El ensayo fotográfico

El título alude a un curso-taller que impartió Rafael del Río en Comala, en el Centro Estatal de las Artes. Nuestro tiempo (fuimos unos diez alumnos) corrió entre la atención que nuestro amigo Rafael merecía (conocimientos muy ejemplares) y el compartir la sabiduría que muchos de sus alumnos desplegaron. Me gustaría, a manera de resumen, enlistar lo que ahí aprendimos.

  1. Los aspectos fotográficos básicos apenas fueron tocados. Tal vez porque se suponía que estábamos entre fotógrafos, nadie habló de la composición básica, la regla de los 2/3, etc. Así que de ello aprendimos muy poco.
  2. Tal vez uno de los dos aspectos que más se destacaron en este taller lo podríamos enunciar en la siguiente premisa: la fotografía es un arte y, como tal, no sólo toma en cuenta la conformación de su obra (la foto impresa), si no que, y aquí habría que recalcar, la multiplicidad de signos y sentidos que emite en tanto obra humana.
  3. El otro de los aspectos a los que nos referimos es a la exigencia de la imaginación por parte del fotógrafo. Aunque esto creo que no fue muy explícito del todo, creo que fue entendido al desplegarnos Rafael su propia obra y la de otros fotógrafos que, espero, nos sirvieron de inspiración. Ciertamente ver la enorme variedad de estilos y posibilidades nos lleva a concluir lo siguiente: en el arte nada está terminado, tú como fotógrafo, debes agregar originalidad al discurso fotográfico actual para enriquecer este arte que tanto amamos.

No todo está en la captura de la imagen, ser fotógrafos deberá suponer HACER fotografía tal como el pintor maneja el lienzo en sus diversos tamaños y disposiciones. Así también nosotros debemos ver el tiempo posterior a la captura (ya en la edición particular de la foto individual, ya en nuestro trabajo como editores y curadores hasta donde sea posible de nuestra obra).

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

Tiempos

Existen tres tiempos (voy a escribir sin pensar en lo que escribo) en los que transcurre nuestra vida diurna: el tiempo en el que somos nosotros mismos, complaciéndonos, es decir haciendo lo que nos gusta hacer y de lo que somos capaces y nos satisface.

Otro tiempo en el que nuestras facultades verdaderas se hacen a un lado para… ¿para qué? Dije que no iba a pensar y no completaré esa frase. Sólo quiero destacar ese malestar de este tiempo en el que pareciera que hay alguien buscando satisfacción de nuestra presencia. Satisfacción en los sectores más amplios y disímiles posibles.

Y el otro tiempo es el de la indiferencia, cuando no somos nosotros ni hay satisfacción para nadie. Ese tiempo inútil lo dejo al final porque no hay de dónde agarrarlo y no podemos hacer nada con él. Tal vez su manifestación más evidente sea la forma del aburrimiento.

Lenguajes y pose

Hoy tuve un día difícil y cansado. Por lo menos tengo tiempo para extraer una reflexión. Si bien no lo será sobre lo vivido, sí sobre lo escrito. La primera frase de este texto tiene algo de íntimo y de pertenecer a ese grupo de escritos que van conformando el «diario personal». Y aquí inician las intenciones de esta reflexión. Creo que algunas veces quise emular esta forma de escritura (que no el diario en sí) pero no lo logré nunca. Y es que esos tonos para mí deben surgir naturales, como en el habla de diario, de la calle. Pero no, casi siempre hay como un remedo, como una grandilocuencia producto del «yo soy un escritor escribiendo» que nos hace adoptar palabras y tonos artificiosos como buscando la inmortalidad (sí, así de exagerados somos).

Así que termino por no seguir ese camino, abandonar aquello que sé que de antemano será un fracaso. Y pienso, irremediablemente, en aquellos amigos que son tan artificiosos hasta cuando escriben una sola palabra. Pareciera que les resulta muy difícil ser naturales, ser sencillos, dejarse de cosas y abandonar a aquel inmortal que quieren ser.

Por otro lado están (o debería decir: «está», recordando a una persona muy específica) aquellos que realmente logran despojarse de la toga y salen desnudos a escribir aquello que son cuando no son escritores, verdaderos seres humanos sin máscaras ni aspiraciones de chingonería.

No ser Goethe

Alfonso Reyes decía de los escritos de Goethe que no tenía ni una sola línea de desperdicio a lo largo de toda su obra (la literaria y la científica). A veces, cuando nos atrevemos a leer otras obras que no son las grandiosas de nuestros autores favoritos (Borges, para mi caso) encontramos con tristeza líneas o textos completos que bien serán olvidados.

Entonces nos atrevemos a seguir escribiendo ya quitados de la pena, sabiendo que la mayoría de lo que hagamos será prescindible y rápidamente olvidado.

Lo naco, reinvindicaciones

Años 80 (y anteriores), típico de las fiestas de bodas: birria y tortillas frías para los invitados. Situados en este tiempo estaban «satanizadas» cosas como el pulque, el mezcal y la cerveza (¿el tequila también?). Esas bebidas eran para los indios, luego rebautizados nacos por la sociedad «cosmopolita». Lo naco se identificaba por todos sus gustos, ¿comida? capirotada de agua, con jitomate incluido; ¿música? grupos como los Yonics, los Strwks y luego Rigo Tovar y los Bukis; ¿reproductores musicales? enormes consolas en lugar de stereos. Y las bebidas ya mencionadas. Claro que la vestimenta y la forma de hablar (junto con particulares tradiciones) evidenciaban la expresión de lo naco.

Hoy no estoy seguro de que esto perdure, tal vez haya habido una transformación, que lo naco se haya tornado en otras formas (la aplicación de la tecnología lo podría promover). Lo cierto es que muchas de esas formas o productos se han aclimatado en la sociedad entera. El pulque, el mezcal, la música grupera, ya tienen aceptación y hasta consumo por un número mayor de personas a quienes no podemos considerar ni llamar nacas.

Claro que esta aceptación y hasta adopción de lo otrora considerados sus productos de consumo, nos habla de una sociedad más abierta (quiero ser optimista) que, sin embargo, ha movido sus desprecios a otros terrenos (quiero ser realista). Y aquí abría que abrir los ojos nuevamente para ver cómo están ya desplegadas las fichas de los grupos sociales que nos conforman en este siglo XXI.

Creación

I. Retuerzo las realidades para embotellarlas en esta caja de palabras. Puedo decir «el sol lanza petardos que estallan cuando tocan nuestra vista» y con ello estaré reconstruyendo el cotidiano suceso del día. Esa es mi aventura de la poesía, hacerles ver en nueva forma aquello que en realidad sucede fuera de toda palabra.

II. Rueda la moneda sin saber el destino de su meta. ¿Cuál cara será la que nos mostrará? Nadie lo sabe y ahí está la razón del azar. Así procedo, ignorando finales de poemas. Que las palabras transcurran solas, rueden y caigan a quién sabe qué distancia ni con qué intención. Al final de cuentas algo habrá sucedido.

III. No mentiré jamás, pero tampoco quiero decir que hablaré sobre la realidad. «Mis sombras ascienden», eso es indemostrable, pero no falto a la verdad de mi creación. Crear no es mentir, es ofrecer las verdaderas posibilidades de nuevas imágenes juntas.