Intuición

Sombra entre sombra, ¿cómo identificar esa imagen del fondo del pozo? Guardar silencio para oler mejor y palpar lo invisible, necesitamos todos los sentidos para lograr atrapar lo que no huye.

Vemos y nombramos, pero aquella realidad se centra insignificante, convergente en el centro de nuestro oscuro pozo.

Visualizamos las primeras imágenes y siempre, siempre, es la palabra la que concreta nuestro rescate.

Espacio tiempo

¿Pudo haber existido este espacio sin mí? Claro, hubo un tiempo en que me impresionó, apretó contra mí sus longitudes: el peso de la atmósfera cobró forma en aquellas nubes de lluvia que pendían del cielo; los caminos huían de mi radial mirada hacia los puntos cardinales; la tierra permanecía aparentemente inmóvil, pero con sus profundidades oscuras llenas de significado.

Me ha oprimido tanto que ahora soy su reflejo, cuando escribo nube digo lentitud, miedo y esperanza. De mi palabra surge el rayo y sus recorridos e iluminaciones. Digo nube y es la lluvia con sus frutos temporales.

Hablo del espacio y su lejanía cuando digo calle. Es la comunicación de los recorridos, es el tiempo de los encuentros amorosos o amorales. Digo sendero y es el conocimiento de nuestros paisajes, hay ahí árboles estériles o frutales que se alzan como testigos del tiempo.

Digo tierra, pero en realidad estoy diciendo trabajo, frutos cultivados, vida que no ha sido desperdiciada. Digo tierra y es viajar en el tiempo, no hay sorpresa entonces en ver vivos a aquellos muertos, saludarlos y preguntarles por la orientación de mis destinos.

Digo espacio, digo cielo, digo tierra y con ello estoy reescribiendo el tiempo.

Imitación y autenticidad

Al principio de mi carrera de escritor comencé imitando, como muchos, a grandes autores que me agradaban, de los que yo quería aprender. Ese agrado, admitámoslo, es en algún grado una suerte de querer ser ese otro a quien admiramos. Así, pues, quise escribir poemas heroicos como Yeats o de algunas canciones de Roger Waters. Claro que lo que me salía, lo que terminaba escribiendo, era un esperpento vergonzoso del que no quería que nadie se enterara. Por fortuna, esos trabajos quedaron en la tumba de la basura.

Hoy me doy cuenta de que eso que escribieron los grandes autores fueron momentos o motivos que les resultaron muy personales (pareciera esto una perogrullada, pero me resultó indispensable afirmar tales palabras para lograr avanzar en mi propio descubrimiento). Entonces me restaba buscar mis propios motivos o vivencias para escribir cosas que fueran auténticamente mías. Y con «auténtico» no me refiero a que sean mías de modo muy personal, también lo es por lo original que pueden ser esos escritos, que no tengan imitación alguna.

Así que dejemos la imitación a un lado, ya lo propio se está dando desde hace años, y ese es el camino a recorrer.

Huye del lugar común

Mis años de escritor iniciaron allá cuando yo cursaba el quinto grado de primaria. No es que ya comenzara decididamente a escribir con conciencia, no. Simplemente, después de muchas lecturas, comenzaba a vislumbrar a la escritura como una posibilidad real y personal de expresión. Todo comenzó con la posibilidad de ofrecer versos a chicas que me gustaban o en forma de regalo para el 10 de mayo. Luego continuaría con los versos ya en mayor cantidad en secundaria. Libretas en las que escribía, reescribía, corregía y volvía a escribir el mismo poema buscando dar con la versión que me satisficiera.

Pero, en definitiva, fue en bachillerato en que decidí convertirme en verdadero escritor (¿qué quiere decir esto?), y todo gracias a la existencia de un taller literario que en mi escuela funcionaba. Específicamente el triunfo de Alejandrína Torres en un concurso de poesía hizo que yo me acercara a ella y dicho taller. Luego «talleréabamos» nuestros trabajos de forma mutua. Uno de los primeros consejos que recibí de Ale fue que no hiciera rimas facilonas. En aquellos días las sugerencias del taller era practicar versificaciones y rimas escribiendo décimas, una de las formas más populares en el canto de toda América Latina. La cosa es que yo rimaba fácilmente (primeras letras) palabras como gatito/zapatito. Con diminutivos y palabras de ese tipo no había «jierre». Entonces fue que Ale me dijo que no hiciera eso. Primera lección aprendida.

Ya después, en mis primeros años de vida profesional, iría a vivir a Guadalajara. Ahí la radio me llevaría la voz de una poeta cubana, Delenis Rodríguez. Quise conocerla, nos citamos por teléfono en la entrada del Hospicio Cabañas (Instituto Cultural, pues). La charla de aquel día nos llevó a la identificación de una amistad común: Víctor Manuel Pazarín. La historia de este reencuentro lo tengo escrito en otro post, los invito a que lo lean. La cosa es que nos fuimos a vivir todos juntos a una misma casa. Esa casa la considero mi formadora y forjadora de mis letras y mi carácter como escritor. Pues bien, una de las cosas que aprendí entre estos amigos poetas, fue que no debíamos optar por el lugar común, las palabras y expresiones que se usan en el medio del pueblo.

Tal exigencia caló en mí de manera profunda. Terminé forzándome a decir las cosas de otra manera: la mía. Esta condición de escritor se produjo de tal manera tan natural que he criado así a mis hijos y ellos no se han dado cuenta. Ya llevan el germen de la voz propia y yo soy feliz.

