
Esta obra me la encontré en la calle, seguramente niños creativos la elaboraron
Vivimos y luego pensamos. El centro de nuestra creación

Esta obra me la encontré en la calle, seguramente niños creativos la elaboraron
Mi tío Jesús fue a vivir a San José de Gracia, Michoacán, no sé porqué razones. La cosa es que frecuentemente nos invitaba a que pasáramos allá los días de vacaciones o los fines de semana. Gustosos íbamos y comíamos ahí y nos adentrábamos en el bosque de Mazamitla.
En cierta ocasión me invitó a que me fuera a trabajar en su carpintería durante todas las vacaciones de verano. Más de un mes completo. Yo estaba encantado de andar en otro lugar que no fuera mi propio pueblo. Nos levantábamos temprano y nos dirigíamos caminando hacia la carpintería a unas cuantas cuadras, pueblo chico. Mi tío fabricaba roperos con materiales muy ligeros de una madera comprimida, no madera de verdad, por así decirlo.
En el camino pasábamos por una casucha que tenía un letrero que me hacía pensar y pensar sin llegar a una solución sobre lo que ahí se vendía: Seven de Alfalfa. Yo creía en lo que decía ya que en anteriores viajes había visto yo Fantas de fresa o Titanes de piña. ¿Pero, un refresco de alfalfa? La verdad hasta se me antojaba, pero nunca llegué a comprar dicho refresco.
MYa después de tanto pasar por ahí y leer una y otra vez el enigmático letrero, me di cuenta del error de escritura típico de nuestros candorosos publicistas. En realidad decía: se vende alfalfa. Con lo cual caí en el desencanto.
La «empiria» es una palabra popular que quiere ser un apócope de empírico. Es empleada con regularidad para destacar la importancia de lo empírico en la adquisición del conocimiento. «Eso lo aprendió por empiria», es decir que no estudió en escuela alguna y sabe cómo hacer su trabajo de manera buena o hasta excelente.
No pocas veces he visto entre la gente ensalzar aquel que logró cierto éxito en su trabajo y es comparado con aquellos que sí estudiaron. El juicio popular es que el primero es mejor porque logró todo con su propio esfuerzo e inteligencia. «Eso no lo enseñan en la escuela», indican como apuntando con desprecio al estudioso ignorante, destacando con ello el valor de lo empírico.
No es raro encontrar pues que no importa tanto estudiar como el lograr el conocimiento y la destreza fuera de la escuela. De ahí que veamos con buenos ojos a aquellos que resuelven las cosas rápidamente, ideando soluciones con pocos elementos a la mano. Así que su ejemplo se torna en una aspiración para algunos que, aunque hayan estudiado, dan más fe a la empiria que al análisis razonado. Y de primer momento pareciera que tuvieran razón dado los resultados a los que van llegando en su vida.
El «empirio» (llamémosle así) ha gozado de sus resultados y se conforma cuando llega a ellos. No emplea el razonamiento para explicarse las cosas o continuar pensando sobre los resultados de su mecánica. Resultan, pues, flojos de pensamiento y activos en sus acciones. No es raro verlos caer en errores constantes a los que su empiria los ha llevado. Así, he escuchado decirles que el sol camina más rápido cuando está cerca de los cerros, ya sea al amanecer o al atardecer. Al mediodía camina más lento, según han observado con su empiria, y ni siquiera por asomo se les ocurríría preguntar el porqué de este cambio de velocidades. Con lo que vieron les basta.
A este empírico popular le interesa el mundo en tanto solución. No sabe, ni le importa, la existencia del mundo en tanto mundo. Su incursión en la realidad discrimina y toma lo que le sirve. Con él sería imposible el avance del conocimiento abstracto, es decir, el nacimiento de la ciencia y la filosofía. A él le parece increíble que haya personas dedicadas a saber la composición química de una estrella a miles de años luz. ¿Cómo es posible que esos descubrimientos lleven comida a su mesa?
Las abstracciones y las personas que a ellas se dedican les parecen a los empíricos cosas incomprensibles y hasta despreciables. Estas personas, pues, no ofrecerán esfuerzos para una comprensión de las causas del mundo. De ahí que resulte difícil charlar con ellos cuando se trata de pensar en algo que va más allá de su mundo tangible. No pueden, o es muy difícil, llegar a acuerdos en algo que ellos no comprenden.
