Espacio tiempo

¿Pudo haber existido este espacio sin mí? Claro, hubo un tiempo en que me impresionó, apretó contra mí sus longitudes: el peso de la atmósfera cobró forma en aquellas nubes de lluvia que pendían del cielo; los caminos huían de mi radial mirada hacia los puntos cardinales; la tierra permanecía aparentemente inmóvil, pero con sus profundidades oscuras llenas de significado.

Me ha oprimido tanto que ahora soy su reflejo, cuando escribo nube digo lentitud, miedo y esperanza. De mi palabra surge el rayo y sus recorridos e iluminaciones. Digo nube y es la lluvia con sus frutos temporales.

Hablo del espacio y su lejanía cuando digo calle. Es la comunicación de los recorridos, es el tiempo de los encuentros amorosos o amorales. Digo sendero y es el conocimiento de nuestros paisajes, hay ahí árboles estériles o frutales que se alzan como testigos del tiempo.

Digo tierra, pero en realidad estoy diciendo trabajo, frutos cultivados, vida que no ha sido desperdiciada. Digo tierra y es viajar en el tiempo, no hay sorpresa entonces en ver vivos a aquellos muertos, saludarlos y preguntarles por la orientación de mis destinos.

Digo espacio, digo cielo, digo tierra y con ello estoy reescribiendo el tiempo.

Luz artificial

En la noche la luz amarilla cubre todo con su grueso polvo revelador. La calle recta es una flauta con su largo costillar lleno de agujeros amarillos (resultado de las lámparas que la iluminan). Las recámaras inflaman su segundo espíritu tras encender un foco, como globos dentro de la carpa de un circo. Es este desplazamiento (que como un sacudión da la luz a las ánimas de los objetos) el que nos hace ver como una radiografía sus estructuras atemporales.

Tiempo limitado

Para la vida de un hombre es suficiente: la geografía de las montañas que lo circundan permanece inalterable a pesar de las inclemencias climáticas. Se antojan divinas, pues, las tijeras que recortaron las siluetas de los volcanes. Aquellas cambiantes nubes extienden sus figuras por instantes y por eso otorgamos a los cerros el sinónimo de eternidad (sin que esto sea sólo un calificativo).

La grieta

No sé cuál es el atractivo de la grieta, si precisamente cada que vuelvo la encuentro más larga. «La cosa ha cambiado», me digo. Y esa es suficiente evidencia. Sin embargo, vuelvo. ¿Qué es esta sensación de la contradicción entre luz, montaña y tiempo? En el fondo es mi vértigo por las edades, los transcursos del tiempo, una visioncita  de lo que para Dios debe ser tan fijo como una estatua.

Viento

Vaya inutilidad, querer escribir no por registrar nuestro sentimiento, sino por querer revivirlo tal como lo tuvimos en su tiempo. Así escribo con la esperanza de volver a sentir el viento y no por querer plasmar algo sobre esta hoja.

Mi viento, ese que se me ha metido en el centro de los huesos, es un viento frío. Ese que logra una tensión cristalina de las moléculas del espacio y contacta todo aquello que nos rodea, un pulpo de luz seguro de lo que toca.

Sentir en la piel, en el pelo, el viento era para mí estar dentro de los paisajes de otros. El viento de mi Zapotlán me atrapaba, me convertía en su centro, y yo ya me sentía en los paisajes fríos de la Praga de Kafka o en las montañas eternamente verdes de la Irlanda de Joyce. Sentir el viento era posibilitarme en los inicios de la creación y andar el camino que aquéllos caminaron.

Relación mística, digamos, también el viento me hace olvidar que soy yo y me convierte en todo aquello que veo. La montaña, la nube y la luz. Me eterniza disolviéndome en el paisaje.

Estar, entonces, es potenciar las tres funciones receptoras: veo, respiro y siento. Ellas logran una bidireccionalidad que sólo se da en el ánimo: recibo y doy.

Deseos cumplidos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda.

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la formación de imágenes. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Seven de Alfalfa

Mi tío Jesús fue a vivir a San José de Gracia, Michoacán, no sé porqué razones. La cosa es que frecuentemente nos invitaba a que pasáramos allá los días de vacaciones o los fines de semana. Gustosos íbamos y comíamos ahí y nos adentrábamos en el bosque de Mazamitla.

En cierta ocasión me invitó a que me fuera a trabajar en su carpintería durante todas las vacaciones de verano. Más de un mes completo. Yo estaba encantado de andar en otro lugar que no fuera mi propio pueblo. Nos levantábamos temprano y nos dirigíamos caminando hacia la carpintería a unas cuantas cuadras, pueblo chico. Mi tío fabricaba roperos con materiales muy ligeros de una madera comprimida, no madera de verdad, por así decirlo.

