Huichol

Escenario: el puerto aéreo que se encuentra cerca de la SEP, en Tepic. Mi amigo, Richie Valenz (sobrenombre de tal carga emotiva que me ha hecho olvidar el original nombre de mi amigo), sabe que me gusta conocer las culturas indígenas de nuestro país. Vemos un viejecito huichol, nos acercamos a él. Richie tiene ganas de presentármelo para ser el protagonista de ese encuentro. Entonces pregunta directamente: «¿sabe usted hablar español?». El viejecito responde: «no», y tristes nos alejamos de él.

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): «no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables». Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.

Hijus de su padre

Tengo tres hijus (no me refiero a hijos, las feministas nos han contaminado y ahora usted creerá que me refiero a tres varones; tampoco puedo decir hijas ya que no son mujeres; ni podré usar el horrible hijes porque no quiero destacar aquí condición de género alguna). Lo que quiero decir en la crianza de estas criaturas es que las eduqué de modo «ingenérico» o «agenérico», si me permiten decirlo. Esta idea me vino cuando uno de mis varones me señaló que yo había criado a su hermana no como mujer (ni como hombre). Es decir, los he criado a los tres como seres humanos con virtudes e inteligencia que nada tiene que ver con el sexo que tienen. Simplemente les hablo, les leo y, lo mejor, discutimos y charlamos entre los cuatro por igual. No hay educación genérica alguna. Son mis hijus y ya.

Garibay

Todos tenemos autores favoritos. Como escritores, a veces, esos favoritismos se traducen en aspiraciones. Nos hemos preguntado, nos han preguntado, hemos aceptado a ciertos autores como verdaderas influencias, al menos en tiempos de la adolescencia o, por lo menos, en nuestras primeros intentos en la escritura.

Hoy reconozco a otro tipo de autores que también resultaron muy influyentes en nuestras vidas como escritores, esos segundones a quienes quisimos haber conocido y de quienes tenemos como ejemplo de alguna u otra manera. En mi caso quisiera mencionar a Ricardo Garibay de quien me gusta aprender el oficio de escritor como un verdadero oficio de vida (gánese o no dinero con ello). Sabemos de otros escritores que tuvieron un éxito y reconocimiento mayor que el de don Ricardo (por eso lo considero, malamente, un segundón que para mí resulta un verdadero «aleccionador»). Escritores que ya no escribieron el resto de su vida luego de posicionarse en el gusto de los lectores o, el caso contrario, aquellos escritores que convirtieron de su oficio una institución y siempre estuvieron en el pedestal de los dioses (olvidándose del mundo habitual, duro y vulgar). Caso que no fue el de Garibay. Él siguió escribiendo verdaderamente para vivir, no para lograr una posición y mentenerla. Estuvo al tanto de los sucesos diarios de su ciudad y de su mundo. No hizo análisis, simplemente veía y reaccionaba con sus letras. De esa manera encajaba activamente en nuestro día a día.

Lección aprendida, escribir, simplemente escribir para dejar constancia de lo que vemos a diario, de lo que somos, de lo que queremos ser. No sé si eso lo aprendí de él, de don Ricardo, lo cierto es que, de alguna manera, él me inspira para seguir estas aspiraciones. Lo reconozco.

Narcos y terroristas

Bien, en estos días el presidente norteaméricano Donald Trump ha clasificado a los cárteles del narco mexicano como terroristas. No ahondaré aquí de tal designación, por el momento, ya que las redes sociales están puntualizando tal error y las consecuencias políticas que el presidente busca con esa afirmación.

Más bien me gustaría hacer un análisis semisemántico (no son especialista, son escritor y nada más) sobre la palabra empleada y la clasificación aceptada por un pueblo dolido como es el mexicano (que tampoco es «todo el pueblo»). ¿Con qué me encuentro en las redes sociales de mi país, del estado en el que vivo? Mi inquietud, y lo que me llevó a escribir estas letras, vino de leer un mensaje en el Facebook: «los narcotraficantes son terroristas, y punto», diciendo con ello que en su afirmación no hay cabida a discusión alguna. Yo inmediatamente recordé a los terroristas del ERI, los Etarras, etc. Y no, no tienen comparación. Enlistemos brevemente lo que los terroristas son por sus acciones y por sus exigencias.

  1. Atacan a la sociedad civil en masa. Y no es que lo quieran hacer por hacer. Con estos ataques buscan desestabilizar aquellos gobiernos contra los que luchan. Y hablando de luchas…
  2. Se muestran abiertamente contra un gobierno del que dicen son oprimidos de alguna u otra manera. Por lo tanto…
  3. Tienen ideales o doctrinas.
  4. Buscan, con el miedo, el terror, el reconocimiento de sus exigencias.

Ahora comparemos las acciones de los narcotraficantes punto por punto.

