Tiempos 2

¿Cuánto dura el encanto de las grandes ciudades? Vamos a ellas, nos impactan sus enormes edificios, el flujo interminable en sus calles, la cantidad infinita de personas. Nos atrevemos y participamos en su algarabía y hasta construimos un minuto de su historia. Tiempo suficiente para darnos cuenta de cómo nada aquí es permanente. Entonces huimos buscando algo más perdurable y volvemos siempre a la tierra, al polvo; a ese tiempo dilatado de nuestro pueblo donde, ahora sí, tenemos la certeza de lo infinito.

Poesía sonora

Hay, en muchos jardines públicos de nuestro país, bocinas conectadas a aparatos de sonido que amenizan las tardes en las plazas públicas de nuestras ciudades. En Zapotlán estos equipos de sonido llevan décadas existiendo en el Jardín Municipal. Ya mis primos mayores me contaban de estas músicas que escuchaban repetidas veces para ir a recibir la noche en compañía de padres, hermanos, amigos o novias. En cierta ocasión en que la «administración» de tales sonidos estaba a cargo de la hija de Tijelino (¿Silvia?) se me ocurrió la idea de pedirle una chanza para tocar los cassettes (gusto heredado por mi padre) con música ambiental y la lectura de poemas de grandes escritores universales. El tipo de música y la lectura de poesía me había sido inspirada por un programa de radio que transmitía (¿diariamente?) Radio Educación, de nombre «Meridiano 25». El libro al que más recurrí en la lectura de poemas fue El surco y la brasa, una antología de traductores mexicanos sobre escritores en diversas lenguas de todo el mundo y de todas las épocas. La compilación, la hizo Marco Antonio Montes de Oca. Recuerdo haber leído poemas de Shakespeare, traducciones de Reyes, Paz, Arreola y otros más. Realmente un tiempo de mucha satisfacción en la que aporté sonoramente a la cultura de mi pueblo.

Amanda

Juan José Arreola escribió, en La Feria, una situación vivida en toda nuestra ciudad de Zapotlán. Situación que yo alcancé a vivir y a escuchar estas palabras cuando se veía a unos novios muy enamorados besándose frenéticamente: «Déjala, güevón. Cómprale jabón y llevala a bañar al río», con una tonadita musical muy alegre. Esas palabras se tornarían en una especie de insulto o burla de la que todos se querían zafar. Claro que las cosas se fueron transformando, reduciendo. Luego, toda esta burla se reduciría a: «Déjala güevón», y con eso la burla estaba manifestada. Y más, todo esto quedaría reducido a un juego sin palabras, simplemente se chiflaba la tonadita y todo quedaba dicho.

Algo similar sucedió en los ochenta, cuando yo estaba ya en la secundaria. En la televisión se comenzaba a manifestar el cuidado del medio ambiente, en especial el cuidado del agua. El comercial mostraba a un niño gordito gritándole a una muchacha: «Amanda, ¡ciérrale!», indicándole con ademán de cerrar la llave girando la mano derecha. Pues bien, la burla ahora recaía en los gorditos. Cuando se veía a uno frente a nosotros, se le gritaba: «Amanda, ¡ciérrale!», con todo y el giro de la mano. Muchos llegaban a enojarse sobremanera. El insulto, al final, se redujo al simple: «Amanda«, suficente para hacer enojar a los pasados de peso. Cosas de la economía del lenguaje, el cual se redujo al mínimo: bastaba hacer el ademán con la mano como cerrando una llave para hacer enojar a nuestros obesos amiguitos.

Resistol

¿Edad? No la recuerdo, pero indudablemente estaba en lo primeros años de la primaria. Primero o segundo grado. Digo esto porque estaba haciendo mi tarea escolar. Pegar no sé qué con pegamento blanco, de ese que estaba dentro de botellitas con forma de pino de boliche. El resistol no sale, tengo que apretarlo. Sigue sin salir, pero sí se siente líquido. ¿Qué estará pasando? A lo mejor ya casi sale. Le echo un ojo al agujerito de la salida. Aprieto más fuerte que antes, un chorro de resistol que va directo a mi ojo abierto. Cierro y aprieto los párpados. No quiero abrirlo, me duele, me arde. Grito. El párpado se me ha pegado. Mi padre y mi madre me auxilian. Mi mamá tiene la idea de que con leche el pegamento se me removerá. Lo intenta. Yo no quiero abrir el ojo. Al final el pegamento cede. He recuperado la visión luego de un lavado con agua. La leche y la idea han funcionado.