En el camino pasábamos por una casucha que tenía un letrero que me hacía pensar y pensar sin llegar a una solución sobre lo que ahí se vendía: Seven de Alfalfa. Yo creía en lo que decía ya que en anteriores viajes había visto yo Fantas de fresa o Titanes de piña. ¿Pero, un refresco de alfalfa? La verdad hasta se me antojaba, pero nunca llegué a comprar dicho refresco.

MYa después de tanto pasar por ahí y leer una y otra vez el enigmático letrero, me di cuenta del error de escritura típico de nuestros candorosos publicistas. En realidad decía: se vende alfalfa. Con lo cual caí en el desencanto.

Destellos aprehendidos

Iba a titular a este texto «Las pequeñas enseñanzas», pero al recordarlas me di cuenta de que no son enseñanzas como tales, quienes las emitieron no tenían la intención de enseñarme nada. De modo que cambié el título pensado por «Los pequeños destellos», pero también reparé en que todo destello es pequeño por definición y, además, que se perdería el carácter del aprendizaje de mi parte. Así que opté simplemente por «Destellos aprehendidos», que eso fueron en realidad, pequeños momentos, actos o palabras que, para mí, aprendiz alerta, resultaron todo un aprendizaje luminoso de mi parte.

  1. En Zapotlán hubo una época en que los posters o carteles montados en bastidores poblaban los muros de salas o pasillos en muchas casas. Mi padre, aficionado carpintero, hizo varios lienzos y montó algunos de estos posters de moda. Uno de ellos era una foto de un bosque nublado que estaba en el comedor. Un día nos visitó mi tío Librado para degustar unas de tantas comidas que compartíamos con sus hijas. Volteando a mirar la fotografía del bosque, mi tío dijo: «esos tres árboles representan la escena de la crucifixión de Cristo; el árbol de este lado, el roto y seco, representa a Gestas, el ladrón malo». Ahí me di cuenta de que la imagen plástica puede ser interpretada.
  2. Mi amigo Juan José Zarco, de la secundaria, era hijo de albañiles. En una ocasión llevé a la escuela el radio de baterías Hitachi de mi padre. Quería sintonizar el Canal 58 de Guadalajara, muy lejano en kilómetros. Apenas sí escuchaba algo. Zarco tomó mi radio, saca la antena y la acercó a un castillo (armazón de fierro y varillas ocultas en las bardas de las construcciones en México) y, maravillosamente, escuché con mayor potencia la estación deseada. Ahí aprendí las conexiones que solucionan algo entre artilugios que aparentemente no tienen relación alguna.
  3. De nuevo mi tío Librado. Ahora estamos en su casa (¿motivo? otra vez el compartir la comida). Mi tío tiene una mesa de carpintero. Está serruchando un pedazo de madera. El corte se pasa de la línea límite. Dice mi tío, dándose cuenta de manera tardía: «me fasciné por el serrucho». Ahí me di cuenta, con la palabra fascinar, la absorción de la atención que algunas acciones producen en nosotros. Fue mi introducción a la psicología.
  4. Maestro Felipe Cerdeña en la secundaria. Ciencias naturales, era la materia. Nos dice: «el metal conduce el calor, mientras que la madera, no». Yo trato de corregirle y le digo que, por el contrario, el fuero se dispersa en la madera. Él me puntualiza que se refiere al calor, no al fuego. Yo guardo silencio y analizo la primera frase escuchada. Ahí aprendo a escuchar mejor lo que se me dice, palabra a palabra.
  5. Arturo es un fontanero amigo de la familia. Su papá tenía un rancho y plantío de maíz en las altas faldas del Volcán de Nieve. Fuimos varias veces con ellos de día de campo. Subíamos en la camioneta de trabajo de Arturo. En una ocasión las mangueras de la camioneta no soportaron cierta presión y explotaron. No podíamos avanzar más. Arturo abrió el cofre y revisó. Sacó sus herramientas y algunos tubos de PVC que tenía para su trabajo habitual. Midió, cortó y soldó las partes faltantes y así la camioneta volvió a funcionar. Ahí aprendí que el ingenio solucionador debe echar mano a los recursos con los que se cuenten aunque a veces no correspondan del todo con la calidad de lo que se necesita.
  6. Mi padre, como ya lo dije, fue un carpintero aficionado. Tenia en casa herramientas básicas. Serrucho, martillo, regla escuadra y un perro para atorar las fajillas y hacer más fácil su corte (ese artilugio me gustaba). Además, tenía colgados unos frascos cuyas tapas estaban clavadas en la parte baja de una tabla sostenida por ménsulas de madera. Los pomos con los clavos clasificaban sus tamaños.
    Mi padre y yo hicimos varias de las camas donde dormíamos. Las tablas de las camas que sostenían el colchón estaban numeradas y tenían notaciones precisas para colocarlas nuevamente en su lugar correspondiente cuando había necesidad de desbaratarlas y volver a armarlas. Izquierda, derecha, cabecera, pies, etc. Ahí, entre pomos y tablas, aprendí la importancia del orden espacial pare disponer mejor de las cosas.
  7. Mi madre fue una excelente cocinera. Cortaba las verduras y disponía de las ollas en cocimiento a su antojo. Repetidas veces la vi cortar jitomates en rodajas. Comenzaba, como es natural, en uno de los extremos del jitomate. Conforme avanzaba el corte el jitomate, obvio, reducía su tamaño. El corte final podría resultar un tanto difícil de hacer ya que tenía que coger la última parte roma de esta verdura para cortarla cuidadosamente. Pues bien, ella, al llegar a la mitad del jitomate, lo giraba para comenzar de nuevo el corte por el otro extremo redondito del jitomate. Ahí aprendí que la materia es nuestra y que podemos disponer de ella como mejor se le antoje a nuestro ingenio para su mejor manejo.