  1. Ellos jamás atacarán a la sociedad en masa. Matan, ciertamente, a individuos aislados (tal vez a varios en una misma matanza, pero no podríamos considerar a este grupo como una «masa»). Además, son pocas las veces que han matado a alguien que no tenga que ver con ellos, ya como enemigo, ya como traidor.
    • Podría decirse que hace algunos años, en los ataques masivos a bancos y carreteras que cierto cártel perpretó en el estado de Jalisco podría ser considerado un ataque masivo. Pero esto no es frecuente y, además, no fue un ataque a las personas. De hecho cuando entraron a los bancos pidieron a la gente que saliera de ahí. No hubo ni un solo muerto «civil» por estos motivos.
  2. El gobierno no les interesa en lo absoluto. Toman en cuenta a la policía, a la milicia, en tanto «estorbo» para desarrollar su actividad ilícita. O bien, los gobernantes son tomados en cuenta en tanto sobornables para permitirles transitar con su mercancía por carreteras, caminos, aguas y aires por donde tienen que pasar.
  3. Ciertamente los narcos no tienen ideales, tienen negocios. Eso es lo que los convierte en personas pertenecientes a la delincuencia organizada. DELINCUENCIA, no «ejército republicano», no «movimiento», etc.
  4. Ellos no buscan meter miedo entre la gente (hablo estrictamente de los narcos), lo que buscan es colocar su mercancía entre la gente. Si matan, no es a las personas, es a los contrarios o a quienes incumplieron órdenes.

Y por último.

  1. No tienen exigencias que pedir. Simplemente, repito, quieren colocar o transportar su mercancía y nada más.

También hay que decir que, hablando estrictamente de narcotraficantes, no es infrecuente encontrar que sus dirigentes se tornan en una especie de minigobierno vigilante que logra cierta estabilidad en los territorios que controlan y hasta la gente «civil» los busca para resolver algunas rencillas con sus vecinos o ladronzuelos. Lejos de atacar a la sociedad civil, hasta la protegen.

Sí, ya sé que podrían estos argumentos parecer una defensa del narcotráfico. Pero no es así, no quiero que se me llegue a considerar un abogado del diablo. Sé que el narco hace mucho daño a la sociedad, ya por sus asesinatos, ya por la invitación que hacen para el consumo de sus sustancias. Es frecuente encontrar verdaderas historias horribles de muertes muy muy dolorosas entre quienes las padecieron. Entre jóvenes, viejos y, ahora, hasta niños o familias enteras.

Sé que todo esto nos llena de miedo, pero no debemos calificar a estos actos como terroristas por más terribles que lo sean. El respeto a las palabras (que también deben ser consideradas en esta realidad terrible en la que vivimos) también debe ser tomado en cuenta. Calificar a los narcos como terroristas tiene la función de hacer notorios el dolor y el rechazo de la gente y luego levantar apoyos incondicionales entre un pueblo que ahora se siente considerado, tomado en cuenta. A río revuelto… Ganancia para Trump.

Felicidad

Ya he señalado en otro escrito mi gusto por la escritura a mano. Lo hago en diversas libretas que he coleccionado o perdido durante mi vida. Casi siempre iniciaba la escritura en una libreta y, hasta llenarla, la abandonaba, para continuar con una nueva. Hoy he escrito tal vez como nunca (me refiero a la cantidad), a tal grado que lo quiero seguir haciendo en la menor oportunidad posible en ¡cuatro libretas simultáneas que tengo actualmente! Ignoro la causa de tal prodigalidad en estos días, pero por lo menos todo parece apuntar a la felicidad que me da el saber que ustedes me están leyendo.

Tabiques e irracionalidad

Hace tiempo, cuando estudiaba la licenciatura en informática, para costearme los gastos de la carrera laboré en varios trabajos, entre amigos o empresas. Uno de ellos fue allá en la Colonia San Cayetano, al norte de la ciudad. No sé cómo es que llegué a saber de ese trabajo que más bien una verdadera diversión tanto para mí como para mi amigo Jorge Ortiz, a quien invité a trabajar. Mis primos Carlos y Edgar también trabajaron, la hacían de chalanes, ayudantes en el acarreo de arena, graba y los tabiques que los mayores fabricábamos en las máquinas de… Ya no recuerdo el nombre del joven dueño. El proceso consistía en los siguientes pasos:

  1. Subir a la carretilla la suficiente grava, arena y cemento para luego vaciarlas en una revolvedora.
  2. Echar agua para revolver los «polvos» y obtener la mezcla que…
  3. Vaciábamos en la parte alta de la máquina para hacer los tabiques.
  4. Se enciende la máquina, ésta comienza a agitarse. Abrimos la compuerta y vaciamos la mezcla sobre los moldes de madera que se llenan y
  5. Los ayudantes se llevan el molde en unas tablas para portar el contenido y lo tienden al sol.

