Morena la piel

Inalcanzable. La oleada de deseo parte de mi sangre, la veo y hay en mi mirada un anhelo que se extiende como los dedos separados de una mano abierta. Quiero rodearla con mis brazos, dejarla sentir el calor de mi pecho. Atraerla hacia mí como el agua que se cierra tras los cuerpos sumergidos. Quiero que me mire y que se pierda en esa mirada; que se concentre en las sensaciones que su piel siente. Los cuerpos entonces exigirían naturalmente la desnudez. Los besos se sentirían por todas partes, las caricias se multiplicarían como la lluvia cayendo. No importa el amor en este deseo, quiero atraparla y desaparecerme con ella al instante y así concretar la razón de mi venganza.

Huye del lugar común

Mis años de escritor iniciaron allá cuando yo cursaba el quinto grado de primaria. No es que ya comenzara decididamente a escribir con conciencia, no. Simplemente, después de muchas lecturas, comenzaba a vislumbrar a la escritura como una posibilidad real y personal de expresión. Todo comenzó con la posibilidad de ofrecer versos a chicas que me gustaban o en forma de regalo para el 10 de mayo. Luego continuaría con los versos ya en mayor cantidad en secundaria. Libretas en las que escribía, reescribía, corregía y volvía a escribir el mismo poema buscando dar con la versión que me satisficiera.

Pero, en definitiva, fue en bachillerato en que decidí convertirme en verdadero escritor (¿qué quiere decir esto?), y todo gracias a la existencia de un taller literario que en mi escuela funcionaba. Específicamente el triunfo de Alejandrína Torres en un concurso de poesía hizo que yo me acercara a ella y dicho taller. Luego «talleréabamos» nuestros trabajos de forma mutua. Uno de los primeros consejos que recibí de Ale fue que no hiciera rimas facilonas. En aquellos días las sugerencias del taller era practicar versificaciones y rimas escribiendo décimas, una de las formas más populares en el canto de toda América Latina. La cosa es que yo rimaba fácilmente (primeras letras) palabras como gatito/zapatito. Con diminutivos y palabras de ese tipo no había «jierre». Entonces fue que Ale me dijo que no hiciera eso. Primera lección aprendida.

Ya después, en mis primeros años de vida profesional, iría a vivir a Guadalajara. Ahí la radio me llevaría la voz de una poeta cubana, Delenis Rodríguez. Quise conocerla, nos citamos por teléfono en la entrada del Hospicio Cabañas (Instituto Cultural, pues). La charla de aquel día nos llevó a la identificación de una amistad común: Víctor Manuel Pazarín. La historia de este reencuentro lo tengo escrito en otro post, los invito a que lo lean. La cosa es que nos fuimos a vivir todos juntos a una misma casa. Esa casa la considero mi formadora y forjadora de mis letras y mi carácter como escritor. Pues bien, una de las cosas que aprendí entre estos amigos poetas, fue que no debíamos optar por el lugar común, las palabras y expresiones que se usan en el medio del pueblo.

Tal exigencia caló en mí de manera profunda. Terminé forzándome a decir las cosas de otra manera: la mía. Esta condición de escritor se produjo de tal manera tan natural que he criado así a mis hijos y ellos no se han dado cuenta. Ya llevan el germen de la voz propia y yo soy feliz.

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

Deseos

En casa, durante mi infancia, mi padre nutrió mi espíritu con música e imágenes. Me contaba que durante el embarazo de mi madre, él compró varios discos LP para hacerlos míos (los rotuló con no sé qué sistema eficaz). Guillermo Ochoa Rodríguez, decían en la portada. Recuerdos sólo dos discos de esos: La Quinta sinfonía de Beethoven y Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Fue tan acertado su regalo que siempre me encantó la música toda (bueno…).

También en casa había libros, enciclopedias con imágenes de los grandes pintores. Se hablaba de vez en cuando, entre amigos de mis padres, sobre estos pintores, vida y obra. Mi admiración a su obra también era sincera.

Yo desee, en mi primera infancia, ser músico y pintor. Mis padres también así lo desearon y me enviaron a clases con el maestro Telésforo Martínez, padre y abuelo de excelentes músicos locales. Yo deseaba tocar algún instrumento, lo malo fue que las clases básicas tenían en consideración el aprendizaje del solfeo, básico para cualquier músico, pero aburrido para mí. Fracasé. Pero mis intentos volvieron tiempo después y acudí a las clases de órgano con la maestra Mireya Cabeza de Vaca. Mal oído, mala destreza digital, me hicieron abandonar para siempre mis deseos de aprendizaje formal de la música. Sin embargo, la guitarra me traería mejores satisfacciones. El maestro Rafael Benítez en el bachillerato me aceptaría en la rondalla del Tecnológico cuando yo cursaba el bachillerato. Tuvimos múltiples presentaciones y eso fue satisfactorio para mí.