Poetas por insistencia

Muchos de ustedes, estoy seguro, conocen a escritores o poetas de mediano calado cuya obra resulta mediocre o aburrida. Claro que no se los vamos a decir. Pero nos sorprende la cantidad de libros publicados o el tiempo de permanencia que llevan en el mundillo de las letras. Incluso hasta llegan a ser populares, convocan a multitudes (esas pequeñeces numerosas en sus presentaciones, ustede me entienden) cuando dan a conocer sus nuevas o repetidas publicaciones.

Todo esto viene al colación porque el día de hoy vi un comentario de un amigo mofándose de aquellas personas que le señalaron que no debería dedicarse a las letras, que eso no le va a dar de comer. Él les respondió diciendo que ahora ya tiene un título universitario que lo acredita como escritor. Pues bien, ese amigo (que tiene varios libros publicados y que, al parecer, tiene cierta presencia en el mundillo de Guadalajara), me contestó de manera escrita a una pregunta que le hiciera hace años en el primer Messenger.

–¿Conoces a Guadalupe Ángeles?

A lo cual me respondió:

–Ci.

Cariño

El frío clima de mi ciudad natal nos dio, a mi familia, la oportunidad de mostrar una forma de cariño entre nosotros. Las siestas vespertinas eran frecuentes entre todos. Cuando alguno dormía así de repente, en cualquier rincón de la casa, lo hacía con la ropa que llevara puesta sobre sillones o en la cama. Entonces, se dejaba sentir el frío y alguien que se encontrara despierto y cercano, cubría con alguna cobija ligera a aquel que ya estaba soñando. «Yo te quiero, yo te cuido, yo te cubro», pareciera ser la consigna.

Orgullos personales

Existen cosas de difícil comprensión. Una de ellas la utilizaré en este inicio de texto para continuar desarrollando un orgullo raro.

Pues bien, yo viví en mi pueblo natal hasta los primeros años de mi juventud. La cosa es que cuando llegué a otras tierras yo notaba que la luz de sus lámparas de calle era muy diferente comparadas con las de mi pueblo. Yo veía (y aquí está la fuente de mi tonto orgullo incomprensible) la luz de mi pueblo debilucha y amarillenta, en nada comparable con la blanca y potente de Tepic, Guadalajara, Colima. Un signo de atraso tecnológico y en ese atraso, la base de mi orgullo. ¿Cómo era esto posible? Ya hoy que vuelvo a ver esa luz nocturna y callejera, me doy cuenta de que es la misma. Mi orgullo no tiene mayor fundamento que una subjetividad inflada con aires inexistentes.

Otro caso lo escuché en mis años de estudiante en el bachillerato. Estudiábamos en el Tecnológico de Ciudad Guzmán, institución de prestigio sólido en buena parte del occidente de la república. Tal era su fama que era habitual encontrarnos con estudiantes de otras latitudes. Claro que estaban los de Jalisco, allende la Capital. También había algunos cuantos de Nayarit y Michoacán. Colima no podía faltar y era la entidad que más aportaba a esta institución. A uno de esos estudiantes le escuché decir en una ocasión (él era de Manzanillo y había pasado ya el terremoto del 85): «no, los temblores no se comparan con los huracanes, los terremotos duran unos segundos, los ciclones son interminables». Lo decía con ese orgullo que quería hacer crecer el espíritu de su localidad como si se tratara de algo inherente a la gente, algo producto de su industria y no de la naturaleza.

¿Cuánto daño nos hace esta falsedad cuando nos damos cuenta de que la hemos enarbolado para construir nuestra relación con los otros? La idiota forma de sentirnos superiores por algo que no hemos hecho, que ni siquiera es producto del ser humano. Ahora hablo en plural porque sé que es frecuente entre todos nosotros estos orgullos flacos y crecidos.

Tabiques e irracionalidad

Hace tiempo, cuando estudiaba la licenciatura en informática, para costearme los gastos de la carrera laboré en varios trabajos, entre amigos o empresas. Uno de ellos fue allá en la Colonia San Cayetano, al norte de la ciudad. No sé cómo es que llegué a saber de ese trabajo que más bien una verdadera diversión tanto para mí como para mi amigo Jorge Ortiz, a quien invité a trabajar. Mis primos Carlos y Edgar también trabajaron, la hacían de chalanes, ayudantes en el acarreo de arena, graba y los tabiques que los mayores fabricábamos en las máquinas de… Ya no recuerdo el nombre del joven dueño. El proceso consistía en los siguientes pasos:

  1. Subir a la carretilla la suficiente grava, arena y cemento para luego vaciarlas en una revolvedora.
  2. Echar agua para revolver los «polvos» y obtener la mezcla que…
  3. Vaciábamos en la parte alta de la máquina para hacer los tabiques.
  4. Se enciende la máquina, ésta comienza a agitarse. Abrimos la compuerta y vaciamos la mezcla sobre los moldes de madera que se llenan y
  5. Los ayudantes se llevan el molde en unas tablas para portar el contenido y lo tienden al sol.