El Santo Ángel

Mi madre murió el 8 de septiembre (nacimiento de la Virgen María). Funeral típico. En el féretro yacía silenciosa para siempre. Ventana abierta, su rostro reflejaba tranquilidad. Según me cuentan al parecer murió feliz. No lo sé, pero me gustaría creer que así fue. De lo que sí estoy seguro es que jamás tuvo miedo. Así de fuerte era. Quienes la conocieron supieron de su bondad. Y, al parecer, fue eso lo que se multiplicó entre los asistentes. Narro aquí las palabras que escuché entre la gente sin que yo inventara nada.

Como dije fue un funeral típico. Lejanos parientes en linaje vinieron de pueblos cercanos. También de la gran ciudad, la capital, y hasta de los Estados Unidos. Yo saludaba a todos y aceptaba sus condolencias. Charlé con uno y otro en el espacio ese de la funeraria. Enseguida esto es lo que escuché en pláticas a mi costado.

Primos míos Carlos y Alfonsina tuvieron a un par de hijos, sobre Renata dijo alguien: «Mija, estamos muy contentos de verte de nuevo. Nosotros te queremos mucho», escuchaba la niña ya alta con una linda cara de sorpresa.

Más adelante, alguien se acercó a mi tía Ramona, llamada por algunos «Ramoncilla». Linda mujer de rancho con sus largas y lacias canas bien peinadas. Escuché a su lado: «Tía, yo la quiero mucho porque es usted para mí la imagen de mi abuelita que no conocí». Y la tía agradecía contenta con esa sonrisa sincera que siempre la ha caracterizado.

«Prima –alguien gritó– ahora que ustedes llegan, yo ya me siento realmente en familia», y la prima feliz se lanza en un abrazo para el orgulloso primo (supe después que ellos no son primos hermanos, son primos segundos).

Susurrando, pero todavía audible de mi parte, un par de amigos charlan sobre la muerte y aquellos que nos han dejado: «Lo que más lamenté de la muerte de tu papá, fue el haberte perdido como amigo». Y es que el huérfano tuvo que salirse de sus estudios para sostener a la familia. Hermano mayor. La amistad rompió la cercanía necesaria para ser los mejores amigos.

Comienza lo más alto de la noche. Muchos de los dolientes y familiares se van a dormir a sus casas. Mis hermanas y yo pasamos la última noche entera con nuestra madre. Yo duermo en un horrible sillón negro cerca del féretro. Hace frío, yo no voy preparado para sufrirlo, pero de cualquier forma me gusta, siempre he preferido los climas fríos. Duermo, como decía, y de repente siento la presencia de alguien, me cubre con una ligera cobija. Gesto frecuente entre nuestra familia, muestra de cariño. Sigo durmiendo sabiéndome querido.

Mi madre ha muerto, pero un Santo Ángel ronda entre nosotros, multiplicando su espíritu bondadoso entre todos aquellos que la seguimos queriendo.

Novedad reconocida

Hoy ha vuelto a llover como en mi infancia. No ha parado por horas. El vientecillo frío se cuela entre las ventanas. Yo recuerdo haber vivido todo esto ya hace tiempo. Pero ahora no hay maravilla alguna, todo es tedio al saber lo que sigue. No es que extrañe la lluvia, hoy me doy cuenta, extraño la incertidumbre de lo venidero, mi imposibilidad de respuesta, mi agazapamiento temeroso.

Llueve y ahora sí me encuentro solo.