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

El cuajamiento artístico

  1. El cuajo. Para hacer queso en los ranchos de México se utilizaba una parte de los interiores de las vacas que se vertía en la leche para iniciar el proceso de convertirla en queso. Se llama, a esta parte del animal, cuajo. Y de ahí deviene en verbo. Se dice que la leche cuajó cuando funcionó el agregado del que hablamos. O bien, falló y se dice «no cuajó», no va a haber queso. Hoy los procesos químicos han eliminado la utilización del cuajo, pero la palabra perdura en el habla popular.
  2. Cuando elaboramos una treta y el objetivo final se cumple decimos que la cosa cuajó. No es raro encontrar el uso de esta palabra entre talleristas de grupos de escritores. Cuando el escrito está enclenque o no encontró su forma apropiada, decimos que no cuajó. Tristeza infinita para el autor que escucha estas palabras.
  3. Este «cuajamiento» se puede lograr por varias vías. El cumplimiento de una forma predeterminada (lo que hacíamos en el taller del Instituto Tecnológico: décimas) asegura de alguna manera el cumplimiento de lo que hemos venido hablando. Sólo basta cumplir la métrica y la rima para que el poema cuaje. Así que pasar al verso libre era un riesgo que había que correr para ver si lográbamos esa forma cumplida (forma de lo más amorfa comparada con la cabal décima).
  4. Factores externos como la forma ya señalada también recurren a otras maneras de «auxilio». Tenemos pues a la arquitectura que debe cumplir toda una serie de detalles técnicos para lograr la fortuna deseada: el edificio o la planeación urbana). En la literatura también hay factores externos que los escritores de esa arquitectura literaria que llamamos novela, deben cumplir. He visto a mi amigo César Anguiano mencionar en sus cursos de novelística decir que en el capítulo tal debe suceder esto, en el otro el acontecimiento éste debe llevarse a cabo. Planeación estructural especificada a detalle.
  5. La valentía de los escritores de vanguardia, radica en este detalle: su cuajamiento resulta incomprensible en ocasiones para la sociedad donde estos viven, pero ellos saben que lo han logrado. Ya luego la sociedad irá leyendo y comprendiendo mejor la forma, la obra que tienen entre sus manos y degustarán un queso de nuevo sabor que satisfará a ellos y a las nuevas generaciones.

Deseos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda (bueno…).

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la plasticidad de la imagen. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Conclusiones fotográficas

Conclusiones tras haber terminado el taller de fotografía de Rafael del Río.

  1. La asignación de un proyecto y todo lo que él conlleva (la planeación, la justificación, la visualización de nuestras tomas y nuestros resultados). Es decir, los tiempos y las acciones y hasta las reflexiones, cosas que hacemos sin la cámara y previas al disparo. Hacer todo ello me hicieron pensar que en realidad debemos aspirar a sentirnos como verdaderos fotógrafos y no como meros capturistas de imágenes.
  2. Dejar ya a un lado el «pisa y corre» (hacer un foto e irnos a tomar la que sigue). Darle tiempo a una sola imagen aún cuando esto suponga hacer varias tomas. Darle vuelta a las cosas, dejar pasar el tiempo, buscar la mejor composición, buscar la mejor distribución geométrica de los objetos y, sin olvidarlo, dejar que el azar participe en todo ello. Tener en mente que desplegaremos todas estas posibilidades que fotografiamos para quedarnos, al final de cuentas, tal vez con una, con la mejor.
  3. Dejar de ser un capturista de instantáneas. Entiendo por estas, aquellas fotos que no tienen planeación alguna, que las hacemos al momento sin ninguna intención más que capturar algo anecdótico. Buscar algo más profundo y para ello debemos convencernos de la responsabilidad de ser testigos y creadores frente a esa realidad que se despliega ante nosotros exigiendo ser interpretada. Ya no buscar hacer sólo fotos bonitas.
  4. Si por un lado ya atendimos a los elementos internos de la composición fotográfica (el encuandre, los elementos dispuestos dentro de nuestro cuadro, su relación correspondiente en ese espacio que les hemos asignado), debemos ya entender que tales disposiciones no son la finalidad última de nuestra foto. Esos entramados deberán ser el sostén físico para lograr mostrar al espectador una obra más social y con más impacto que las estéticas que conseguíamos con anterioridad a este taller.
  5. La visualización del color como una «palabra» más dentro de nuestro discurso plástico. Considerar las tonalidades resultantes para lograr una homogeneización de las fotos en grupo. Si hay saturación, continuar con los tonos fuertes; si hay difuminación, seguir con esos colores diluidos; si hay sólo blanco y negro… ¡no mezclarlo con colores!

Aclaración

Muchos de ustedes sabrán que tengo otro blog donde he venido plasmando mis memorias durante el tiempo aquel de la infancia y primera juventud que viví en mi tierra natal: Zapotlán. Prácticamente lo tengo abandonado ya que en este que están ahorita leyendo ustedes he introducido la presencia de aquellos recuerdos que tienen una nueva escritura, una nueva presencia en Existo, después pienso.

Pues bien, me he dado cuenta de que también he vivido cosas merecidas de ser contadas y que viví fuera de mi ciudad natal (San José de Gracia, Tepic, Guadalajara), así que la escritura de este nuevo blog me permitirá incluir tales vivencias bajo una etiqueta agrupadora. Entonces, quienes deseen leer mis memorias en una tierra o en otra, deberán buscar la etiqueta correspondiente si es que no desean leer mis otros pensamientos o ensayos.

Así, pues, les pido que estén pendientes de los nuevo contenidos «geográficos» que iré reuniendo aquí. Gracias por su lectura.