En las artes plásticas mis intentos llegaron a copiar caricaturas que me gustaban y, después, aventurarme a mis propias creaciones. Dibujaba mucho, mi madre me alentaba. Vecinos me enseñaron algunas técnicas fundamentales del dibujo. En la secundaria conocí los dibujos de mi amigo y compañero Pedro Mendiola, me sentí apabullado con su capacidad para el dibujo. Avergonzado ya no quise seguir desarrollándome. Creo que ahí comencé a abandonarlo todo.

Música y dibujo, mis anhelos primeros. Terminaría optando por las letras en las que aspiro, de alguna manera, a la musicalidad y la plasticidad de la imagen. Ahí sí tengo satisfacciones totales.

Borrachos

Víctor Manuel y yo visitamos a su amigo (¿cómo se llamaba?), el crítico de ópera. Él había señalado que la traducción al español de los cuentos completos de Edgar Allan Poe hecha por Julio Cortázar superaba al original. Pues bien, salimos de su casa ya en la noche para irnos a la nuestra en Gómez Maraver. Víctor y su amigo charlaban en el dintel de la puerta de salida. Yo vi a unos jóvenes tambaléandose de borrachos venir a lo lejos. Se acercaban. Al pasar junto a nosotros vimos que cada uno de ellos traía en la mano una caguama (cerveza tamaño familiar). Eran cuatro, todos ellos ciegos, ciegos de verdad. Si no esperas lo extraordinario, nunca te sucederá, había dicho Lezama Lima. Y ahí, en las calles nocturnas de Guadalajara se paseaba lo extraordinario.

El día abre la mano

Ayer me enfrenté a una especie de espejo indeseado. Charlé con mi hijo Aarón y puntualizó mis faltas de hombre maduro. La charla (no él) me hizo sentir un inútil en cierta manera. Un malestar que ahora que lo recuerdo y escribo surge de nuevo claramente áspero y amargo. ¿Para qué me ha servido escribir tanto? Me ha servido para manejar mejor mi pensamiento. Pero, aquí está un problema, no me ha llevado a la acción, al menos hasta ahora. Mi tiempo pasa suelto y amorfo, no es como el de mis amigos los prácticos (no hay ningún eufemismo aquí) que lo han estructurado y se han dedicado a él y han logrado ser profesionistas respetados con automóvil y toda la cosa. No es como el de mis amigos los escritores que lo han estructurado y han logrado una posición dentro de su mundillo (como le decimos) y han logrado ser o tener una posición en la que viven bien plantados.

Yo, indeciso entre ambos mundos, he quedado al garete sin nada entre mis manos y estas pocas palabras.

Tiempos

Existen tres tiempos (voy a escribir sin pensar en lo que escribo) en los que transcurre nuestra vida diurna: el tiempo en el que somos nosotros mismos, complaciéndonos, es decir haciendo lo que nos gusta hacer y de lo que somos capaces y nos satisface.

Otro tiempo en el que nuestras facultades verdaderas se hacen a un lado para… ¿para qué? Dije que no iba a pensar y no completaré esa frase. Sólo quiero destacar ese malestar de este tiempo en el que pareciera que hay alguien buscando satisfacción de nuestra presencia. Satisfacción en los sectores más amplios y disímiles posibles.

Y el otro tiempo es el de la indiferencia, cuando no somos nosotros ni hay satisfacción para nadie. Ese tiempo inútil lo dejo al final porque no hay de dónde agarrarlo y no podemos hacer nada con él. Tal vez su manifestación más evidente sea la forma del aburrimiento.

Lenguajes y pose

Hoy tuve un día difícil y cansado. Por lo menos tengo tiempo para extraer una reflexión. Si bien no lo será sobre lo vivido, sí sobre lo escrito. La primera frase de este texto tiene algo de íntimo y de pertenecer a ese grupo de escritos que van conformando el «diario personal». Y aquí inician las intenciones de esta reflexión. Creo que algunas veces quise emular esta forma de escritura (que no el diario en sí) pero no lo logré nunca. Y es que esos tonos para mí deben surgir naturales, como en el habla de diario, de la calle. Pero no, casi siempre hay como un remedo, como una grandilocuencia producto del «yo soy un escritor escribiendo» que nos hace adoptar palabras y tonos artificiosos como buscando la inmortalidad (sí, así de exagerados somos).

Así que termino por no seguir ese camino, abandonar aquello que sé que de antemano será un fracaso. Y pienso, irremediablemente, en aquellos amigos que son tan artificiosos hasta cuando escriben una sola palabra. Pareciera que les resulta muy difícil ser naturales, ser sencillos, dejarse de cosas y abandonar a aquel inmortal que quieren ser.

