioses (olvidándose del mundo habitual, duro y vulgar). Caso que no fue el de Garibay. Él siguió escribiendo verdaderamente para vivir, no para lograr una posición y mentenerla. Estuvo al tanto de los sucesos diarios de su ciudad y de su mundo. No hizo análisis, simplemente veía y reaccionaba con sus letras. De esa manera encajaba activamente en nuestro día a día.

Lección aprendida, escribir, simplemente escribir para dejar constancia de lo que vemos a diario, de lo que somos, de lo que queremos ser. No sé si eso lo aprendí de él, de don Ricardo, lo cierto es que, de alguna manera, él me inspira para seguir estas aspiraciones. Lo reconozco.

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

Lenguajes y pose

Hoy tuve un día difícil y cansado. Por lo menos tengo tiempo para extraer una reflexión. Si bien no lo será sobre lo vivido, sí sobre lo escrito. La primera frase de este texto tiene algo de íntimo y de pertenecer a ese grupo de escritos que van conformando el “diario personal”. Y aquí inician las intenciones de esta reflexión. Creo que algunas veces quise emular esta forma de escritura (que no el diario en sí) pero no lo logré nunca. Y es que esos tonos para mí deben surgir naturales, como en el habla de diario, de la calle. Pero no, casi siempre hay como un remedo, como una grandilocuencia producto del “yo soy un escritor escribiendo” que nos hace adoptar palabras y tonos artificiosos como buscando la inmortalidad (sí, así de exagerados somos).

Así que termino por no seguir ese camino, abandonar aquello que sé que de antemano será un fracaso. Y pienso, irremediablemente, en aquellos amigos que son tan artificiosos hasta cuando escriben una sola palabra. Pareciera que les resulta muy difícil ser naturales, ser sencillos, dejarse de cosas y abandonar a aquel inmortal que quieren ser.

Por otro lado están (o debería decir: “está”, recordando a una persona muy específica) aquellos que realmente logran despojarse de la toga y salen desnudos a escribir aquello que son cuando no son escritores, verdaderos seres humanos sin máscaras ni aspiraciones de chingonería.