La cantidad de ingredientes, tanto de arena, grava, cemento y agua deben ser muy precisos para que los tabiques salgan con la suficiente fuerza para ser usados en la construcción de casas, bardas, con toda confianza. Los primeros intentos que había hecho (¿Ricardo, así se llamaba?) nuestro patrón le habían salido mal y guardaba esos tabiques arrejolados por allá para que nadie los vendiera, para que nadie los comprara, puesto que eran un verdadero error.

Pues bien, en cierta ocasión llegó un cliente que quería comprar unos cuantos cientos de tabiques. Intercambió algunas palabras con Ricardo (ya, llamémosle así) y éste respondía con gusto a todas sus preguntas. Al final el cliente quiso averiguar la calidad de nuestra producción. La prueba era la siguiente: poner un tabique en el suelo, luego dejar caer otro sobre el primero desde la altura de un hombre. Si el tabique se quebraba, la calidad era mala, no habría que comprarlo, claro. El cliente se dirigió hacia los tabiques (que ya eran muchos) que habíamos apilado para su almacenamiento.Tomó dos, los acomodó. Lanzó el tabique desde su altura. La primera prueba fue superada, el tabique no se rompió. El cliente buscó otros tabiques más y se dirigió hacia los fallidos que estaban arrejolados por allá. Hizo la prueba, el tabique se desboronó por la tierra. «Estos no sirven», dijo. Ricardo le dijo que esos no estaban a la venta, que fueron resultado de las primeras pruebas. El cliente volvió a tomar otro de los tabiques inservibles para comprobar que él tenía la razón. ¡Pluf! Rompe otro tabique. «No, es que no sirven», volvió a decir. Ricardo volvió a explicarle, que había tomado un tabique de la pila de los inservibles. El cliente no entendió y dijo que no iba a comprarnos nada. Se fue todo enojado.

Esta larga narración viene a cuento para decir lo siguiente. Ya después en mis relaciones personales en diversos trabajos, encuentros ocasionales, escuchas de conversaciones ajenas y hasta en mi familia, es más o menos frecuente encontrarme con personas como el cliente inconforme: ellos encuentran un error (que sí existe) y se aferran en usarlo como demostración en una situación donde el error no tiene nada qué ver. Es una forma de sentirse poseedores de la razón y, de esa manera, ganarnos en nuestros razonamientos más verdaderos que su fantasmagoría real.

Agujeros negros en Guadalajara

Trabajo en Guadalajara. No tengo auto y mi único medio de transporte es el colectivo. Los traslados, aunque pudieran parecer en un espacio corto, son largos en el tiempo. Así es que aprovecho esas «horas muertas» leyendo en los camiones, cuando encuentro asiento.

En cierta ocasión iba leyendo Breve historia del tiempo de Stephen Hawking. Me siento abrumado por los enormes datos que Stephen pone en mi cabeza. Me doy cuenta de que ya está por llegar mi «bajada». Toco el timbre. Me bajo. Estoy en las calles de siempre en la colonia Alcalde-Barranquitas, pero no identifico nada de eso que he visto repetidas veces. Me siento perdido. ¡Maldito Hawking! ¿Ahora cómo llegaré a mi casa?

Vértigo en tres actos

Luz artificial

En la noche la luz amarilla cubre todo con su grueso polvo revelador. La calle recta es una flauta con su largo costillar lleno de agujeros amarillos (resultado de las lámparas que la iluminan). Las recámaras inflaman su segundo espíritu tras encender un foco, como globos dentro de la carpa de un circo. Es este desplazamiento (que como un sacudión da la luz a las ánimas de los objetos) el que nos hace ver como una radiografía sus estructuras atemporales.

Tiempo limitado

Para la vida de un hombre es suficiente: la geografía de las montañas que lo circundan permanece inalterable a pesar de las inclemencias climáticas. Se antojan divinas, pues, las tijeras que recortaron las siluetas de los volcanes. Aquellas cambiantes nubes extienden sus figuras por instantes y por eso otorgamos a los cerros el sinónimo de eternidad (sin que esto sea sólo un calificativo).

La grieta

No sé cuál es el atractivo de la grieta, si precisamente cada que vuelvo la encuentro más larga. «La cosa ha cambiado«, me digo. Y esa es suficiente evidencia. Sin embargo, vuelvo. ¿Qué es esta sensación de la contradicción entre luz, montaña y tiempo? En el fondo es mi vértigo por las edades, los transcursos del tiempo, una visioncita de lo que para Dios debe ser tan fijo como una estatua.

Umbral

¿Qué le debo a la palabra? Una comprensión más consciente de la realidad. Conciencia como el acto con el que ordenamos un rompecabezas móvil y fugaz en su permanencia. Ya no basta con la percepción casi animal de una memoria volátil y muda, ahora me exijo y digo: hay dos caminos y debo elegir sólo uno. Si tomo el primero sucederá tal, si tomo el segundo tendré qué. Un nuevo eco ajedrecístico dentro de mi cabeza que habla y escucha. Valoro.

Conciencia todavía llena de neblina que, de cualquier forma, me permite advertir que estoy en el umbral de un nuevo descubrimiento.