Por otro lado están (o debería decir: «está», recordando a una persona muy específica) aquellos que realmente logran despojarse de la toga y salen desnudos a escribir aquello que son cuando no son escritores, verdaderos seres humanos sin máscaras ni aspiraciones de chingonería.

Cuentas sueltas atadas

nunca seré un héroe,
no tengo sangre
entre mis manos/
no es cosa erótica
lo que busco
en la mirada/
mi salvación vuelve
a durar un instante/
ya no proyecto
deseos a futuro/
ese del espejo
me complace
con su mirada/
gracias a la música,
me dio más
que la poesía/
quiero la magia
de los ilustradores
infantiles
para todos mis
caminos/
yo también
quisiera decir viento
y jamás detenerme
ahí en tu pelo/
cómo me gustaría
acertar en mis
conjuros/
invisible –silencioso
–sensible/
contar para ser
recordado/
escribir para
borrarme

Tren de Zapotlán

La «pérdida de la inocencia» se identifica generalmente con la finalización de la infancia y el inicio de la vida adulta. Muchos quieren ver en esta frase una fuerte carga psicológica que cada uno de nosotros enfrentamos o enfrentaremos alguna vez. El fin de la infancia pareciera ser solamente una cuestión personal y subjetiva, pero creo que esto no es así. La pérdida de la inocencia también puede identificarse externamente con la pérdida de aquellos lugares en que nuestra infancia fue forjada.

No creo que pocos habitantes de Zapotlán (sin importar su edad) vean con tristeza y rabia en qué se ha convertido nuestro lugar de sueños: el cine Diana, lugar donde navegamos por los siete mares; aquellos pasillos que en las matinés eran convertidos en junglas donde decenas de Tarzanes brincábamos de una butaca a otra; lugar del encuentro y las confidencias tiernamente secretas; cita con lo prohibido y el atrevimiento; rituales vespertinos que consolidaron familias o amistades. Fue ahí donde supimos que el sueño no pertenecía solamente al director de la película, el sueño era profundamente nuestro y era en la sala cinematográfica donde lo compartíamos con los demás.

Las transformaciones llegan a futuros insospechados. El cine Diana fue comprado por las tiendas Elektra para transformarlo en una horrible bodega donde el comercio transita en lugar de los sueños. Así también la estación del tren no pudo soportar el paso del tiempo y ahora se está transformando en ruinosas construcciones.

¡Cuánta vida ahí! ¡Cuántas felicidades en los arribos y cuántas tristezas en las partidas! La excitación era dictada por la presencia del tren. Recuerdo la algarabía, los íres y venires de vendedores, los gritos de apuración de los pasajeros. Maletas olvidadas, calmantes (frituras de puerco que «calmaba» el hambre) que iban de una mano a otra, bolsas de frutas, prisas para lograr el mejor lugar, la guitarra que amenizaba el viaje, las ventanillas que se abren para el último adiós… El recorrido obligaba a uno armarse de paciencia ya que de un pueblo a otro, aunque estuvieran muy cerca, podían pasar muchos minutos de ociosidad desperdiciada.

Una vez partido el tren la estación podía caer en una especie de letargo. Los vendedores buscaban con ansia a los posibles pasajeros (para el próximo viaje o aquellos a quienes se les fue el tren) para venderles su mercancía de engaño: tortas rebosantes cuyos ingredientes llegaban a la mitad del pan, guayabas exquisitas hasta la mitad de la bolsa, las otras estaban podridas, un «clavo» las delataba.

A nosotros, niños entonces, nos gustaba ir a la estación del tren para ver a nuestros dos verdaderos héroes: el inalcanzable maquinista y el sabio telegrafista.

Ir a la estación significaba tener acceso a otro tiempo, el ya perdido irremediablemente y del que la estación representaba un reducto aprovechable aún. Íbamos ahí para revivir la gloria de nuestros abuelos que habían vivido la Revolución y de la que el tren representaba el símbolo de revolucionarios y soldaderas solidarios con sus hermanos de otras geografías nacionales. El tren que conocía otros pueblos, sabía de otras tradiciones y llevaba las nuestras a repartir a tierras inimaginables.

Por todo eso nos gustaba ir a la estación del tren. Algunos tal vez jamás disfrutaron de un viaje en tren, yo mismo lo realicé pocas veces, pero me gustaba ir a la estación. Ver a las demás personas, casi siempre de condición humilde, como portadoras de una tradición casi siempre inconsciente y por ello más auténtica.

La estación reducida a polvo, a olvido, a nada… Ahora la veo y en ella encarnan mis más profundas tristezas. Es lamentable que de esa forma hayan terminado los alegres años de mi infancia.