Felicidad de la música

Otra canción llega a tus oídos. Otra canción que evoca a tu mujer irremediablemente. Haz perdido la cuenta de cuántas canciones has dicho que son «la canción de nosotros». La gama es enorme, tienen rock en español, a Annie Lennox, música brasileña (que llegaron a bailar), los paisajes lacustres y matemáticos de Bach. Recuerdas también aquella noche que pasaron juntos (la primera) con el arrullo imposible de Janis Joplin. Está vivo su recuerdo (si no el de ella, sí el de su amor mutuo) hasta en algunos sones de Mono Blanco. Por todos lados hay música y por todos lados surge la felicidad del tiempo compartido. Eso te lleva a asegurar algo, algo… pero no te atreves a decir qué.

Imitación y autenticidad

Al principio de mi carrera de escritor comencé imitando, como muchos, a grandes autores que me agradaban, de los que yo quería aprender. Ese agrado, admitámoslo, es en algún grado una suerte de querer ser ese otro a quien admiramos. Así, pues, quise escribir poemas heroicos como Yeats o de algunas canciones de Roger Waters. Claro que lo que me salía, lo que terminaba escribiendo, era un esperpento vergonzoso del que no quería que nadie se enterara. Por fortuna, esos trabajos quedaron en la tumba de la basura.

Hoy me doy cuenta de que eso que escribieron los grandes autores fueron momentos o motivos que les resultaron muy personales (pareciera esto una perogrullada, pero me resultó indispensable afirmar tales palabras para lograr avanzar en mi propio descubrimiento). Entonces me restaba buscar mis propios motivos o vivencias para escribir cosas que fueran auténticamente mías. Y con «auténtico» no me refiero a que sean mías de modo muy personal, también lo es por lo original que pueden ser esos escritos, que no tengan imitación alguna.

Así que dejemos la imitación a un lado, ya lo propio se está dando desde hace años, y ese es el camino a recorrer.

Huye del lugar común

Mis años de escritor iniciaron allá cuando yo cursaba el quinto grado de primaria. No es que ya comenzara decididamente a escribir con conciencia, no. Simplemente, después de muchas lecturas, comenzaba a vislumbrar a la escritura como una posibilidad real y personal de expresión. Todo comenzó con la posibilidad de ofrecer versos a chicas que me gustaban o en forma de regalo para el 10 de mayo. Luego continuaría con los versos ya en mayor cantidad en secundaria. Libretas en las que escribía, reescribía, corregía y volvía a escribir el mismo poema buscando dar con la versión que me satisficiera.

Pero, en definitiva, fue en bachillerato en que decidí convertirme en verdadero escritor (¿qué quiere decir esto?), y todo gracias a la existencia de un taller literario que en mi escuela funcionaba. Específicamente el triunfo de Alejandrína Torres en un concurso de poesía hizo que yo me acercara a ella y dicho taller. Luego «talleréabamos» nuestros trabajos de forma mutua. Uno de los primeros consejos que recibí de Ale fue que no hiciera rimas facilonas. En aquellos días las sugerencias del taller era practicar versificaciones y rimas escribiendo décimas, una de las formas más populares en el canto de toda América Latina. La cosa es que yo rimaba fácilmente (primeras letras) palabras como gatito/zapatito. Con diminutivos y palabras de ese tipo no había «jierre». Entonces fue que Ale me dijo que no hiciera eso. Primera lección aprendida.

Ya después, en mis primeros años de vida profesional, iría a vivir a Guadalajara. Ahí la radio me llevaría la voz de una poeta cubana, Delenis Rodríguez. Quise conocerla, nos citamos por teléfono en la entrada del Hospicio Cabañas (Instituto Cultural, pues). La charla de aquel día nos llevó a la identificación de una amistad común: Víctor Manuel Pazarín. La historia de este reencuentro lo tengo escrito en otro post, los invito a que lo lean. La cosa es que nos fuimos a vivir todos juntos a una misma casa. Esa casa la considero mi formadora y forjadora de mis letras y mi carácter como escritor. Pues bien, una de las cosas que aprendí entre estos amigos poetas, fue que no debíamos optar por el lugar común, las palabras y expresiones que se usan en el medio del pueblo.

Tal exigencia caló en mí de manera profunda. Terminé forzándome a decir las cosas de otra manera: la mía. Esta condición de escritor se produjo de tal manera tan natural que he criado así a mis hijos y ellos no se han dado cuenta. Ya llevan el germen de la voz propia y yo soy feliz.

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

Borrachos

Víctor Manuel y yo visitamos a su amigo (¿cómo se llamaba?), el crítico de ópera. Él había señalado que la traducción al español de los cuentos completos de Edgar Allan Poe hecha por Julio Cortázar superaba al original. Pues bien, salimos de su casa ya en la noche para irnos a la nuestra en Gómez Maraver. Víctor y su amigo charlaban en el dintel de la puerta de salida. Yo vi a unos jóvenes tambaléandose de borrachos venir a lo lejos. Se acercaban. Al pasar junto a nosotros vimos que cada uno de ellos traía en la mano una caguama (cerveza tamaño familiar). Eran cuatro, todos ellos ciegos, ciegos de verdad. Si no esperas lo extraordinario, nunca te sucederá, había dicho Lezama Lima. Y ahí, en las calles nocturnas de Guadalajara se paseaba lo extraordinario.

