38 mesas

                                         A María Frascara

Perdido, entre el barullo
del centro comercial,
estoy en el comedor pulcro
rodeado de 38 mesas blancas.
Inundado de imágenes televisivas
y reales.
Gente comiendo, apurada en sus mesas
deseando terminar para continuar con
sus pretendidas importantes rutinas.
Ahí, en ese caos, he ideado
un orden
y de la melodía de imágenes
seleccionadas
he permitido que llegue a mí
el eco del susurro de tu silencio
que alcanza a articular
una palabra.
Invento el consuelo y
la sonrisa.
Sé entonces la satisfacción
de tu compañía eterna
aunque no estés conmigo,
y sé que de esa manera
hemos dado cumplimiento,
una vez más
a esa invención nuestra que
llamamos poesía.

Sin embargo

Hay un tiempo que condensa nuestra historia con el presente. Pero hay también un catalizador que los unifica y comienza a perdurarlos, hablo del precioso rostro de una mujer que te contempla. Charlas con ella y el consumo del tiempo jamás había sido mejor aprovechado. Quieres inútilmente hacerle saber de todas tus satisfacciones de la infancia, de tus inquietudes de la adolescencia, de tus aciertos en la juventud; quieres hacerle saber todo ello, el tiempo en que ella no estuvo, pero sabes que se te agolparán las palabras y entonces le dejas saber la felicidad del que eres a través de la mirada.

Ahí la lógica es rota y sabes sin explicación alguna que ella comprende a tal punto tu silencio que permite entonces la unión sensual de los presentes. Besarse es un intercambio y una comprensión mutua de sus historias desconocidas. A través de su beso comprendes su dádiva y su herencia. Vislumbran mutuamente la construcción del Presente Eterno que no consume el vulgar tiempo corriente. El alcance de tal instante eterno reduce el espacio que les rodea tanto que sienten que el lado nocturno del planeta les pertenece.

El vértigo entre un tiempo eterno y un espacio reducido, les hace confundir sueño con realidad y la única certeza es que la separación que les sigue será siempre una ilusión con la que el destino se interpone inútilmente.

1 a. m.

Hemos salido de
la mala hora.
Vemos con esperanza
las mismas cosas
inalterables en la noche.
Nuestro calzado no se
ha movido,
y los libros siguen
acumulando polvo.
Esta quietud tiene algo
de la seguridad que
buscamos, pero de
repente nuestros pies
se encuentran danzando
una canción desconocida
y comprendemos,
entonces,
que ha llegado el
tiempo de la acción.

Tejer sintaxis

Mi madre tejía, desarrolló destreza en varios técnicas: dos agujas, ganchillo y otra que recurría a una cosa con forma de ojo que tenía el hilo dentro y que se iba desarrollando conforme le daba formada a unas carpetitas de mesa que me recordaba, de alguna manera, la caligrafía artística árabe. Ignoro, como ya pudieron ver, en nombre de esa técnica.

Como yo lo veía, tejer era repetir mil veces el mismo nudo hasta terminar de dar forma a suéter, bufanda o ponchito.

Tal vez yo también tejo a mi manera estas sintaxis nudificadoras, con las que voy construyendo mi vestuario protector.

Química y voluntad

Voy a contar la cosa rápidamente para luego lanzar unas preguntas con las que quiero que ustedes, especialistas o no, me ayuden para comprender mejor la mente y el ser humano.

Recientemente me contaron el caso de un joven medicado siquiátricamente. En su infancia no lograba centrar su atención en nada, resultado: bajas calificaciones y reprobación. Ultimátum del director, o los padres ofrecían estudios sobre su comportamiento o de plano terminaría sin aprobar grado. La madre accede, estudios. Resultado: medicación y aumento de la atención, mejor estudiante. Pasa el tiempo, el chico cumple 18 años, muestra su hartazgo hacia la medicación y, como ya es adulto, se niega a tomarla. Los padres acceden sin otra opción por delante. El joven se queja de dolores de cabeza los primeros días y otros síntomas menores. Supuestamente volverían las distracciones a apoderarse de su actitud, pero no es así. El joven es atento y continúa sin contratiempos su aprendizajes escolar.

He dicho (y lo he visto en mucha gente) que la química determina nuestro comportamiento y hasta nuestro ser mismo. En el caso de este chico no pareciera ser del todo así. ¿Es que la voluntad es ajena a los artilugios químicos? ¿Es que la voluntad puede estar por encima de toda influencia química? ¿Qué otra cosa se puso en juego en este ejemplo que no estoy viendo?

Ayúdenme con sus respuestas, amigos, a comprender mejor nuestra mente y nuestro ser mismo.