Existe un bagaje cultural y educativo enorme y acumulado a lo largo de los siglos. Todo ello se encuentra disponible y organizado en libros y escuelas. Es un conocimiento no adquirible mediante experiencia alguna. Hay que hacer un esfuerzo para lograr aprehenderlo. Si por pura experiencia adquiriésemos nuestro conocimiento, este universo de lo leído quedaría limitado e inalcanzable para siempre. Es fácil concluir que no todo conocimiento es adquirible por la experiencia, y aquellos que afirman que lo leído fue experimentado por otros, están extendiendo la justificación de su ignorancia y su flojera.
Como a lo empírico sólo le interesa lo que está al alcance de su experiencia y como ésta sólo se da necesariamente en el presente, el pasado y el futuro no le interesan. La Historia y la planeación de lo futuro pueden resultarle inaccesibles. Claro, pudiera parecer que muestran interés sobre alguno de estos momentos en tanto le vean posibilidades de entrar en el mundo de sus soluciones o aspiraciones prácticas, como ya lo habíamos dicho antes. Más allá tales experiencias, conocimientos o proyectos les resultan inservibles.
Carente de un espíritu crítico, los empirios creen que la naturaleza funciona de una manera mecánica más básica de lo que es en realidad. Conclusiones tales como: entre más adentro del mar (más agua debajo de nosotros), más fácil es ahogarse; los perros orinan todas las cosas; las manos sucias ensucian todo, incluso cuando no tocan nada, etc.
El empirio, limitado como ya lo hemos visto, se conforma con poco y se divierte fácilmente con cosas superfluas. Es fácil de satisfacer con música simple. En su habla cotidiana también es fácil descubrirlo. Repite los mismos dichos, chistes y anécdotas una y otra vez. Calla rápidamente una vez que ha emitido su juicio (no para esperar respuesta del otro, sino porque ya no puede continuar hablando) y es incapaz de seguir la conversación de los demás cuando tratan temas que exigen información. Emite juicios tales como los siguientes: «ya terminó de llover«, cuando en realidad se sale de la lluvia en la carretera.
Ellos están seguros de que se divierten cuando, en realidad, son personas muy aburridas.
Mucho del conocimiento que adquirimos es, ciertamente, tomado de manera empírica. Los primeros conocimientos del ser humano se dan en la infancia y son definitivos. Cierto es, también, que hay conocimientos empíricos que difícilmente pueden darse por mera lectura o análisis y pensamiento. Lo malo está en creer que sólo esta forma de adquisición del conocimiento es la única. Se niega entonces la lectura, la discusión y el cuestionar a aquel que sabe.
Hay conocimiento que es, irremediablemente, transmitido de generación en generación a través de la educación (escolar o no). Piense en aquellos que niegan este valor. Asistirán a la escuela, pero el conocimiento expuesto en el salón de clases no hace mella en su persona. Repiten los patrones paternales y no hay avance en su intelecto generacional.
Todo esto no dejaría de ser meramente anecdótico sino fuera porque pudiera haber verdaderos problemas cuando el empirio se le otorga algún poder o un grupo de personas bajo su mando. Entonces sus errores y limitaciones pueden acarrear multitud de problemas entre quienes deben obedecerlos.
Es injusto de mi parte tratar como iguales a lo empírico y la popular empiria. Lo empírico tiene una importancia mayor en la historia de la humanidad y en la particular de cada uno. Aquí hubo momentos en que pareciera que los traté como iguales, pero no es así. Las limitaciones que aquí se mostraron fueron aspectos que la empiria maneja en la idiosincrasia popular. Lo empírico es mucho más grande e importante, pero lo popular ha tomado este apócope mostrando, de esa manera, los límites de sus consideraciones.

Lo que nos dejan los temblores, las vistas internas del abandono
Tiempo de clases en la escuela nocturna. Nada que escribir, sólo hablar.