Aclaración

Muchos de ustedes sabrán que tengo otro blog donde he venido plasmando mis memorias durante el tiempo aquel de la infancia y primera juventud que viví en mi tierra natal: Zapotlán. Prácticamente lo tengo abandonado ya que en este que están ahorita leyendo ustedes he introducido la presencia de aquellos recuerdos que tienen una nueva escritura, una nueva presencia en Existo, después pienso.

Pues bien, me he dado cuenta de que también he vivido cosas merecidas de ser contadas y que viví fuera de mi ciudad natal (San José de Gracia, Tepic, Guadalajara), así que la escritura de este nuevo blog me permitirá incluir tales vivencias bajo una etiqueta agrupadora. Entonces, quienes deseen leer mis memorias en una tierra o en otra, deberán buscar la etiqueta correspondiente si es que no desean leer mis otros pensamientos o ensayos.

Así, pues, les pido que estén pendientes de los nuevo contenidos «geográficos» que iré reuniendo aquí. Gracias por su lectura.

El ensayo fotográfico

El título alude a un curso-taller que impartió Rafael del Río en Comala, en el Centro Estatal de las Artes. Nuestro tiempo (fuimos unos diez alumnos) corrió entre la atención que nuestro amigo Rafael merecía (conocimientos muy ejemplares) y el compartir la sabiduría que muchos de sus alumnos desplegaron. Me gustaría, a manera de resumen, enlistar lo que ahí aprendimos.

  1. Los aspectos fotográficos básicos apenas fueron tocados. Tal vez porque se suponía que estábamos entre fotógrafos, nadie habló de la composición básica, la regla de los 2/3, etc. Así que de ello aprendimos muy poco.
  2. Tal vez uno de los dos aspectos que más se destacaron en este taller lo podríamos enunciar en la siguiente premisa: la fotografía es un arte y, como tal, no sólo toma en cuenta la conformación de su obra (la foto impresa), si no que, y aquí habría que recalcar, la multiplicidad de signos y sentidos que emite en tanto obra humana.
  3. El otro de los aspectos a los que nos referimos es a la exigencia de la imaginación por parte del fotógrafo. Aunque esto creo que no fue muy explícito del todo, creo que fue entendido al desplegarnos Rafael su propia obra y la de otros fotógrafos que, espero, nos sirvieron de inspiración. Ciertamente ver la enorme variedad de estilos y posibilidades nos lleva a concluir lo siguiente: en el arte nada está terminado, tú como fotógrafo, debes agregar originalidad al discurso fotográfico actual para enriquecer este arte que tanto amamos.

No todo está en la captura de la imagen, ser fotógrafos deberá suponer HACER fotografía tal como el pintor maneja el lienzo en sus diversos tamaños y disposiciones. Así también nosotros debemos ver el tiempo posterior a la captura (ya en la edición particular de la foto individual, ya en nuestro trabajo como editores y curadores hasta donde sea posible de nuestra obra).

Cuentas sueltas atadas

nunca seré un héroe,
no tengo sangre
entre mis manos/
no es cosa erótica
lo que busco
en la mirada/
mi salvación vuelve
a durar un instante/
ya no proyecto
deseos a futuro/
ese del espejo
me complace
con su mirada/
gracias a la música,
me dio más
que la poesía/
quiero la magia
de los ilustradores
infantiles
para todos mis
caminos/
yo también
quisiera decir viento
y jamás detenerme
ahí en tu pelo/
cómo me gustaría
acertar en mis
conjuros/
invisible –silencioso
–sensible/
contar para ser
recordado/
escribir para
borrarme

Lo naco, reinvindicaciones

Años 80 (y anteriores), típico de las fiestas de bodas: birria y tortillas frías para los invitados. Situados en este tiempo estaban «satanizadas» cosas como el pulque, el mezcal y la cerveza (¿el tequila también?). Esas bebidas eran para los indios, luego rebautizados nacos por la sociedad «cosmopolita». Lo naco se identificaba por todos sus gustos, ¿comida? capirotada de agua, con jitomate incluido; ¿música? grupos como los Yonics, los Strwks y luego Rigo Tovar y los Bukis; ¿reproductores musicales? enormes consolas en lugar de stereos. Y las bebidas ya mencionadas. Claro que la vestimenta y la forma de hablar (junto con particulares tradiciones) evidenciaban la expresión de lo naco.

Hoy no estoy seguro de que esto perdure, tal vez haya habido una transformación, que lo naco se haya tornado en otras formas (la aplicación de la tecnología lo podría promover). Lo cierto es que muchas de esas formas o productos se han aclimatado en la sociedad entera. El pulque, el mezcal, la música grupera, ya tienen aceptación y hasta consumo por un número mayor de personas a quienes no podemos considerar ni llamar nacas.

Claro que esta aceptación y hasta adopción de lo otrora considerados sus productos de consumo, nos habla de una sociedad más abierta (quiero ser optimista) que, sin embargo, ha movido sus desprecios a otros terrenos (quiero ser realista). Y aquí abría que abrir los ojos nuevamente para ver cómo están ya desplegadas las fichas de los grupos sociales que nos conforman en este siglo XXI.