La cantidad de ingredientes, tanto de arena, grava, cemento y agua deben ser muy precisos para que los tabiques salgan con la suficiente fuerza para ser usados en la construcción de casas, bardas, con toda confianza. Los primeros intentos que había hecho (¿Ricardo, así se llamaba?) nuestro patrón le habían salido mal y guardaba esos tabiques arrejolados por allá para que nadie los vendiera, para que nadie los comprara, puesto que eran un verdadero error.

Pues bien, en cierta ocasión llegó un cliente que quería comprar unos cuantos cientos de tabiques. Intercambió algunas palabras con Ricardo (ya, llamémosle así) y éste respondía con gusto a todas sus preguntas. Al final el cliente quiso averiguar la calidad de nuestra producción. La prueba era la siguiente: poner un tabique en el suelo, luego dejar caer otro sobre el primero desde la altura de un hombre. Si el tabique se quebraba, la calidad era mala, no habría que comprarlo, claro. El cliente se dirigió hacia los tabiques (que ya eran muchos) que habíamos apilado para su almacenamiento.Tomó dos, los acomodó. Lanzó el tabique desde su altura. La primera prueba fue superada, el tabique no se rompió. El cliente buscó otros tabiques más y se dirigió hacia los fallidos que estaban arrejolados por allá. Hizo la prueba, el tabique se desboronó por la tierra. «Estos no sirven», dijo. Ricardo le dijo que esos no estaban a la venta, que fueron resultado de las primeras pruebas. El cliente volvió a tomar otro de los tabiques inservibles para comprobar que él tenía la razón. ¡Pluf! Rompe otro tabique. «No, es que no sirven», volvió a decir. Ricardo volvió a explicarle, que había tomado un tabique de la pila de los inservibles. El cliente no entendió y dijo que no iba a comprarnos nada. Se fue todo enojado.

Esta larga narración viene a cuento para decir lo siguiente. Ya después en mis relaciones personales en diversos trabajos, encuentros ocasionales, escuchas de conversaciones ajenas y hasta en mi familia, es más o menos frecuente encontrarme con personas como el cliente inconforme: ellos encuentran un error (que sí existe) y se aferran en usarlo como demostración en una situación donde el error no tiene nada qué ver. Es una forma de sentirse poseedores de la razón y, de esa manera, ganarnos en nuestros razonamientos más verdaderos que su fantasmagoría real.

Agujeros negros en Guadalajara

Trabajo en Guadalajara. No tengo auto y mi único medio de transporte es el colectivo. Los traslados, aunque pudieran parecer en un espacio corto, son largos en el tiempo. Así es que aprovecho esas «horas muertas» leyendo en los camiones, cuando encuentro asiento.

En cierta ocasión iba leyendo Breve historia del tiempo de Stephen Hawking. Me siento abrumado por los enormes datos que Stephen pone en mi cabeza. Me doy cuenta de que ya está por llegar mi «bajada». Toco el timbre. Me bajo. Estoy en las calles de siempre en la colonia Alcalde-Barranquitas, pero no identifico nada de eso que he visto repetidas veces. Me siento perdido. ¡Maldito Hawking! ¿Ahora cómo llegaré a mi casa?

Sueño de la búsqueda

Repetida imagen. Hoy te soñé de nuevo, o mejor dicho, soñé tu ausencia. El recurrido tema de tu búsqueda vino a mí de nuevo en la madrugada. Volvía a buscarte sin recompensa alguna. No estabas por ningún lado. Sin embargo, dicho sueño fue como una recapitulación de todos los anteriores donde te buscaba y te encontraba o no. Mira, en lo alto de la calle, donde nuestra ciudad se levanta en una loma, ahí estaba tu casa de tres pisos, la ya soñada repetidas veces. Pero ahora el paisaje no se formaba con las casas de los vecinos, ahora eran todas las otras casas donde habías vivido y donde yo te había buscado. Alguien se acercó a mí, un gringo, creo. Y yo le conté mi historia tras de ti, y los sueños que he tenido buscándote. Esa casa tal, esa casa tal otra. Le iba señalando mis aventuras casa tras casa. Las palabras precisas que le dije al gringo las he olvidado, no así la sensación que tenía de saber que ahí estaba la oportunidad de hacer un recuento de la historia de mis búsquedas tras de ti, inalcanzable.