¿Cuál es el minuto exacto en que el sol se apodera de su día? Un poco antes son todavía las sombras revueltas con una luminosidad que tampoco se decide. Le llaman penumbra, el temporal reino de la confusión. El espacio es entonces un vapor que etiqueta cada molécula del aire. Aquella sombra no desciende de este árbol, es ella quien crece de la tierra como una llama oscurecida; es un pulpo que sube sus tentáculos danzando hasta aferrarse escondiéndose en los cuerpos. Hay que saber ver y escuchar cuando el segundero del planeta se quiebra. Las sombras verdaderas se repliegan huidizas dejando como estela las otras sombras que permanecen el resto de las horas. El tiempo vulgar deja sus marcas con las que borra poco a poco el eslabón roto del, ahora ya, eco de la penumbra.
¿Tiene paisajes lo invisible? Comencemos por no verlo. Cierro los ojos. Hay una radiografía velada, rayones blancos delimitan esta foto de la nada. Tal vez un tinte rojizo o amarillo otorgue fluidez a esta huidiza imagen. Flashazos que implotan se burlan de mi atención cuando creo tenerlos atrapados. ¿Es llanura esta planicie o la toma aérea de unas montañas confundidas con sus propios barrancos? No puedo determinar direccionalidad y estos fotones comienzan a confundirse con mi cerebro. Ya no sé lo que estoy viendo tras mis párpados. Ya no sé si esta placa proviene de mis ojos o son mis anhelos borboteando en búsqueda de una figura propia. Asustado prefiero huir y buscar la seguridad en lo que no soy: el reino de la luz que se despliega afuera.
En mi otro blog (Los días y las horas) ustedes, queridos lectores, podrán acceder a narraciones de mi tiempo vivido en Zapotlán, el Grande, Jalisco. Quise ser estricto al contar las historias que ahí, y sólo ahí, había vivido. Claro que siempre me quedó el gusanito de escribir sobre otras ciudades en las que también había vivido (San José de Gracia, Tepic, Guadalajara, etc.), pero mi exigencia delimitante me lo impedía.
Ahora, gracias a este otro blog con un espíritu más diverso, las narraciones de las otras ciudades caen muy bien, y así pienso hacerlo. Claro que no dejaré de lado los recuerdos de mi infancia y adolescencia. Así pues, ustedes, mis lectores, podrán acceder a los diversos lugares ya señalados consultando las etiquetas agrupadoras que iré formando conforme alimente este blog.
Les hago saber a quienes lo ignoraban, que mi otro blog estará disponible para su lectura y agradeceré que así lo hagan. Muchas gracias por todo.
Viajamos, vamos a conocer lugares nuevos. Tenemos en mente la localidad de destino. Nuestra mente y nuestros ánimos están propensos a la sorpresa, la desean con tantas ansias que no sólo a la meta, pueblo o ciudad, se le ve con ese desconocimiento base de la sorpresa deseada que generará la maravilla del lugar desconocido. El camino mismo va satisfaciéndonos de alguna manera. La vegetación, la primera, es lo más evidente de nuestro desconocimiento. Nuestros ojos miran aquellos árboles, pastos y florecillas dispuestos de tal manera que conforman una composición muchas veces propicia para una fotografía que no tomaremos.
También están los pueblitos con sus calles y su gente. Las iglesias que se destacan personalizan de manera irrepetible el carácter general del lugar. Su arquitectura es ellos mismos. Los vemos rápidamente a la velocidad de nuestro viaje, los desciframos sin fortuna, para hacernos a la idea de que los conocimos brevemente.
Nos gusta el camino y le intuimos la responsabilidad de nuestro asombro. De modo que, al desear hacer infinita la maravilla del recorrido, vemos otros senderos, calles y brechas que no recorreremos y cuyo destino desconoceremos para siempre. Entonces la multiplicación de nuestras posibilidades se convierte en infinita a sabiendas que otro más tendrá la fortuna de recorrer aquellas vías y satisfacer así la maravilla multiplicada.
Viajamos para conocer otros lugares. Sabemos que estamos en un terruño diferente al nuestro por el clima, las montañas, la arquitectura y sus calles.
Pero yo sé, me siento verdaderamente en otro pueblo, cuando veo la forma de sus panes, pruebo el sabor de sus bolillos en sus tortas y el dulzor de su pan dulce con el chocolate en leche.