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La barba de mi papá

En todos mis recuerdos (hasta en los que no fueron míos: una fotografía en su soltería) mi padre siempre aparece con bigote. Sólo en una ocasión llegué a verlo con barba. Recuerdo (tal vez mal) que venía de la casa de su hermano José cuando éste también vivía por la calle Núñez. Fue sorpresivo para mí verlo barbón así de golpe, jamás noté el proceso de crecimiento de sus pelos. El verlo así, en esa situación extraordinaria, hizo de él, en definitiva, un individuo igual a cualquier otro. Sabemos que de niños nuestros padres son seres intachables, poderosos, únicos, etc. Ya luego el tiempo se encarga de hacernos saber que no lo son tanto, también ellos tuvieron debilidades, errores y frustraciones. Son en realidad seres comunes, lo sabemos porque se parecen a nosotros.

Stop and play

A finales de los años 70 eran ya habituales las radio-grabadoras que utilizaban cassettes. Muchos nos dimos vuelo grabando las canciones que tocaban en la radio para tenerlas para siempre y gratis con nosotros. Pues bien, el problema de grabar en esas cintas residía en que si querías saltarte a otra canción más adelante de la que estabas escuchando tenías que adelantar el bobinado del cassette hasta llegar a donde deseabas. En muchas ocasiones te pasabas y tenías que regresarte. La cosa es que tenías que manipular los botones de adelante, atrás y play repetidamente. Nosotros, en mi familia, nos habituamos a oprimir el botón stop antes de cualquier otro para parar su ejecución. Con eso, pensábamos, tratábamos de la mejor manera a nuestro aparato reproductor para que durara mucho tiempo. De modo que me pareció todo un escándalo cuando mi amigo de primaria, el Chapu, oprimía uno u otro botón de adelante o atrás o play sin tocar para nada el de stop. Sin duda una costumbre familiar, tal vez esos fueron los primeros signos evidentes de que de una familia a otra somos diferentes.

Ciencia

Hoy me desperté y las sensaciones incontrolables propias del despertar me llevaron a pensar en el origen del universo y no me refiero a las grandes preguntas, simplemente recordé lo que los científicos nos han dicho durante años. Ahorita no quiero seguir con ello, simplemente lo tomo como pretexto para contarles ahora a ustedes que iniciaré aquí en este blog reflexiones o difusiones sobre la ciencia desde mi muy humilde y limitadísima opinión. Sé que frecuentemente caeré en olvidos de fechas y nombres, incluso elementos participantes, pero espero despertar entre mis lectores la suficiente curiosidad para que vayan a realizar investigaciones sobre el tema que yo ponga en la mesa. Me disculpo de antemano por todos los errores que pudiera decir este humilde escritor cuya única autoridad es la pasión que tiene por la ciencia. Gracias.

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): «no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables». Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.

Huichol

Escenario: el puerto aéreo que se encuentra cerca de la SEP, en Tepic. Mi amigo, Richie Valenz (sobrenombre de tal carga emotiva que me ha hecho olvidar el original nombre de mi amigo), sabe que me gusta conocer las culturas indígenas de nuestro país. Vemos un viejecito huichol, nos acercamos a él. Richie tiene ganas de presentármelo para ser el protagonista de ese encuentro. Entonces pregunta directamente: «¿sabe usted hablar español?». El viejecito responde: «no», y tristes nos alejamos de él.

Stephen Howking en Guadalajara

Trabajo en Guadalajara. No tengo auto y mi único medio de transporte es el colectivo. Los traslados, aunque pudieran parecer en un espacio corto, son largos en el tiempo. Así es que aprovecho esas «horas muertas» leyendo en los camiones, cuando encuentro asiento.

En cierta ocasión iba leyendo Breve historia del tiempo de Stephen Howking. Me siento abrumado por los enormes datos que Stephen pone en mi cabeza. Me doy cuenta de que ya está por llegar mi «bajada». Toco el timbre. Me bajo. Estoy en las calles de siempre en la colonia Alcalde-Barranquitas, pero no identifico nada de eso que he visto repetidas veces. Me siento perdido. ¡Maldito Howking! ¿Ahora cómo llegaré a mi casa?

Lecturas escrituras mentales

En casa tenemos una perrita cuyo nombre le fue puesto por mi hija: Ivi. No sé si mi hija así lo escriba, pero yo de esa manera lo imagino y cada vez que lo pronuncio me veo leyéndolo gráficamente dentro de mi cabeza. No atiendo sólo al sonido que sale de mi boca, también quiero verlo escrito de alguna manera. Esto tal vez (suposición mía) se deba a mi pasado de lector ávido, necesitado de la grafía en todo momento.

Luego reconozco un posible problema en esta manía sobre lo escrito. Cuando aprendía inglés en el bachillerato también necesitaba, antes de pronunciar las palabras verlas escritas en mi mente para luego decirlas. Problema resultante: querer pronunciar esas letras con todos mis fonemas castellanos (de ahí viene la horrible pronunciación del otro idioma por parte de una persona que recalca su origen extranjero, al menos en alguna de sus vertientes).

Ya en una rápida conclusión, había yo dicho que, ante la evidencia contada hasta aquí, las personas analfabetas (es decir, aquellas que no tienen grafías en su mente) pueden pronunciar de manera más acertada ese otro idioma a aprender, que aquellos quienes sí sabemos leer.

Recalco que esta suposición no se basa en otra evidencia que mi muy limitada experiencia, pero me gustaría que tú, el querido lector de estas líneas, me ayudes con tus repuestas.